Todos los niños son muy “preguntones”. Empiezan con 6 o 7 años a preguntar y ese interrogante se torna grito en la adolescencia. Yo lo fui (y mucho), pero con la suerte de tener a un sacerdote sabio cerca. Era Manolo Menchón, el sacerdote más íntegro, inteligente y profundo que yo he conocido. En muchas ocasiones me iba a su casa para acribillarle con una cascada de preguntas: ¿Por qué Dios permite el mal?¿Por qué la Iglesia no vende sus posesiones?... Manolo, con extrema paciencia, iba respondiéndome a todas y cada una de ellas. En una ocasión le dije que tenía muchas dudas y su respuesta me dejó atónito: “A veces, yo también las tengo”. Mi sorpresa brotaba de mi ingenuidad: “no era posible que el hombre más sabio que conozco, también dude”. Se me cayó un mito (el del niño que quiere ser rescatado por Superman) y empezó una renovada admiración por aquel sacerdote que, fruto de su sabiduría, también se atrevía a dudar.

Todos dudamos. Y no me estoy refiriendo solamente a dudas de fe. Nos cuestionamos por qué nos casamos con aquella persona, o si acerté en mi decisión profesional. Hay días en los que parece que uno erró en todas sus decisiones vitales. A mí también me pasa: dudo de la institución eclesial, de algunas personas, de mi vocación, de cómo estoy planteando mi vida…

Es cierto que, a la par de las dudas, van apareciendo algunas certezas. No me refiero a dogmas ideológicos, sino a aquellas verdades que se van instalando en el corazón, fruto de la experiencia de la vida: el valor de la amistad verdadera, el amor de los tuyos, el Dios que sostiene y arrulla… Aunque no se pudieran probar “científicamente”, aunque viniera el más erudito a desmontármelas, seguiría afirmando que son verdad y alegran mi vida.

El domingo veíamos a Tomás (que es Santo) dudando. Cuando leía el relato, me consolaba saber que los Apóstoles eran de mi misma pasta. Sus dudas me reconciliaban conmigo mismo, me consolaban y me animaban a seguir caminando con paso firme, a pesar de mis preguntas y vacilaciones.

El reto que os planteo hoy es ser capaz de amar nuestras dudas y  sentirlas como el resultado de nuestra fragilidad y de la búsqueda de la honestidad intelectual. A ti, Señor de mis dudas, te pido que aumentes mi fe y me sigas regalando esas certezas que sostienen mi vida.

 

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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Recuerdo la hora de la llamada de Óscar, las 10 de la mañana. –“Ramón, lo de Rafa es inminente. Si quieres venir, ahora es el momento”-. Mi amigo del alma estaba agonizando. Aunque pude ir a visitarlo en la navidad, ahora estaba inconsciente. Llamé al siempre servicial Serafín y me dijo que, si era muy importante para mí, él me acompañaría en coche hacia Madrid. Sin maleta me puse a conducir y llegamos sobre las 7 de la tarde. Nerviosos y con lágrimas contenidas, subimos a la habitación del hospital. Cuando entramos, milagrosamente, Rafa se despierta del profundo sueño y empieza a hablarnos como si no pasara nada. -¿Qué hacéis vosotros por aquí?¿qué tal habéis hecho el viaje?”, preguntaba con cariño y plena conciencia. Solo fueron 30 minutos, pero pudimos rezar, despedirnos y hacer balance de su vida. A los pocos minutos, entró en un sueño definitivo hasta su muerte.

Estoy convencido de que habría razones médicas que a mí se me escapan, pero durante esa media hora, Rafa “resucitó” de su sueño. Dice la sabiduría popular que hay una mejoría pre-mortem, pero yo creo que nuestra visita le animó, y como siempre fue tan educado, quiso atender cortésmente a sus invitados.

Y es que hay visitas que resucitan, presencias que animan y dan vida. El amigo que llega en verano, la hija que nos visita por Navidad, la llamada de la compañera de trabajo: ”¡vístete, que salimos a dar una vuelta!”, el sacerdote que visita a la abuela… Es el poder de la amistad, la fuerza del amor, el brío de la fe lo que te hace salir de tu sueño y postración para recobrar vida y rejuvenecer esperanzas. Porque, hay también, aunque no nos demos cuenta, pequeñas resurrecciones. Instantes de lucidez en los que vuelve la alegría profunda después de la tormenta.

