Con demasiada frecuencia, llegan hasta nosotros noticias tan negativas que nos sacuden hasta lo más profundo de nuestro ser. Son situaciones que hacen que nos replanteemos nuestras seguridades vitales. Cuando se producen estos acontecimientos, tendemos a buscar justificación en personas, situaciones, actuaciones, comportamientos… externos a nosotros mismos. Dentro de estas «causas externas», a veces, también incluimos a Dios. Esta es la situación en la que se enmarca el fragmento evangélico de este domingo. Un grupo de personas acude a Jesús para exponerle cómo justifican ellos un hecho que conmocionó a la sociedad israelita de su tiempo: la cruenta represión llevada a cabo por Pilato de una revuelta que se habían producido en aquellos tiempos.

Jesús vuelve a sorprender a aquellos que lo interpelan; frente a la justificación externa del mal, hay que ver qué responsabilidad tengo yo en él. Jesús rechaza la explicación dada por sus contemporáneos; aquellos no murieron porque fueran más malos que los que habían sobrevivido. Es más, Cristo avisa de que, si no cambian de vida, también ellos morirán. Muerte del alma, que es más trágica que la muerte física.        

Frente a la existencia del mal, realidad que fácilmente podemos constatar con mirar a nuestro alrededor, Jesús enseña que no tenemos que descargar responsabilidades lejos de nosotros. Que la queja y la congoja solo pueden ser un primer momento de reacción, pero no es suficiente. Ante el mal, todos hemos de convertirnos. Hay que cambiar la vida. Abandonar el pecado y vivir en amistad con Dios.

Puede parecernos que la realidad del mal que existe en nuestro mundo es tan grande que lo que yo pueda hacer es insignificante. Las palabras de Cristo son una llamada a no caer en esta tentación. Cambiar de vida, convertirme, ser mejor cada día y no descargar la responsabilidad en situaciones o personas ajenas a mí mismo, es la única y mejor contribución que puedo ofrecer para vencer el mal que existe a nuestro alrededor. Y frente a la tentación de «dejarlo para mañana», Jesús propuso la parábola de la higuera estéril. Dios tiene paciencia con nosotros, pero ese amor de Dios manifestado en espera, supone para nosotros una llamada urgente a no dejar pasar ni un minuto más antes de ponerme, con honestidad y sin límites, delante de Dios e ir descubriendo cuáles son los pasos que Él me pide que vaya dando. El único camino para vencer el mal que existe es que yo sea mejor.

Victoriano Montoya Villegas

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La cuaresma es tiempo catecumenal por excelencia. Desde su origen, prácticamente paralelo al caminar de la Iglesia, la cuaresma ha sido tiempo de preparación. Tiempo de camino y no de meta, puesto que el objetivo de estos días es poder vivir plenamente la Semana Santa. Esta intención catequética aparece muy claramente en los distintos fragmentos evangélicos que son proclamados cada uno de los domingos de cuaresma. El evangelio del domingo pasado nos orientaba a la contemplación de Jesús como verdadero hombre, tanto que experimentó esa situación tan humana que es la tentación.

El evangelio de hoy nos ayuda a recordar que la verdad de la persona de Jesucristo no se agota en la humanidad, sino que Él es Dios verdadero en medio de nuestro mundo, de nuestra historia. Siempre es bueno recordar, especialmente en estos días en que el arte y la devoción popular exaltan la humanidad de Jesús como el «lugar» donde se verifica su entrega sin condiciones en favor de todos nosotros, que Jesús, el mismo que es apresado, abofeteado, flagelado y clavado en una cruz, es Dios.

El evangelista Lucas nos presenta hoy un acontecimiento que rompe el ritmo habitual de la vida, tanto la de Jesús, como la de aquellos tres apóstoles que fueron testigos del mismo: la transfiguración de Jesucristo. Este acontecimiento es, al mismo tiempo, una experiencia y una manifestación. Es experiencia, para los apóstoles, de vislumbrar a Dios en Jesús. Por otro lado, es manifestación de Dios a los apóstoles de que la cruz, el dolor o el sufrimiento, nunca son la última palabra en la vida del discípulo de Cristo.

