El evangelio que leemos este domingo, al igual que el pasado, continúa siendo una instrucción del Señor a sus discípulos. Por segunda vez les presenta el camino que va a recorrer, «el Hijo del hombre va a ser entregado…». Quien entrega es el Padre. De esa manera, Jesús quiere hacernos entender que la cruz no es la conclusión de una serie de casualidades, ni la consecuencia del fracaso, sino fruto de la fidelidad y de la obediencia al plan de Dios. Es fácil ser fiel cuando todo nos sonríe, pero en la dificultad es donde se calibra cómo es nuestra fidelidad. Es éste, pues, el camino del discípulo; servir en obediencia y fidelidad, hasta incluso hacernos partícipes del destino de Jesús.

Pero los discípulos van a otra cosa. Se pone de manifiesto la diferencia entre el pensamiento de Jesús y el de ellos, «¿de qué discutíais por el camino?». Pareciera que están solo preocupados por saber quién de ellos ocupará el primer puesto, siendo el más importante en la nueva comunidad. Descubrimos, por desgracia, que no estamos muy lejos de aquellos pensamientos. Y nosotros, ¿de qué discutimos por el camino? ¿qué es lo que verdaderamente retiene nuestro interés pastoral? Este evangelio nos cuestiona por toda una manera de vivir que hace del prestigio y el reconocimiento social nuestro estilo, hasta el punto de confundir la fecundidad pastoral con el éxito personal. Es ésta una tentación peligrosa. Jesús es claro, es necesario comprobar si nuestro modo de comportarnos consiste en servir a Dios o “servirnos” de Dios.

Llama poderosamente la atención la actitud de paciente ternura de Jesús con sus apóstoles. No se irrita, sino que se sienta, los llama e intenta explicarles donde reside la verdadera grandeza; ante Dios somos importantes si nos hacemos últimos y servidores. Y para que esto no se malinterprete, ilustra su enseñanza con un ejemplo, a saber, pone un niño en el centro. En aquella época los niños representaban algo pequeño, indefenso y socialmente irrelevante, no podían prescindir del cuidado y protección de sus padres. Y la tarea que Jesús les encarga es la de «acoger a estos niños en su nombre». Ellos representan a una humanidad sin rango ni grandeza; quien acepta a tales personas, y las sitúa en el centro de su vida, acoge al mismo Jesús.

Seguramente en aquellas primeras comunidades cristianas, a las que san Marcos les escribe, ya comenzaba a aflorar la tentación de preocuparse por el propio poder dentro de la comunidad. El Señor no quiere eliminar en sus discípulos el deseo noble de ser grandes, bien sabe él que para guiar a cualquier grupo humano –también la comunidad cristiana-, hacen falta responsables. Es sí, el criterio de lo que significa ser grande cambia, ahora es servir sin pasar factura. Sé es primero, y sé tiene prestigio, no cuando se ocupa un puesto de relevancia, sino cuando en el centro de nuestra vida hacemos sitio para quien necesita que la misericordia de Dios lo perdone y transforme.

Francisco Sáez Rozas

Párroco de Santa María de los Ángeles

                       

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Una de las preocupaciones fundamentales que encontramos en el evangelio de San Marcos es aclarar qué significa ser discípulo de Jesús. Su evangelio puede ser considerado, sin riesgo a equivocarnos, como “un buen manual para el seguimiento cristiano”, pero de forma especial, el relato que leemos este domingo es de especial claridad. Todo comienza con unas preguntas: ¿Quién dice la gente que soy yo?, y vosotros, ¿qué decís?, cuestiona a sus discípulos. Pedro, en nombre de todos ellos, toma la palabra. Mientras que otros solo han dado respuestas parciales (unos que Elías, otros que Juan el Bautista, …) él es certero en su afirmación, “tú eres el Mesías”.