Dicen los expertos que hay que distinguir entre revivir y resucitar. Lázaro volvió a la vida gracias a la visita de su amigo Jesús, a su oración y a la fuerza que venía del Padre. Vuelve a la vida que ya tenia, con sus limitaciones. En cambio, Jesús resucita de entre los muertos, vuelve a la vida de otra manera, a la manera de Dios, estrenando la vida con mayúsculas.

En estos días cargados de resurrección os invito a dar gracias por las visitas que nos reviven, por los amores que nos devuelven la vida, por el gozo de la amistad, de la familia y la llamada oportuna. Por esa Presencia con mayúsculas y por habernos enseñado el camino de salida de nuestros sepulcros. Hago mías, en la despedida, las palabras de nuestro poeta José Ángel Valente “¡Tú que puedes, danos nuestra resurrección de cada día!”.

 

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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Lo que os cuento hoy es una experiencia fruto de mi “inexperiencia”.  Sería por estos días, en las aldeas que atendía como diácono hace 18 años. Al finalizar la celebración, el domingo antes de Ramos, se acercaron cuatro mujeres y me dijeron: “el próximo día no tiene usted por que venir. Es costumbre que nos acerquemos a Huércal Overa a la misa y procesión”. Un servidor (con apenas 24 años) y con toda la inocencia del mundo, volvió el domingo de Resurrección. A mi llegada, me esperaban unas 30 personas que, casi antes de bajarme del coche, me espetaron: “¡El domingo pasado nos quedamos esperando!”. Yo me quedé helado y expliqué lo sucedido: un grupo de mujeres me dijeron que “era costumbre…”. Y fue ahí, cuando aprendí unas de esas lecciones que se graban para toda la vida: lo que te dice un grupito de gente no es la realidad, sino su deseo. Los que se erigen como “portavoces” de los demás, en muchas ocasiones, están expresando sus propios intereses.

Una de las principales leyes sociológicas es NO CONFUNDIR EL ENTORNO CON LA SOCIEDAD. Un error frecuente consiste en creer que lo que nuestro entorno opina, es la opinión mayoritaria de una sociedad mucho más plural y diversa de lo que nosotros pensamos. Y aquí distingo dos actitudes. Por una parte, la aviesa intención de los que intentan presentar lo que ellos quieren, con “lo que la mayoría quiere”. Sin duda, aun inconscientemente, su propósito es manipular la situación. Por otra parte, la ofuscación de creer que lo que me están diciendo un grupo de “influencers” (muy de moda en las redes sociales) es una medida fidedigna de lo que la sociedad piensa.

Tengo la impresión que esto es lo que les ha pasado a los promotores de la supresión de la Misa de la 2. Un grupito de “modernos” y “descreídos” pensaba que la mayoría de la sociedad ya se había liberado de la “esclavitud” de lo religioso. La sorpresa les llegó cuando 1.300.000 personas conectaron su televisor a las 10:30h para ver El día del Señor.

Pero esto es una lección para todos. Para ellos y para nosotros. Para una sociedad que, por bandos, cree poseer la razón, creyendo que su entorno y sus ideas son las que imperan en el conjunto de la sociedad. La mirada de la fe es una mirada abierta y tolerante, que pretende ponerse en el lugar de los otros y no quiere hacer dogmatismos interesados. Líbrame, Señor, de la tentación de imponer mis ideas, de confundir mis deseos y  opiniones con la realidad.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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Sucedió en una noche de invierno. Después de un tiempo razonable de televisión y brasero (el mejor invento del mundo), me fui a la cama. No recuerdo qué hora sería cuando me desperté bruscamente. Había humo en la habitación. En seguida pensé que me había dejado el brasero encendido y se estaban quemando las faldillas. Con miedo fui al pasillo y el humo seguía. Me detuve con más tranquilidad y en seguida me di cuenta… ¡era un sueño! Os prometo que si me hubieran hecho pasar un “test de la verdad”, lo hubiera pasado sin temblar. Aquel humo era verdadero y mis sentimientos de pánico tan auténticos como el calor de aquel brasero.

