«Ahora comienza vuestra tarea». Son las palabras del himno de laudes que rezamos este día de la Ascensión del Señor. Sin duda, celebramos una fiesta de esperanza, pues nos recuerda el paso definitivo de Jesús a la casa del Padre. La Ascensión supone la ratificación de la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, y es para nosotros la garantía de que el mal, la soledad, el dolor, la enfermedad y la muerte no tienen la última palabra. Dios nos hace comprender que todas estas realidades son caducas frente al gran triunfo de Cristo, aunque todavía su presencia condicione nuestra vida. Es una fiesta de esperanza, además, porque nos habla de la meta a la que caminamos: Allí donde nos ha precedido él, que nuestra Cabeza, esperamos llegar un día nosotros.

Pero también esta solemnidad es misionera, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? ha llegado el momento de asumir nuestra tarea.  El encargo de Jesús en el monte se centra en “hacer discípulos”, “bautizándoles” y “enseñándoles a guardar todo lo mandado”. Palabras que expresan que la misión que reciben no es otra que continuar su misma misión. Consiste en participar en su vida por el bautismo, y en vivir esa nueva vida. Hacer discípulos no es tanto transmitir una doctrina o un mensaje, no se trata de ningún tipo de proselitismo, sino de establecer una relación personal con el Maestro, y enseñar a vivir en esa nueva vida. Se trata, en definitiva, de seguirle.

Seguramente, se sintieron abrumados por aquella tarea tan enorme. Mateo se acuerda en este momento que dudaron: «Al verlo, se postraron ante él los mismos que habían dudado» (Mt 28,17). En otras palabras, los discípulos, reconocen a Jesús como su Señor, es en una actitud de fe, pues sin ella no es posible la misión. Pero es una fe que ha sido probada en la dificultad; una fe que hay siempre que cuidar ya que la duda y la tibieza son siempre compañeras de viaje. Frente a este temor Jesús no nos deja solos: «Estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos» (Mt 28,20). La ascensión no es una partida, sino la presencia de Jesús para siempre en nuestra historia y en nuestro camino; es un estar de otra manera. Su presencia ya es definitiva, verdaderamente es “Dios-con-nosotros”.

Esta solemnidad es, por consiguiente, una llamada a la fe en la presencia del Señor en nuestra historia personal y comunitaria, y una invitación a pedirle su luz para trabajar a fin de que su Reino llegue a todos. La misión no se interrumpe; cambian las manos que la llevan hacia adelante y los labios que la anuncian, sabiendo que es su Presencia y Palabra la que nos sostiene y alienta. Más allá de ser un misterio que nos aleja del mundo, nos invita a sumergirnos en él siendo testigos, como dice la primera lectura, de la salvación que Dios en Cristo nos ha regalado.

  Francisco Sáez Rozas

Párroco de Santa María de los Ángeles

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La liturgia de hoy nos hace contemplar dos dimensiones importantes en la vida de todo cristiano. Por una parte, nos habla de intimidad, de interioridad, y a la vez de testimonio y de compromiso. No se propone escoger entre ambas dimensiones, sino saber compaginarlas. Se trata de entrar en lo profundo de nosotros mismos, pues ahí habita Dios, y a la vez de no desertar de nuestro compromiso de testigos. En definitiva, se nos pide saber conjugar el silencio y la palabra.

El domingo pasado habíamos comenzado a escuchar el discurso de Jesús en el cenáculo que seguimos leyendo. Todo está envuelto en una atmosfera de despedida; y, sin embargo, Jesús no nos deja huérfanos, promete un nuevo modo de presencia. En la época de Jesús, para encontrarse con Dios, era necesario entrar en el ámbito de lo sagrado. Ahora, con la promesa del Espíritu Paráclito, va a ser la misma persona la que se convierta en morada, en santuario de Dios. De esta manera Dios se hace presente en el interior mismo del hombre; el Padre ya no es un Dios lejano y distante.

Y, ¿qué es necesario para recibir este Espíritu? La condición que Jesús pone al principio es clara, “si me amas” (Jn 14,21). Es un amor que se manifiesta en la adhesión a su persona y la observancia de sus mandamientos; es decir, no es puro sentimiento, sino que, frente al riesgo de diluirlo en buenas intenciones y propósitos, exige obras concretas. Es un amor que no nos aleja del mundo, sino que nos sumerge más plenamente en él.

Es de este testimonio que se funda en el amor del que nos habla la segunda lectura. Dice el apóstol «estad siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza». Los cristianos a los que escribe viven en un clima de hostilidad y Pedro les exhorta a no dejarse paralizar por este temor; a no recluirse y retirarse del mundo, sino a "exponer de palabra y obra el fundamento de su esperanza", quién es el que anima de esa forma sus vidas. Se trata de una manera de vivir distinta, que hace surgir la pregunta acerca del motivo por el que, aun en su dificultad, viven una existencia esperanzada y alegre.