Posiblemente esta respuesta sea algo que Pedro ha aprendido, y aún no sea fruto de su experiencia, por eso, para nuestra sorpresa, nos encontramos con que Jesús hace dos correctivos de inmediato. El primer correctivo es que manda a Pedro guardar silencio (Mc 8,30). Pero, si Pedro ha respondido correctamente, ¿por qué callar? Jesús no quiere que su mesianismo se entienda en clave triunfal; su camino no pasa por el poder, sino por el servicio, por el don de su propia vida en fidelidad y obediencia al Padre, y por amor al hombre; él es el Siervo de Yahvé, como nos recuerda la primera lectura que, desfigurado y sin rostro, carga con nuestros pecados.

El segundo correctivo, es una consecuencia de este primero, «el que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga» (Mc 8,32). A los discípulos les cuesta entender que él tenga que recorrer ese camino, y que ellos tengan que seguirle por él. Era más fácil y cómodo acompañarlo por el camino de la fama y los milagros. Pero, el camino de la cruz es otra cosa. Ya no se trata solo de compartir su misión de predicar; ahora seguirle supone aceptar también el rechazo, el desprecio y el sufrimiento. Se trata de dejar atrás nuestras aspiraciones humanas, nuestras expectativas de comodidad y triunfo, y compartir su destino.

Por eso Jesús les replantea de nuevo el camino, «el que quiera venirse conmigo…». No obliga, solo invita, y cada uno debe decidir. Eso sí, quien decida ir tras él, «el que quiera», debe hacerlo con radicalidad, sin medias tintas ni tibiezas. Debe romper con el individualismo, el conformismo y la comodidad de nuestro mundo para descubrir que el camino hacia Dios pasa también por el amor al hermano («que se niegue a sí mismo y me siga»). Conlleva tomar parte en la cruz del Señor. Ésta no es solo signo del dolor, como a veces la hemos reducido en la piedad, sino sobre todo signo del amor de Dios, de un amor hasta el extremo. Tomar la cruz del Señor significa tomar parte en esa dinámica de la salvación de Dios, que implica amar sin cálculos, sin limites; amar incluso hasta sufrir por amar, porque dando la vida es como la ganamos (Mc 8,35).

Francisco Sáez Rozas

Párroco de Santa María de los Ángeles

                 

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Seguramente todos hemos escuchado alguna vez ese dicho que afirma que «los caminos de Dios no coinciden con nuestros caminos». En el relato de hoy encontramos algo de eso. Estos últimos domingos venimos hablando del Reino de Dios. En efecto, este Reino está ya presenté en nuestra historia, aunque a veces no lo parezca. Las dos parábolas del evangelio ponen ante nuestra consideración como actúa Dios. Jesús las pronuncia desde su propia experiencia. Si bien él anuncia el Reino, cada día se encuentra con el rechazo por parte de los que lo escuchan. Aquello puede provocar la duda en sus discípulos, si verdaderamente el Reino está presente, ¿por qué tanta incomprensión y hostilidad? A pesar de todo, dice el Señor, la salvación de Dios es una realidad ya en nuestra historia. En aquellos inicios pobres, pequeños y humildes, que avanzan con lentitud, está presente toda la fuerza liberadora de Dios.

Una parábola es la de la semilla que planta el sembrador, y aunque éste descanse, ella crece por sí sola. A pesar de sus comienzos silenciosos, el Reino de Dios crece progresivamente. De esta manera, rompe nuestros esquemas, pues es ante todo don de Dios, y no depende solo de nuestro esfuerzo. Nos habla de dejar hacer a Dios es nuestra vida más que de reclamar el protagonismo nosotros. La segunda parábola, es la del grano de mostaza, y ahora lo que reclama el protagonismo es la grandeza del Reino al final, a pesar de este comienzo pequeño y débil. El grano de mostaza es una semilla de las más pequeñas y, sin embargo, su planta es capaz de alcanzar tres metros de altura. Así es el dinamismo del Reino.