Me consuela saber que también le pasó al insigne filósofo René Descartes. Así lo relata en sus Meditaciones metafísicas: “en sueños, alguna vez, he imaginado situaciones que parecen tan reales como la realidad misma sin que hubiera indicio alguno para discernir entre el sueño y la vigilia”. Y esto, le lleva a pensar, como a mí ahora, que “hace mucho tiempo me he dado cuenta de que, desde mi niñez, he admitido como verdaderas una serie de opiniones falsas, y que todo lo que después he ido edificando sobre tan endebles principios no puede ser, sino muy dudoso e incierto”.

Lo peor del caso no es tener una alucinación, sino estar convencido de que es verdadera. Y es que, a veces, vemos humo. El humo del que cree sentirse perseguido o ignorado. El humo de pensar que no valemos para nada o que somos los mejores en todo. El humo de creer saberlo todo o de que no gustamos a nadie. El humo de suponer que sabemos lo que Dios quiere o de no reconocerle en tantos gestos y rostros de nuestro alrededor. El humo de nuestras ofuscaciones, rabietas, tristezas, euforias, iras… en definitiva, de todo aquello que, convencidos de estar en lo cierto, no resiste un asalto cuando estamos serenos y despiertos.

El domingo pasado contemplábamos la ceguera del Ciego de nacimiento. Y me emocionaba escucharle: “Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos. Entonces me lavé y EMPECÉ A VER” (Jn 9, 11). Este ciego reconocía humildemente su ceguera y valoraba al que le abrió los ojos.

Hoy el reto que os propongo tiene que ver con el valor de reconocer nuestras cegueras. Todas aquellas cosas de las que estamos convencidos y que, en ocasiones, nos hacen daño a nosotros mismos y a los demás. Y en ese ejercicio de humildad, reconocer al que puede sanarnos de esa cerrazón del que cree tener la única y verdadera versión de todas las cosas. Porque, a veces, Señor, veo humo y solo Tú y la gente que me quiere me pueden rescatar de ese error.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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Sabéis aquella señora que regresa inesperadamente su marido de viaje y le apetece una tortilla para cenar. Necesita pedirle un huevo a su vecina de arriba. Subiendo los escalones empieza a pensar: “dirá ¡qué horas son estas!”; yo le contestaré “tantas veces me lo has pedido tú”; ella me dirá “pero yo nunca lo hago a estas horas…”. Al final, después de mucho discurrir, cuando llega a la puerta de la casa, toca y le dice: “!te metes el huevo donde te quepa!”. Como nosotros, en muchas ocasiones, aquella mujer estaba montándose ella sola la película. No había ninguna razón. Había creado un enemigo imaginario.

Y es que, aunque suene extraño, a veces, nos peleamos con gente sin que ellos se enteren. Y, curiosamente, también los perdonamos y nos reconciliamos sin que ellos lo sepan. Es todo fruto de una imaginación, que maneja todo como quiere. Son conflictos imaginarios, derivados de malos entendidos, interpretaciones o percepciones erróneas. En el fondo, si se preguntara en serio a las dos partes, ninguno está realmente enfadado con el otro y no saben decir cuál es la razón objetiva de ese supuesto enfado.

El otro día tuve que mediar en un conflicto entre un grupo y me sorprendía que, cuando hablaba con las dos partes, ambas me decían: “parece que ellos están enfadados” y los otros, “algo les pasa, pero no sabemos qué”… Todo fruto de una ensoñación, sin causa objetiva, que hace más daño que el enemigo en sí. Y no estoy hablando de los conflictos de verdad. Es muy humano no entenderse. Me estoy refiriendo a esa gran mayoría de situaciones que, cuando se profundiza en ellas, te das cuenta de que, como la señora del huevo, había sido fruto de nuestra disparatada imaginación.

“Bienaventurados los mansos”, va en serio. Los creyentes queremos ser gente de paz, viviendo en armonía y concordia. El Maestro nos invita a no convertir los agravios en muros definitivos. A no atascarnos en veredictos de culpabilidad y a dar siempre una nueva oportunidad al lenguaje del perdón y a la misericordia. Pero, si encima de ello, todo ha sido fruto de malas interpretaciones o palabras no dichas, creo que estamos gastando unas energías preciosas que necesitamos para ser felices y hacer este mundo más agradable.

Aprovecho mis últimas líneas para pedirte perdón. A ti, mi enemigo imaginario, que no tienes ni idea de la ganas que tengo de decirte cuánto siento aquello que ni te imaginas me hiciste.

Ramón Bogas Crespo

Director de la Oficina de comunicación del obispado de Almería

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