Como en los domingos precedentes, las autoridades del pueblo son hoy los destinatarios primeros de estas palabras de Jesús. Las tres parábolas que escuchábamos los días anteriores (la de los dos hijos, la de los viñadores homicidas y la del banquete de bodas) son muy claras. La reacción de los dirigentes judíos es inmediata, y como están deseando comprometerlo, traman un plan, en este caso una pregunta malintencionada de si es lícito o no pagar el tributo obligatorio al Imperio Romano. La respuesta es realmente insidiosa, pues si responde que es lícito se enfrenta a la fe de Israel, que no reconoce otra soberanía que la de Dios, pero si responde que no es lícito, se sitúa contra el poder político apareciendo como un agitador.

Jesús no cae en la trampa, pero tampoco la evade, sino que sitúa la cuestión en un nivel más profundo: para él, lo verdaderamente importante es la actitud del hombre ante Dios. Es tal vez por eso que les pide que le enseñen la moneda con la efigie y la inscripción, para añadir: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. ¿Qué es lo hay que dar al César y qué a Dios? Será, evidentemente, lo que contenga la imagen de cada uno. Si la moneda lleva la imagen del emperador, habrá que dársela al Cesar. Pero Dios ha dejado inscrita su imagen en el ser humano y en todo lo que le afecta. Devolver a Dios lo que es de Dios quiere decir dejar que Dios sea Dios, y no esté al servicio de nuestros intereses. Significa reconocerlo como Señor y poner nuestra vida en sus manos.

Seguramente es esta actitud de confianza la que caracterizaba la vida de los cristianos de Tesalónica que escuchamos en la segunda lectura. Son cristianos, en gran parte de una condición social muy humilde, y que llevan una vida difícil en medio de un ambiente hostil. Pero aquella comunidad, expuesta a tantas pruebas y obligada a convivir con situación difíciles, se siente segura «en Dios Padre y en el Señor Jesucristo». Su seguridad no depende del número, ni de su poder, ni de su organización o recursos económicos. Su fuerza le viene de Dios a quien han hecho su roca y baluarte. En definitiva, en eso consiste la fe, en estar sólidamente apoyados en Dios.

Por eso el apóstol da gracias al Señor, porque en el testimonio de aquella comunidad descubre que Dios camina con ellos; reconoce en aquel grupo tan pequeño y frágil, la señal más evidente que la fuerza del evangelio se muestra en nuestra debilidad si verdaderamente dejamos hacer al Espíritu Santo. Y es que Dios se nos acerca en nuestra historia de forma distinta a como le queremos encasillar. Es una lectura con gran resonancia para un tiempo complicado como el que nos toca vivir a nivel de fe; y mirando la vida de los tesalonicenses intuimos que, quizás, la evangelización no tenga que ver con la nostalgia, la seguridad o la queja en las a veces vivimos instalados, sino con la confianza en Dios y el testimonio de una vida conforme al evangelio.

 

Francisco Sáez Rozas

Párroco de Santa María de los Ángeles

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Seguimos escuchando este domingo una parábola dirigida de un modo especial a las autoridades de Israel. Es un relato que recoge, en primer lugar, la experiencia del propio Jesús, quien vio como aquellos primeros invitados rechazaron su persona y evangelio. Pero también descubrimos una segunda lectura, a saber, los invitados al banquete hoy somos nosotros, y el texto nos hace caer en la cuenta de cómo es nuestra respuesta. Leída con detenimiento, la parábola nos depara hasta cuatro sorpresas que quiero subrayar.

Un rey busca invitados para el banquete de bodas de su hijo. Desde los profetas, Israel describía la alegría de los tiempos mesiánicos como un banquete, expresión de abundancia, del compartir y la alegría, de la fraternidad y, ante todo, gratuidad. De ahí que Jesús use frecuentemente esta imagen para hablar del Reino de Dios. Con Él ha comenzado este tiempo de salvación; Él es el esposo tan esperado por el pueblo. A ese banquete, estamos todos invitados. Y aquí encontramos la primera sorpresa: Sucede que ellos declinan la invitación, se niegan a asistir, rechazando a Dios mismo que es quien invita. La negativa se debe principalmente a que los convidados tienen otras cosas que consideran más importantes y urgentes. Están tan ocupados y preocupados por mantener sus negocios y atender sus asuntos, que no tienen tiempo para Dios.

La segunda sorpresa, con todo, es que esta negativa no detiene el amor de Dios; Él sigue ofreciéndonos la salvación, a pesar de nuestras excusas y falta de acogida. Por eso vuelve a mandar a sus criados para que sigan haciendo extensible esta invitación a todos. Y dice el evangelio que la sala se llena; acudieron todos los que encontraron al borde de la vida, «malos y buenos» (Mt 22,10). Es la tercera sorpresa, que nos hace entender que la invitación es puro don de Dios, es gratuidad y no algo debido a nuestros méritos. Sorpresa que nos recuerda que la iglesia no es el espacio de los perfectos y selectos, sino el lugar de aquellos que, a pesar de la fragilidad y pecado, quieren responder a la invitación de Dios con una misión curiosa: convertirse a su vez en criados, por usar los mismos términos de la parábola, que sigan invitando a este banquete.