El evangelista Lucas presenta a Jesús y a sus discípulos siempre en camino. Caminando hacia Jerusalén, hacia el lugar de la cruz, pero también, de la resurrección. El acontecimiento de la transfiguración ocurre, temporalmente, después de dos momentos muy significativos en la convivencia de Jesús con los apóstoles. En primer lugar, la confesión de fe de Pedro, que reconoce a Jesús como el «Cristo de Dios». El segundo, que se produce inmediatamente después de esta afirmación, es el anuncio de Jesús de su pasión y muerte. Este contexto nos permite comprender que la transfiguración tiene unos destinatarios privilegiados: los apóstoles. Y un objetivo claro: hacer comprender a esos discípulos de Jesús que, a pesar de las circunstancias, Dios está presente, siempre a su lado. Dios es el verdadero descanso que necesita nuestra vida.

Victoriano Montoya Villegas

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Si nos pidiesen que nos pusiésemos una calificación, entre 0 y 10, que expresase cómo nos consideramos de buenos, seguramente, las notas estarían por encima de notable. No se trata de no reconocer que existen actitudes y comportamientos que son malos en nuestra vida. Se trata de que estamos convencidos de que esas acciones malas que a veces realizamos, están motivadas por las circunstancias que nos rodean. Nosotros no somos responsables, solo hacemos lo que las circunstancias concretas nos llevan a hacer.

En el evangelio de este domingo, Jesucristo, utilizando esa sabiduría destilada que son las afirmaciones sapienciales (lo que nosotros podríamos llamar: refranes), nos enseña que Dios nos toma a nosotros más en serio que nosotros mismos. Sí, Dios afirma que realizamos acciones que son malas y que los responsables somos nosotros. Es más, Jesús dice que la causa de nuestras malas acciones es la maldad que anida en nuestro corazón.

Con «corazón», Jesucristo no se está refiriendo simplemente a ese «lugar» donde habitan nuestros sentimientos. Está haciendo referencia a nuestro «yo» más profundo. A aquello que hace que «yo» sea yo. Por eso, cuando Jesús afirma: «el que es bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal», está diciendo que no podemos descargar la responsabilidad de nuestras acciones en las circunstancias que nos rodean o en otras causas externas a nosotros mismos. No, los responsables somos nosotros y la posible maldad que está arraigada en nuestro corazón. Dios nos toma en serio, no nos ve como a unos críos que buscan excusas, sino que nos considera personas maduras que son capaces de dar razón de su propio comportamiento.

Si somos sinceros con nosotros mismos y descubrimos que existe maldad en nosotros, podríamos preguntarnos: «y, ahora, ¿qué?». Si Dios se caracteriza por algo, es por la paciencia que tiene con el ser humano. El hecho de ser conscientes de que existen «malas hierbas» en nuestro corazón, no supone tener que resignarse ante esta situación. Todo lo contrario, la llamada que Dios nos hace es a arrancar dichas malas hierbas. Pero sin caer en la tentación de pensar que somos nosotros solos los que podemos hacerlo. Solo la cercanía con Dios hace posible que podamos secar y, después, arrancar ese mal que anida en nuestro corazón. Para logar esa cercanía con Dios, solo hay un camino; silencio valiente que nos haga descubrir cómo soy verdaderamente y oración que me llene de Dios, de bondad.

Victoriano Montoya Villegas

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Con el sobrio y muy significativo gesto de imponer ceniza en nuestras cabezas, signo de nuestra debilidad y pecado, hemos comenzado uno de los tiempos litúrgicos más significativos, al menos, en estas coordenadas geográficas donde se desarrolla nuestra vida. Ya ha comenzado la cuaresma.

Lejos de ser un tiempo triste y de pesadumbre, de evasión de nuestra realidad, la cuaresma es tiempo de equilibrio, optimismo y fuerza de Dios. No iniciamos la cuaresma para agachar la cabeza avergonzados de nuestros pecados, sino que recorremos este camino con la vista alzada y puesta en la nueva oportunidad que Dios nos ofrece de volver a su amistad, de recorrer la vida íntimamente unidos a Él.

En este primer domingo de cuaresma, escuchamos el relato de las tentaciones de Jesús. De su victoria sobre ellas, el ser humano descubre que no está sentenciado a caer siempre en el pecado. Que la identificación entre humanidad y debilidad no es más que una excusa que ponemos ante nuestras caídas constantes.

