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El Obispo presidió en la catedral la liturgia de la Conmemoración de la Muerte del Señor, que comenzó a las 16,00 horas con la postración del celebrante y la impactante pausa silenciosa de los ministros y los demás fieles, conmovidos por la muerte del Señor por nuestros pecados. Después de la liturgia de la palabra, la mostración y adoración de la Cruz, rito que se desarrolla desde el siglo IV ya en la liturgia de la ciudad santa de Jerusalén. Tras la adoración de la Cruz, la Comunión con la reserva eucarística del Monumento.

En la homilía el Obispo se centró en el significado de salvación de la obediencia de Cristo, cuyos sufrimientos fueron anunciados por los profetas y causa de redención de la humanidad. Terminados los santos oficios del Vienes Santo, quedó la cruz sobre el altar desnudo alumbrada por las dos velas, cuya luz aureola el misterio de la muerte de aquel que pendió del madero por medio del cual todo fue creado y, por su obediencia el Padre lo entregó al mundo para perdón y rescate de todos.

HOMILÍA EN LA CONMEMORACIÓN DE LA MUERTE DEL SEÑOR Viernes Santo

 

Terminados los santos oficios, la tradicional procesión del Santo Entierro salía de la parroquia de San Pedro Apóstol, sede canónica de las sagradas imágenes, para llegar a la Catedral, donde realizaron los cofrades del Santo Sepulcro y de la Virgen de los Dolores estación de penitencia, que concluía con el canto del Stabat Mater, para salir de la Catedral a las calles de la capital, siguiendo el recorrido tradicional. Tras el Santo Sepulcro desfilaba el Seminario y el Cabildo Catedral y el Obispo; tras el clero se incorporaron al desfile procesional las Autoridades que, siguiendo, la tradición no dejaron de sumarse al pueblo fiel.

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