Finalmente, el relato nos trae una última sorpresa: Un invitado sin el traje de bodas, que el rey manda expulsar. Y es que el hecho de haber sido invitados no debe hacernos olvidar ciertas exigencias para estar en el banquete. No todas las conductas son compatibles con la fe que se quiere vivir. Ser invitados conlleva la responsabilidad de vivir conforme a la llamada recibida, de ser hombres nuevos y revestidos de Cristo, como dice el apóstol. Es, pues, este un relato que nos pone en guardia frente a la tentación de la comodidad o tibieza. Quedan excluidos, no solo aquellos que rechazan la invitación, sino también aquellos otros que, considerándola como un derecho y una posesión, no se esfuerzan por vivirla de una forma nueva, conforme al evangelio.

Francisco Sáez Rozas

Párroco de Santa María de los Ángeles

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El evangelio nos relata frecuentemente como las autoridades cuestionaban la enseñanza de Jesús amparándose en cómo vivía. Este domingo, una vez más, encontramos una respuesta a quienes le acusaban de comer con pecadores y marginados. Y les responde proponiéndoles que miren la situación desde otra perspectiva. Considerada en sí, la parábola es muy sencilla. En ella aparecen dos grupos de personas, unos cumplidores, observantes de la ley. El otro, son lo que no observan esta ley, y ya están “juzgados”. Sin embargo, un hecho nuevo que afecta a todos, como es la figura de Juan el Bautista, cambia la situación. Su predicación constituye una invitación a trabajar en la viña, a cambiar, pues Dios está cerca. Y ahora los papeles se invierten, tenemos un «sí» que se convierte en «no», y un «no» que se transforma en «sí».

Jesús viene a decirles: Vosotros, los que dirigís al pueblo, dijisteis sí a Dios al aceptar la ley de Moisés, pero vuestra actitud es como la del hijo que dijo sí, y luego no hizo nada. Desde el punto de vista social, su actitud es irreprochable, pero no hay espacio para un Dios que los saca de su rutina y comodidad. Mientras, los pecadores y las prostitutas son los que se abren a la acción de Dios. ¿Qué importa conocer la ley, si luego no se cumple? ¿Qué importa -dice Jesús- que un hijo diga a su padre que va a trabajar en la viña, si luego en realidad no lo hace?

Desde la distancia, nos parece evidente que son los últimos los que agradan a Dios, e incluso tachamos de hipócritas a los primeros. Pero, como toda parábola, no debemos mirarla solo desde fuera, como si no nos afectara también a nosotros. Podemos caer en la realidad de vivir una fe tibia y “académica”, que termina por instalarnos tan cómodamente, que nuestra vida no se ve afectada por nuestra relación con el Señor. Una fe convertida solo en costumbres. En cierta manera, la parábola de hoy supone un rechazo a una manera de vivir la fe hinchada de palabras, pero vacía de hechos convincentes. Es indispensable hacer la verdad y no solo conocerla, entre otras cosas, porque si no la llevamos a la vida es que seguramente no la conocemos. Evidentemente a Dios le agradan los que dicen sí y hacen sí. Pero también es claro que, entre el que dice y no hace, y el que no tiene las palabras justas, pero sus acciones son convincentes, sus preferencias van más por estos.

Un test fiable sobre la autenticidad de nuestro sí nos la ofrece la segunda lectura a los filipenses. El apóstol nos exhorta a mirar a Cristo, y reproducir su humildad, su servicio, su compasión y misericordia. Eso sí, para tener entre nosotros los sentimientos de una vida en Cristo, solo hay un camino: hundir las raíces de nuestra fe en él. K. Rahner, una vez que le entrevistaron, dijo que solía repetir con asiduidad una pequeña súplica, «Dios mío, ayúdame a no contentarme con creer que soy cristiano, sino haz que llegue a serlo de verdad». Creo que de eso trata el evangelio de hoy.

Francisco Sáez Rozas

Párroco de Santa María de los Ángeles

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«Había una vez un propietario que plantó una viña…». Jesús, en la parábola de hoy, una vez más recurre a la imagen de la viña, tal y como hacían muchos profetas, para referirse al pueblo de Dios. Y leída con detenimiento, cada elemento de la parábola tiene su significado. El dueño de la viña es Dios que ha puesto en ella amor y esperanza. La viña, por otra parte, es su pueblo, como decíamos. Los criados enviados a recoger los frutos son los profetas, siendo los jornaleros las autoridades y dirigentes de Israel. Es evidente que el hijo se reserva a la propia persona de Jesús. Con esta parábola el Señor coloca en el banquillo de los acusados a las autoridades religiosas, que tenían la misión de cuidar la viña y se han desentendido de ella en provecho propio, y al mismo pueblo de Israel, que se ha olvidado de Dios y no ha dado fruto.