Estamos acostumbrados a buscar a Dios en lo sublime y magnifico, y Jesús no habla de grandes cosas. El Reino de Dios es algo humilde y pequeño en sus orígenes, que puede pasar tan desapercibido como un grano de mostaza. Pero es algo llamado a crecer y a dar fruto. Una enseñanza fundamental de este domingo es volver a aprender a valorar las cosas pequeñas, los pequeños gestos, como lugares especiales de la presencia de Dios hoy.

Pero también estas dos parábolas quieren ser un mensaje de ánimo y de esperanza. Sin querer, inmersos en el ritmo frenético de nuestra sociedad, podemos caer en dos peligros. Uno es el del activismo y el otro es el del rendimiento. El primer peligro consiste en ahogarnos en el hacer muchas cosas, confiando excesivamente en nuestra fuerza y capacidad, y así terminamos por creernos indispensables. El segundo peligro, se deriva de éste, es cuando caemos en la cuenta de que, a pesar de tanto trabajo, los frutos no son los esperados, y podemos quedar aplastados por una tarea que nos desborda.

Jesús nos dice lo que tenemos que hacer, confiar en Dios y colaborar con su gracia. Nos recuerda que en la semilla hay una fuerza que no se debe a nuestro esfuerzo. La vida no se reduce a la actividad, es un misterio más profundo; es regalo y don, y nuestra primera ocupación tendrá que ser respetar la acción de Dios y acoger su Espíritu que nos hace capaces de colaborar en la construcción del Reino.

Francisco Sáez Rozas

Párroco de Santa María de los Ángeles

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Este domingo celebramos la natividad de Juan el Bautista, que al ser una “fiesta del Señor” por su íntima relación con Jesús, sustituye a la liturgia del XII Domingo del Tiempo Ordinario. Todos conocemos la figura de Juan, que adquiere un lugar importante en los evangelios por ser el mensajero que anuncia y prepara la llegada del Mesías, del Redentor del Mundo. Su mensaje, su condición de precursor y de hombre de Dios, hace que el evangelio dijera que él «era el más grande de entre los nacidos de mujer…». Aprendamos, pues, a valorar el papel excepcional del Bautista.

Por encima de todo es el hombre de Dios; un hombre humilde, vestido de una forma austera y con una vida sencilla. No puede pasar desapercibido. Su misma vida, sin necesidad de hablar, es ya una invitación a todos los que le ven, a replantease como es su relación con Dios.  Es la voz que nos exhorta a preparar el camino al Señor: ese Dios anunciado en el Antiguo Testamento, ya está cerca. Y esta preparación comienza en nosotros mismos: ¿Cómo preparar este encuentro con el Señor? Juan habla de conversión.

Necesitamos ver si nuestros caminos son los caminos de Dios, sino es así, estamos a tiempo de dar la vuelta, de reemprender nuevamente el camino que nos conduce a Él. De lo que se trata es de aquel cambio interior que se traduce en frutos de buenas obras. La conversión no puede quedarse en buenos propósitos, ni se puede reducir a deseos, sino que ha de verse de forma concreta en la vida. El fruto va más allá de acciones puntuales, por muy buenas que sean. Es la expresión de un nuevo estilo de vida según el modelo que es Cristo, y sostenidos por su misma presencia. No es suficiente con no hacer el mal, que ya es mucho, hay que hacer el bien. Ahora bien, esta conversión no es conquista del esfuerzo voluntarioso del hombre que se quiere edificar a sí mismo, sino ante todo fruto del encuentro personal con Dios.

Por otra parte, Juan nos recuerda a todos que somos instrumentos en las manos del Señor para colaborar en la edificación de su Reino. Él lo hace desde la humildad y la sencillez. Solamente se sabe el precursor; no reclama para sí ni medallas, ni reconocimientos. Su vida consiste en señalar al que verdaderamente trae la salvación. Y su manera de señalar es vivir aquello mismo que anuncia. Es una actitud a no dejar pasar por alto. La tentación de anunciarnos a nosotros mismos, de reclamar que la atención se centre, no tanto en el mensaje cuanto en el mensajero, es muy real.

