Estos tres últimos domingos, a través del evangelio de San Juan, la liturgia nos invita a recorrer un camino bautismal: el domingo anterior Jesús prometió a la Samaritana el don del agua viva; hoy, al curar al ciego de nacimiento, se revela como la luz del mundo. El domingo que viene, resucitando a Lázaro, su amigo, se presentará como la resurrección y la vida. Agua, luz, vida, son símbolos del bautismo. La cuaresma, en sus últimas semanas, constituye una llamada a vivir este misterio de Hijos de Dios que somos por nuestro bautismo, y que estamos llamados a renovar en la noche santa de Pascua.

Vamos a detenernos en el relato del ciego de nacimiento. Como todo encuentro puede ser leído identificándonos con la figura de Jesús o con la del ciego.  Los discípulos participaban de una mentalidad extendida en aquel tiempo, y era considerar la ceguera como consecuencia de un pecado. Por eso este hombre está a las afueras del templo; no quería entrar, pues al ser considerado un pecador no sería bien recibido. Ya ha sido juzgado por los hombres.

Jesús, por el contrario, rechaza esta manera de pensar. Ante aquel hombre, marcado por su limitación, el Señor no piensa en culpas, sino en la voluntad de Dios que ha creado al hombre para la vida.  Que Jesús se pare ante aquel hombre no es solo expresión de una actitud humana de cercanía ante quien sufre, sino que refleja sobre todo el ser de Dios mismo como Aquél que escucha y se “para” ante el sufrimiento de su pueblo. De esta manera, Jesús nos revela como es la mirada de Dios.

El ciego de nacimiento se ha encontrado con el Señor, y en Él ha descubierto como Dios lo mira, y aunque lo siguen rechazando, cree en Él. Ahora se apoya en su experiencia personal: “solo sé que antes era ciego y ahora veo”. Hay un saber que es fruto del encuentro personal con el Señor, y que no se siente atemorizado ante las burlas y desprecios: vosotros decir de lo que queráis, pensará aquel ciego, pero desde aquel encuentro mi vida ha cambiado.  ¡Qué ironía la de San Juan! Resulta que los ciegos son los que juzgan y se dejan llevar por las apariencias, los que no aceptan nada en su vida que no esté de acuerdo con lo que habían pensado de antemano. Ciegos son los que se creen superiores y no reconocen su limitación, ciegos aquellos a los que no les interesa ver en profundidad. Pero ciegos son también los que no pueden ver porque estos se lo impiden.

Es bueno preguntarnos si hemos descubierto ese nuevo ver, que hace que nos acerquemos a la vida desde la mirada de Dios descrita en la primera lectura. Consiste en ser alguien que mira con misericordia el corazón de las personas y que no se impresiona fácilmente por las apariencias, que no deslumbra ante lo poderoso, sino que se deja seducir por lo frágil y pequeño. Mirar como Dios nos mira solo es posible desde el encuentro personal con el Señor.

 

Francisco Sáez Rozas

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Encontramos con frecuencia en el evangelio momentos en los que Jesús se acerca al hombre en su vida concreta, ha venido a buscar lo que estaba perdido. San Agustín, de hecho, contará el misterio de la Encarnación como aquel encuentro entre la pobreza del hombre y la misericordia de Dios que lo salva en Jesucristo. Hoy es uno de esos encuentros entre Jesús y una mujer samaritana. ¿Quién es esta samaritana? El evangelista no nos dice su nombre, de alguna manera nos simboliza y nos personifica a cada uno. Representa a todo hombre que busca apagar su sed. En la espiritualidad clásica, la sed no solo significaba lo que anhelamos, sino también la nostalgia de Dios, el deseo de buscarlo. Solo Dios satisface en plenitud, y no de una forma pasajera, el deseo de felicidad que se esconde en el corazón del ser humano.

Jesús le dice «si conocieras el don de Dios y quien es el que te pide de beber…».  La invitación es a que se adentre en el misterio de su persona. Que no se quede a la puerta, que no se sienta satisfecha con lo que sabe, sino que sea capaz de sumergirse en el océano de amor que es Dios. Y, aquél hombre, que al principio le parecía un judío y más tarde un profeta, cuando comience a conocerlo será confesado como su Mesías y Salvador. Es este un diálogo en el que la mujer va creciendo, más y más, en el conocimiento de quien es Jesús. Posiblemente a nosotros nos hace falta un poco de lo mismo: conocer más a Jesús, que no es solo estar informados, sino tener experiencia personal de él.

En mitad de este camino cuaresmal, el evangelio de hoy es un buen momento para mirar en nuestro interior, para descubrir nuestra sed y ver a que pozos acudimos para saciarla. Es una ocasión propicia para profundizar en nuestra intimidad con el Señor; para redescubrir que estamos llamados a seguir anunciándole y ser hoy sus testigos, de la misma manera que entonces lo fue aquella mujer.