Por los profetas Dios fue llamando a su pueblo a la salvación, y a la misma vez le daba la tarea de ser “luz” para los demás pueblos.  Pero casi todos ellos fueron rechazados, perseguidos y hasta asesinados, como el mismo Jesús expresa en el relato de la parábola, donde incluso anuncia su propia muerte. Este destino nos muestra, por un lado, el amor del Señor de la viña. Una vez agotados todos los recursos, se arriesga a jugar su última carta: voy a enviar a mi hijo. Seguramente espera una reacción positiva a tal muestra de cariño. Pero el destino no es tan afortunado, la historia la conocemos. Pero esta “ingenuidad” es fruto del amor que tiene a su viña, ¿qué más podía hacer por mi viña que no haya hecho? A pesar de tanto rechazo, no se resiste, una vez más a cuidar esa viña para que de fruto. Por otra parte, la parábola nos habla de la fidelidad del hijo, que aun a pesar del terrible destino que intuye, no se acomoda a las exigencias de los destinatarios y se mantiene fiel y obediente a la petición del dueño de la viña.

Podemos decir que no estamos ante un relato imaginario sino ante una historia real en sus rasgos fundamentales. Este fue realmente el destino de Jesús. Como último enviado de Dios a su viña, el Hijo, fue echado fuera de Jerusalén y ajusticiado a petición de ese mismo pueblo. Por eso Israel perderá su privilegio de pueblo escogido, cultivador de la viña, que se le da a otros viñadores, al nuevo pueblo que es la Iglesia, para que dé el fruto agradable a los ojos de Dios.  

Mirando hoy la viña del Señor, después de tanto tiempo, nos damos cuenta que la parábola sigue teniendo una actualidad especial en nuestra misma Iglesia. Una comunidad de hijos, cuidada por Dios, plantada en medio del mundo como testimonio del amor de Dios con la misión de ser ese faro que alumbre a toda la humanidad a encontrarse con el Señor y su salvación. Esto supone todo un reto para nosotros. Como Iglesia no podemos quedarnos encerrados, sino enviados a ser “sal y luz”, pero con esos dos criterios que veíamos en el dueño de la viña y su hijo: el amor y la fidelidad.

Francisco Sáez Rozas

Párroco de Santa María de los Ángeles

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En la Exhortación apostólica Evangelii Gaudium el papa Francisco invitaba, no sin cierta ironía, a no contentarse con lo que él llama una teología de escritorio (n.133), es decir, una reflexión que se queda encerrada en libros y más papeles, pero que no llega al corazón de nuestro mundo, y por tanto, poco sirve a la misión evangelizadora de la iglesia. Seguramente, en la mente del santo padre estaba la pedagogía de Jesús. Es esta la primera reflexión que quiero compartir a la luz del texto de este domingo. Jesús, cuando enseñaba a la gente, no buscaba complicadas reflexiones o teorías, sino que les hablaba desde la vida cotidiana, con ejemplos concretos capaces de tocar su corazón y no solo ilustrar su mente.

Hoy escuchamos uno de estos ejemplos. La parábola de hoy pone de manifiesto, ante todo, la enorme distancia que existe entre nuestro modo de ver las cosas y el de Dios, entre nuestros criterios y medidas, y los de Dios. Ciertamente, como dice el profeta Isaías, sus caminos no siempre coinciden con los. Y en el corazón de la parábola nos encontramos con una viña, que en el Antiguo Testamento representa al pueblo de Israel (Is 5,7). El dueño va a ir llamando a distintos obreros a trabajar en su viña, a formar parte de su pueblo y trabajar por extenderlo. Pero a cada uno los llama a horas diferentes, pagándoles a todos lo mismo. Y es esta su queja, a todos ha tratado igual, aunque algunos hayan empezado bien tarde.

El texto dice que los ha tratado con justicia, han recibido lo que les corresponde, pero a los últimos los ha tratado también con misericordia, posiblemente en la esperanza de que los primeros se alegrarían, influidos por una manera de hacer las cosas que supera la simple justicia contractual, para dejarse llevar por la bondad. Es esta la manera de actuar de Dios, que compagina justicia y la generosidad. Pero es esta también la desilusión, los llamados justos se creen con tales privilegios que, en lugar de la alegría, en ellos se da la queja, viven una fidelidad defectuosa que se guía por la reivindicación y el reproche.

La parábola, por consiguiente, no solo defiende el comportamiento de Dios, sino que también saca a la luz como es nuestro estilo de trabajo en la viña, tan cargado de privilegios. Cuantas veces caemos en la tentación de esgrimir derechos ante Dios, ¿cómo nos va a tratar a todos por igual? ¡con la de sermones que he tenido que aguatar! En el fondo, es la misma mentalidad del hermano mayor que critica la fiesta de su hermano, mientras que el Padre no recompensa su enorme sacrifico y dedicación. Y, enfrascados en estas cuentas, no somos conscientes de que trabajar desde primera hora en la viña supone ya un hermoso pago.

Francisco Sáez Rozas

Párroco de Santa María de los Ángeles

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