En un mundo como el nuestro, en el que encontramos signos de cansancio, de dolor y de soledad, siguen siendo necesarios los testigos al estilo de Juan el Bautista. Cristianos, que cimientan su vida sólidamente en Dios y que nos recuerdan que veces nos alejamos de Él. Hombres y mujeres que anuncian la buena nueva de la salvación, acercando la misericordia de Dios a todos. Es Dios quien ofrece la salvación al hombre. Pero a su vez, esa salvación pasa por el hombre de hoy, en el sentido de que debemos ser instrumentos de su misericordia aquí y ahora.

Francisco Sáez Rozas

Párroco de Santa María de los Ángeles

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Retomamos en este domingo la lectura del Evangelio de San Marcos, que iremos escuchando y meditando a lo largo de todo el año. Comenzaba el evangelista, hace unos pocos domingos, recordándonos el núcleo de la predicación de Jesús: Se ha cumplido el plazo, y el Reino de Dios está irrumpiendo ya en nuestras vidas. Es necesario prepararnos para acogerlo, necesitamos convertirnos y creed en su presencia salvadora. Este anuncio se hace realidad, de una forma novedosa e inesperada, en Jesucristo. En Él, Dios se ha acercado al hombre para hacerle experimentar su misericordia, para liberarlo e invitarlo a una comunión de vida.

Pero esta pretensión no deja a nadie indiferente, como observamos en el evangelio. La primera reacción es de rechazo. En primer lugar, por parte de aquellas autoridades y grupos dominantes, que le recriminan que si expulsa demonios es porque su poder no viene de Dios, sino de Satanás. Para Jesús los exorcismos, así como las curaciones, son signos de que verdaderamente ese Reino que anuncia, está irrumpiendo.  No quieren ser hechos prodigiosos que causen admiración. Su sentido es otro, los milagros de Jesús expresan lo que había anunciado tantas veces: Dios ha decidido intervenir en nuestras vidas. Es por ello, que los que sufren por la enfermedad, por el mal en sus distintas formas, son los primeros que van a experimentar, aquí y ahora, que Dios los libera.

Pero no solo le rechazan los poderosos, su familia tampoco le termina de entender. Este encuentro con ellos es el momento que Jesús aprovecha para expresar quien es su verdadera familia: «el que haga la voluntad de mi Padre ese es mi hermano y mi hermana y mi madre» (3, 35). La verdadera familia de Jesús, es la familia del Reino, traspasa las fronteras de la sangre, para abarcar a todos los hombres y mujeres que hacen la voluntad de Dios. Quien se esfuerza, desde la oración y los sacramentos, en escuchar a Dios en su vida; quien, sostenido por su gracia, se empeña en acercar esa misma misericordia a todos los hermanos, no solo está colaborando en la construcción del Reino, sino que además forma parte “de pleno derecho” en la familia del Señor. El mejor ejemplo es la Virgen María. Si de alguien se puede decir que escuchó a Dios en su vida, y cumplió su voluntad, es de ella.

De esta manera el evangelio nos recuerda que nuestra vocación como Iglesia, familia de Jesús, es ser mediación de esa misericordia. Ahora bien, si no trasparentamos este amor apasionado de Dios por el hombre,  si desvirtuamos el evangelio reduciéndolo a aquello que nuestra sociedad quiere escuchar, si nos dejamos seducir por el relativismo de hoy en detrimento de la verdad de fe, si no colaboramos en construir un mundo nuevo y más humano; si no estamos dispuestos a una permanente conversión para ser fieles a Jesucristo, si nos acomodamos y no acercamos a todos el amor de Dios, si no estamos cerca de los crucificados de hoy para darles esperanza, si, en definitiva, perdemos de vista que nuestra referencia última son Dios en su Trinidad y los hombres en su dignidad, difícilmente seremos signos de que el Reino de Dios está presente.

Francisco Sáez Rozas

       Párroco de Santa María de los Ángeles

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