Ahora que ella ha conocido al Salvador, que ha experimentado en su vida el perdón, se ha convertido en apóstol. Deja el cántaro, es decir, deja caer sus miedos, su antigua vida, se siente invadida por un nuevo coraje, y se dedica a vocear su descubrimiento: Dios en persona se ha acercado a aquella pecadora y ha saciado la sed de su alma. Los samaritanos la miraban desconfiados: Que prediquen los buenos, nos parece que cae dentro de lo normal, pero un pecador anunciando la llegada del Reino nos desconcierta. Y los apóstoles, que pensaban que la labor se sembrar el Reino era dificilísima, vieron con asombro que aquella mujer era capaz de labrar ese reino con su entusiasmo y fe. “Y misteriosamente no sintieron envidia, sino la alegría de ver que el Reino de Dios no entra por las ilustrísimas manos, sino por la sencillez de aquella mujer de cinco maridos” (Martín Descalzo).

                                                             Francisco Sáez Rozas.

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Cuaresma es una nueva llamada a la interioridad a mirar si el camino que recorremos es el que nos acerca a Cristo. Es toda la Iglesia la que, como Jesús, se adentra en el desierto, lugar que aparece fuertemente destacado en este primer domingo. El desierto es soledad y silencio, es volver a lo esencial, pues solo así es posible el recogimiento y la escucha de la palabra. Como dice el Papa Francisco al inicio de su mensaje cuaresmal, en la «base de todo este tiempo está la Palabra de Dios que se nos invita a escuchar y meditar con frecuencia». Para que haya escucha que necesario es el silencio.

El desierto también fue para Jesús el lugar de la tentación. Él acaba de ser proclamado Hijo de Dios, y antes de comenzar su actividad, el Espíritu lo conduce al desierto. Es el momento de la prueba, de confrontar el proyecto del Padre con otras maneras de recorrer el camino de la fe. Se trata, en definitiva, de un choque entre dos formas de entender el ministerio de Jesús: una que se funda en el poder, en el prestigio, en las soluciones fáciles y rápidas. La otra forma es la del Siervo de Yahvé, aquél que carga en “sus espaldas” con las heridas y pecados del pueblo, y vive de cara a Dios y en solidaridad con los pequeños. Es el camino que sigue Jesús.

Unos de los rasgos de nuestra sociedad es el exceso, la cantidad de ofertas y posibilidades. Se nos ofrece de todo, lo podemos probar todo. Y atraídos por tantos reclamos, podemos terminar seducidos y sin capacidad para cuidar lo esencial. En realidad, las tentaciones siguen siendo siempre las mismas, aunque disfrazadas de mil maneras. La primera de ellas es la del tener. Consiste en hacer de lo material el objetivo absoluto de la vida. Jesús, sin embargo, nos dice que el hombre se va haciendo plenamente hombre en la medida en que escucha la Palabra de Dios y vive como hermano, cuando descubre que nos hace más grandes compartir que poseer, dar que acaparar.

De aquí se pasa rápidamente a la segunda tentación, buscar el poder, el éxito personal por encima de todo y a cualquier precio. Bien puede ser éste el objetivo de una sociedad tan competitiva como la nuestra; Jesús nos alerta a no confundir el servicio a los demás con el servirse de los demás. La tercera tentación consiste en querer garantizarnos una vida sin riesgos ni compromisos. Un huir del mundo, para que sea el Señor quien nos los resuelva todo. Pero la verdadera fe actúa por la caridad, no conduce a la pasividad, ni a la evasión, sino al compromiso cada día mayor en la edificación del Reino.

Aunque distintas, en el fondo todas se reducen a lo mismo: dejar un lado la voluntad de Dios para dejarnos moldear por nuestro mundo. Sería peligroso olvidar la propia fragilidad. Que necesario es comenzar la cuaresma entrando en el desierto y descubriendo nuestras tentaciones.

Francisco Sáez Rozas

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Una vez más la liturgia de la palabra de este domingo nos pone en camino. La primera lectura nos relata como el Señor llama a Abraham a salir de su tierra, de sus seguridades y a caminar confiando en él. El evangelio, por su parte, también nos sitúa en camino, en este caso, el camino de la cruz. Caminar es hacer experiencia de la vida, es crecer poco a poco. Nadie nos puede ahorrar nuestro propio camino. La cuaresma hoy, no solo nos anticipa la meta hacia la que nos dirigimos, sino que también nos dice cuál es el equipaje que debemos llevar, y con qué actitud hemos de recorrer la vida.