Es un testimonio que se debe hacer «con dulzura, respeto y recta conciencia» (1Pe 3, 16). Se habla de dulzura, de mansedumbre. El evangelio no convence si se impone, y no se propone; si se anuncia desde el poder, y no desde el amor. Se habla de “respeto” que implica la capacidad de saber escuchar y comprender a nuestro interlocutor. Pero este respeto es también ante Dios, ya que indica la responsabilidad de sabernos anunciadores de su Palabra, que no podemos rebajar ni manipular.

Cuando este tiempo de pascua va llegando a su fin, la palabra de Dios nos insiste en la necesidad de aunar la experiencia mística de sabernos templos del Espíritu, con los pies cansados de aquellos que, bajo la acción de este mismo Espíritu, buscan nuevos caminos para anunciar, celebrar y vivir su fe.

 

Francisco Sáez Rozas

Párroco de Santa María de los Ángeles

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La liturgia de este domingo nos hace escuchar el discurso de Jesús como el Buen Pastor que pronunció en el Templo de Jerusalén. De esta manera se revela a sí mismo como el Mesías esperado, e igualmente indica en qué modo va a llevar adelante su misión. Para ello, como en tantas ocasiones, lo hará con imágenes tomadas de la vida cotidiana, yo soy la luz, yo soy el pan, yo soy el agua viva…. Hoy se presenta como puerta que da acceso a la salvación y como verdadero pastor del pueblo.

Para comprender mejor esta figura conviene recordar que en el AT el título de Pastor estaba reservado solo a Dios (Sal 23). Con él se subrayaba el cuidado y solicitud de Dios, que guía y acompaña a su pueblo rodeándolo de cuidados, pero especialmente en los momentos en los que más ha necesitado de su protección (éxodo, exilio,…). También son llamados con este nombre los dirigentes del pueblo elegido, pero estos pastores no siempre supieron estar a la altura de la misión que se les encomendaba. Ante esta situación de abandono va surgiendo, poco a poco, una esperanza en el pueblo: Dios mismo en persona vendrá, buscará y reunirá a su pueblo disperso. Ahora se entiende mejor que quiere decir cuando se presenta a sí mismo: “yo soy el Buen Pastor”.

Y ante Jesús Pastor el evangelio anticipa, brevemente, como debe ser la actitud del “rebaño”: «escuchan su voz y le siguen». Escuchar y seguir son las actitudes básicas que cimientan la vida del discípulo. Benedicto XVI decía que ser cristiano no consiste en seguir una doctrina sino a una persona, Jesucristo: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (Deus Caritas est, 1).  Para ello es necesario escuchar su voz, entre tantas voces como reclaman nuestra atención, y seguirle. Ser cristianos no es solo imitar, pero tampoco se está en el buen camino si nuestra fe no actúa en la caridad, si lo que creemos no lo vivimos.  Hoy son necesarios pastores que reproduzcan en su vida al Buen Pastor, porque primero se han sentido ovejas y han oído su voz. La misericordia comienza en la intimidad con el Señor.

Nos recuerda hoy la segunda lectura de la carta de Pedro que «sus heridas nos han curado». La revelación suprema como Buen Pastor es la cruz, allí, el pastor da la vida por sus ovejas. Pero Jesús, además de definirse como buen pastor, se presenta también como la puerta que da entrada en el redil. Quien se ocupe de las ovejas, quien quiera hoy ser discípulo suyo, debe pasar obligatoriamente por él. Debe dejarse transformar y, a su vez, debe comprometerse en trasformar. Todos conocemos a personas que sanan, porque se entregan en sus vidas. Es cierto, hay heridas que sanan, porque hay personas que, aún a pesar de su dolor y cansancio, se comprometen e implican en el dolor de los demás queriendo poner algo de la misericordia que el buen Pastor nos ha regalado en la cruz. Oler a oveja, lo llama el Papa Francisco.

 

Francisco Sáez Rozas

Párroco de Santa María de los Ángeles

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El evangelio de este domingo nos sitúa en el llamado discurso de despedida de San Juan. Jesús está despidiéndose de los suyos, y su anuncio hace que sus discípulos queden sobrecogidos y conmocionados. Sus palabras, no obstante, quieren ser de esperanza; él invita a no dejarse apoderar por el temor; y la razón es confiar, apoyarse en Dios y en él. Su partida de entre nosotros tiene un sentido; no es una marcha definitiva, solo se adelanta para hacer realidad la posibilidad de una comunión total con el Padre como la suya.

Es la primera invitación de este domingo «creed en Dios y creed también en mí». No son dos cosas distintas, sino una misma. Acoger a Dios en Cristo, ser cristiano es, antes que nada, creer en Jesús. Tener la suerte de habernos encontrado con él; porque lo verdaderamente decisivo en la vida cristiana es el encuentro con Cristo. Ir descubriendo, por la propia experiencia, toda la fuerza, la luz, la paz y vida que podemos recibir de él.

«Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre». Jesús no solo se adelanta, sino que también nos dice cuál es la meta hacia la que caminamos: El Padre. Nos lo revela, no exclusivamente con sus palabras, sino también con sus gestos, sus opciones y sus acciones. Por eso, cuando vemos que Cristo actúa concediendo su preferencia a los pequeños, que muestra compasión por los que sufren, que concede el perdón a los pecadores, que devuelve la confianza a los excluidos, en definitiva, que ejerce la misericordia con todo tipo de pobreza humana, aprendemos quien es Dios, y estamos en condiciones de esbozar los rasgos de su rostro.

No solo se adelanta, no solo nos dice dónde va, sino que además nos dice cómo llegar: Él es el camino. Felipe, no termina de comprender ¿si no sabemos a dónde vas, como podemos saber el camino? No anda muy desencaminado en su pregunta. Si no tenemos clara la meta, ¿cómo podemos saber el camino que nos conduce a ella? Recorrer el camino de la vida implica un proceso, pero para que este proceso tenga sentido, nuestra vida tiene que tener un horizonte. Ya sabemos que es el Padre. Jesús no dice que nos enseña el camino, sino que él mismo es el camino. Según el AT la ley de Moisés era el camino que el pueblo tenía para acceder a Dios (Sal 119). Ahora ese camino es creer, apoyar nuestra vida en Cristo Jesús y hacer sus obras.

Efectivamente, la fe no queda encerrada solo en algo interior: «Quien cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores». Estas obras serán siempre acciones concretas que irán encaminadas a que los otros tengan vida.  La fe en Jesús conlleva seguirlo cada día en las sencillas acciones que componen nuestra jornada. Por eso San Pedro, en la segunda lectura, nos llamará a todos los discípulos “sacerdocio real”, porque Cristo nos ha capacitado para presentarle como ofrenda nuestra vida, que intenta gastarse cada día, no solo en momentos selectos, en el servicio y el amor.

                                                                      Francisco Sáez Rozas

     Párroco de Santa María de los Ángeles

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La Biblia utiliza de forma recurrente la imagen del camino para indicar la vida de fe. En el pueblo de Israel ser fieles al Señor se expresa con frecuencia como “caminar por sus caminos” (Dt 30,15-16) y “caminar en su presencia” (1 Re 2,4). El evangelio hoy, una vez más, habla de un camino, que va de Jerusalén a Emaús, y que nos quiere hacer reflexionar sobre la forma concreta en la que recorremos la vida.

Este pasaje de Lucas relata la aparición del Resucitado a dos de sus discípulos mientras van de camino. Para ellos volver a Emaús es volver al pasado. Vuelven desesperanzados. Manifiestan ese cansancio que se instala en la vida cuando se pierden los ideales y las ilusiones. Hablan de su maestro en pasado. Se esperaba mucho de Él, pero todo había terminado con su muerte. Se percibe en sus palabras un tono de derrota, de perdida de fe; es mejor volver a casa, dejar de soñar, llevar una vida sin compromisos ni complicaciones.

Seguramente, con cierta frecuencia, nos tenemos que reconocer en esta etapa de la vida.  Y es en este camino concreto de su existencia, no en uno perfecto o ideal, donde Jesús se hace presente: «Les explicó lo que se refería a Él en toda la Escritura…». La palabra del Señor ilumina sus vidas, todo lo que les ha sucedido. Les hace ver que toda su historia es historia de Dios. La dureza del camino sigue estando ahí; no hay recetas milagrosas para eliminar el dolor y la cruz en la vida; pero él nos enseña a verlas e interpretarlas desde otra mirada distinta.

«Ellos contaron lo que les había pasado por el camino y como lo habían reconocido al partir el pan…». Necesitamos ver con los ojos de la fe. Ya en su casa, Jesús realiza aquellos gestos que para ellos eran tan conocidos, “tomar el pan, pronunciar la bendición, partirlo, darlo”. Son los gestos que realizó en la última cena. Es la Eucaristía el lugar donde realmente sus ojos se abren y descubren al Resucitado. Precisamente en este momento comienza el otro camino, la vuelta a Jerusalén; el camino del gozo, de la paz y la misión.  Ahora podemos ser testigos de que el Señor verdaderamente vive y camina con nosotros.

Este domingo de Pascua nos dice que el Pan (eucaristía) y la Palabra son las realidades que alimentan nuestra vida cristiana, que hacen que nuestra fe se robustezca y pueda iluminar las experiencias diarias. Si de veras se han abierto nuestros ojos y lo hemos reconocido en torno al altar, deberemos comprender que no se puede creer en el resucitado y seguir lamentándonos.

«A ese Jesús, Dios lo ha resucitado y nosotros somos testigos de ello», dice Pedro en la primera lectura. No es posible ser testigo y abandonarse en quejas y comodidades; sino ponerse en camino y anunciar una vida operante, a pesar de los obstáculos. Después de partir el pan, aquellos dos discípulos se dirigen al cenáculo, y cuando llegan dicen a los otros: «hemos visto al Señor». Es la tarea del testigo, vivir y anunciar lo que ha visto y celebrado.

 

Francisco Sáez Rozas

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