Santo Tomás de Aquino expuso muy sintéticamente en qué consistieron las tentaciones vividas por Jesús, que son las que una y otra vez podemos experimentar nosotros: deleite de la carne, afán de gloria y ambición de poder. Pero en el caso de Jesús y, posiblemente en nuestro propio caso, estas tentaciones no son sino la expresión más burda de la tentación fundamental; vivir según Dios o convertirme yo en el dios que determine absolutamente mi vida.

En el momento de su bautismo en el río Jordán, acontecimiento que precede inmediatamente a las tentaciones, Jesús tomó conciencia plena de la manera en que Dios Padre le pedía que cumpliese su misión de Mesías. Lejos de la fuerza, gloria y esplendor esperados por el pueblo de Israel, que sería el camino humanamente más apetecible, Dios le pide a Jesús que viva su misión a la manera del Siervo de Yahvé. Las tres tentaciones que el evangelista Lucas relata en este fragmento evangélico, son expresión de esa tentación fundamental: ¿debe fiarse Jesús de esa propuesta de Dios Padre o debe seguir su propio camino?

Esa tentación fundamental que vivió Jesús, se presenta constantemente en nuestra vida; ¿a quién debo escuchar más, a mí mismo o a Dios? La cuaresma se abre ante nosotros como ese tiempo en que debo tener la valentía de vivir cuarenta días escuchando más a Dios que a mí mismo. Es el tiempo de probar a vivir de manera diferente, no guiado por los deseos de satisfacer mis instintos, de ser aplaudido por las gentes o de manifestar mi «grandeza». Es el momento de vivir según Dios.

Victoriano Montoya Villegas

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En el fragmento evangélico del domingo pasado, Jesús nos invitaba a cambiar nuestra actitud vital; debemos vivir la vida sin que se nos escape de entre las manos mientras buscamos la manera de tener más cosas. Hoy, Jesús da un paso más y nos llama a revisar nuestra actitud respecto a la relación con los demás. Así, se completa la enseñanza de Cristo sobre la manera nueva de entender la vida.

Generalmente, incluso de manera inconsciente, entendemos nuestra relación con los demás como si fuese una relación comercial. Sí, parece una afirmación demasiado desencarnada, pero si somos sinceros con nosotros mismos, podremos darnos cuenta que dividimos a las personas en tres categorías: las personas que «amo» son aquellas de las que he recibido cosas positivas, por eso, yo les doy cosas positivas. Las que «odio» son aquellas personas de las que no he recibido lo que esperaba o creo merecer, por tanto, les pago con la misma moneda. Las «indiferentes», la gran mayoría, son aquellas con las que no mantengo trato, por tanto, no he recibido nada y no les doy nada. Como se puede ver, entendemos la relación con los demás como un trato: doy para que me den y solo doy a los que me dan.

La propuesta de Jesús consiste en romper esta dinámica. En primer lugar, según Jesús, no pueden existir personas del grupo «indiferente». Para los discípulos de Cristo, cada ser humano es importante porque, igual que yo, es hijo de Dios. En segundo lugar, la relación con los demás no puede medirse en clave mercantil, porque lo específico del cristiano es estar un paso por delante, esto es, amar, dar, ofrecer… sin desear ni esperar nada a cambio. Dándonos más de lo que podamos recibir. Hasta aquí, puede parecernos que, aunque exigente, la propuesta de Jesús es asumible. Sin embargo, el problema realmente serio se plantea cuando llegamos al grupo de las personas a las que «odio». Jesús no se conforma con que amemos a los que nos aman o a los que nos son indiferentes, sino que hemos de amar, de la misma manera, a aquellos cuya presencia es causa de dolor y malestar en mi vida. Pero este es el cambio fundamental que Jesús pide. Ser cristiano exige comprender la relación con los demás no solo desde la gratuidad, sino estando dispuesto a que me «quiten» lo que considero esencial para mi vida. Jesús nos pide que vayamos más allá del amor en forma humana, nos invita a amar en la forma divina; perdonando. Esta es la manera en que Jesús nos pide que recorramos la vida. Así, viviremos a su manera.

Victoriano Montoya Villegas

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