Por una parte, la Transfiguración nos adelanta que el dolor y la muerte no tienen la última palabra; no ayuda a vislumbrar el horizonte hacia el que nos dirigimos, que es la vida, pero no nos evita andar este camino, son sus caídas y dificultades. La cruz es necesaria para la resurrección. Por otra parte, nos ayuda a saber hacer de la palabra de Dios el bastón en el que apoyarnos para este camino. ¡Qué mejor equipaje! En una sociedad en la que abundan tantas “voces proféticas”, los cristianos debemos cuidar con esmero en que fuentes alimentamos nuestra existencia. La actitud de escucha es primordial para todo cristiano; solo quien escucha a Dios puede recorrer el camino conforme a su voluntad: «Este es mi Hijo…Escuchadle».

El evangelista San Mateo en este domingo también nos alerta acerca de una manera de pensar que hace coincidir la felicidad con el bienestar. Todos corremos el riesgo de instalarnos en la vida buscando seguridades, una vida sin sobresaltos que a veces nos hace olvidar utopías de juventud, para dejarnos atrapar en la comodidad. La tentación de querer quedarnos en la montaña es muy real. Pero es necesario bajar a la vida. El Tabor es una experiencia anticipada de la Pascua, de la vida en plenitud. Pero sólo un anticipo, porque enseguida habrá que “bajar” y comprometerse.

El papa Francisco nos ha recordado esta necesidad continua de bajar a la vida, de ser una iglesia que acompaña y que se involucra. Hacer de ella un hospital de campaña donde las heridas de tantas personas puedan encontrar misericordia. Pero para ello debe ser, con anterioridad, una iglesia que primerea (EG 24), es decir, que ha experimenta como Dios la ha amado primero, y por eso toma la iniciativa de acercar ese amor a los demás. La experiencia de la transfiguración es necesaria porque nos hace escuchar la voz de Dios que nos desacomoda y nos lanza a la misión. Nos muestra al Hijo de Dios, que ha hecho del amor, del servicio y la obediencia su camino a la Pascua. Necesitamos encontrarnos con Él y que este encuentro se convierta en nosotros en una responsabilidad: la de tomar parte en los duros trabajos del evangelio según nuestras fuerzas, para acercar a todos los hombres al amor de Dios.

                                                                      Francisco Sáez Rozas.      

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A lo largo de estos últimos domingos venimos escuchando el Sermón de la montaña (Mt 5-7), que constituye una maravillosa catequesis, impartida por el mismo Jesús, de lo que significa creer en él y seguirle. Y, casi en el centro de la misma, resuena esta invitación a confiar en Dios. ¿Cuál es el fundamento de esta confianza? Algo nos ayuda la primera lectura, en ella Israel aparece como una esposa que se siente abandonada por Dios. Esta situación le lleva a lamentarse: «me ha abandonado el Señor, mi Dios me ha olvidado». Pero su dolor encuentra respuesta en el mismo Dios: «¿Acaso se puede una madre olvidar y no tener compasión por su Hijo? pues, aunque así fuera, yo nunca me olvidaré de ti». Quizás, el lazo de amor más grande que exista sea el que une a una madre a su Hijo indefenso. Pues así es descrita la misericordia de Dios.

Es una confianza, pues, que no se consigue a través de razonamientos, sino que necesita experimentar estas manos misericordiosas del Padre. Una confianza que hunde sus raíces en la intimidad con Dios.  Hemos de actuar como si todo dependiera de nosotros, pero hemos de confiar como si todo dependiera de Dios. Tarea ésta nada fácil en un mundo donde ponemos tanto en empeño en controlarlo todo y buscar seguridades. Y seguramente también nosotros nos dejamos contagiar por nuestra sociedad, que valora más el tener que el ser.  Esto exige replantarnos como vivimos, no es posible servir a dos señores a la vez. Porque o se sirve a Dios que nos llama a una fraternidad distinta, donde ningún hermano pasa necesidad, o se sirve al dinero, que provoca tantas injusticias y desigualdades económicas.

Frente a una sociedad que genera tanta ansiedad, la palabra de este domingo constituye una invitación a buscar lo esencial. Nuestra preocupación ha de ser construir un mundo más fraterno y menos herido; un mundo, en definitiva, según el corazón de Dios. El Reino y su justicia, que dice Jesús. Por eso, la confianza en Dios de la que habla el evangelio, no es un elogio de la dejadez, sino una llamada a la responsabilidad. Es una exhortación a descubrir la providencia de Dios y colaborar con ella. Jesús habla de un Dios Padre que no olvida ni abandona a sus criaturas; un Dios fiel, cuya presencia se puede percibir en medio de las vicisitudes de la vida y colaborar con ella.

Con que belleza entendió T. de Chardin este evangelio: «No te inquietes por las dificultades de la vida, por sus altibajos, por sus decepciones, por su porvenir más o menos sombrío. Quiere lo que Dios quiere. Ofrécele en medio de inquietudes y dificultades el sacrificio de tu alma sencilla que, pese a todo, acepta los designios de su providencia […]. Por eso, cuando te sientas apesadumbrado, triste, adora y confía».

                                                     Francisco Sáez Rozas 

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