¡Ojo al dato! (que diría el insigne periodista, José María García). Los psicofármacos están entre los fármacos más consumidos por la población de nuestro país. Y no tiene que decírnoslo la Agencia Española del Medicamento. En cualquier conversación de amigos de más de 40 años, si hay una cierta confianza, te das cuenta de que casi todos toman algún ansiolítico, hipnótico o antidepresivo. Parafraseando a la mítica película de Almodovar, los españoles del siglo XXI estamos “al borde de un ataque de nervios”.

Aunque me guste tratar los temas serios con un toque de humor, cuidado que la cosa es muy seria. Y si no que se lo digan a los que pasan las noches en vela, los que solo ven nubarrones en su vida o los que creen que les está dando un ataque al corazón, y es simplemente, un brote de ansiedad. Las urgencias de los hospitales están muy acostumbradas a atender a personas que realmente piensan que están sufriendo algo muy grave, y que se resuelve simplemente con una pastilla relajante.

 ¿Qué nos pasa? La respuesta, sin duda, es compleja. Algunos expertos apuntan a la insatisfacción de una sociedad “satisfecha”. Es decir, cubiertas las necesidades materiales básicas, el ciudadano ocioso comienza a sentir nuevos vacíos. Es cierto que siempre han existido las enfermedades mentales (de hecho, nadie duda de una cierta predisposición genética), pero es alarmante el crecimiento de casos y el consumo de medicamentos para su tratamiento.

Desde la espiritualidad, se apuntan algunas causas más profundas. Miedos pasados y presentes, palabras no dichas, entregas sin justos reconocimientos, ausencias dolorosas, falta de sentido y propósito… Son muchas las claves para entender algo que, a veces, no sabemos por qué ha llegado a nuestra vida. Pero el hecho es que pareciera que tuviéramos un agujero dentro, un boquete en el alma por el que se nos escapa lo bueno, lo bello y no nos deja estar contentos con nada.

Solo una cosa os pido: aprendamos a ser empáticos, pacientes y comprensivos con el que está en esa situación. Cuando uno está “sano”, es fácil menospreciar o minimizar al que se siente en un agujero o cree que se va a marear en cualquier sitio. A pesar de que estos síntomas están solo en la mente, el sufrimiento es grande. El “tratamiento” requiere mucho amor y escucha atenta (además de ayuda médica y psicológica).

Hoy, Señor, te canto un bolero: “Ansiedad, de tenerte en mis brazos…”. Porque, quizás, no hemos entendido que lo que necesitamos es un abrazo tuyo. Que eres Tú el que nos cura, el que calma nuestras zozobras. A lo mejor, tu iglesia no ha comprendido del todo que lo que necesitan los cristianos de hoy es consuelo y abrazo.  Acércate, Señor, consuélanos y danos esa dosis de fuerza y esperanza para dormir cada noche como niños, abrazados a Ti.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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“No sé si decírselo o pasar de todo”. Mil veces me hago esta pregunta en mi interior. En principio, soy de pasar. ¿Para qué meterme en ese lio? ¡Paz y amor, y que cada uno haga lo que quiera! Todos somos ya “grandecicos” para hacernos responsables de nuestras vidas. Además, mi experiencia me dice que, cuando me he metido en camisas de once varas, al final he salido escaldado. Desde luego, resulta difícil “decirnos las cosas”, incluso si es por su bien. Buen rollo, una cervecita, y mirar para otro sitio.

“Total qué más da” es un poco la conclusión que sacamos cuando vamos pintando canas. Pero, con el Evangelio en la mano, la cosa se pone más complicada. Son muchos los textos que nos llaman a la corrección fraterna: “Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos…” (Mt 18,5). Según parece, estamos llamados a corregirnos unos a otros porque, en parte, va nuestra propia salvación en ello. Es decir, que no nos salvamos solos. De alguna manera, somos responsables del bienestar de los demás. En la medida en la que esté en nuestra mano, tenemos que responder a esa llamada evangélica de preocuparnos por los demás.

Ahora, la pregunta del millón: ¿Cómo se hace? Os lanzo algunas pistas por si ayudan. En primer lugar: seamos conscientes de que las correcciones a nadie le caen bien, pero hacen mucho bien. Ya lo dice la Carta a los Hebreos: "Ninguna corrección nos alegra en el momento, más bien nos duele, pero con el tiempo, si nos dejamos instruir, nos traerá frutos de paz y santidad” (Hebreos 12, 11). En segundo lugar: hacerlo con amor. La verdad dicha sin amor es una canallada. Si amas a quien corriges, nunca dirás palabras duras o hirientes.

En tercer lugar: corregir las conductas erradas, no hacerle el juicio de Nuremberg. Es decir, si llega tarde algunas veces, díselo. No le espetes: “Eres un irresponsable, contigo no se puede contar para nada…”. Eso no ayuda, solo hunde al interpelado. Por último, prepárate para asumir las consecuencias. A veces, aunque lo hagamos con todo el amor del mundo, puede ocurrir que la otra persona se moleste. También el amor tiene un precio, y puede que ser valientes y responsables tenga sus consecuencias.

Hoy lo que me pides me cuesta, Señor. Me gustaría permanecer en la comodidad del que “no se mete en líos”, pero nos llamas a ser corresponsables de las personas con las que vivimos y amamos. Que sea capaz de encajar bien las criticas fraternas (por eso de predicar con el ejemplo). Además, te pido que me ilumines y me des palabras y gestos oportunos para que esa corrección entre hermanos sea un instrumento que ayude a crecer a las personas y hacer que este mundo huela más al proyecto que tienes para la humanidad. Así, sinceros, fraternos, en comunidad, y sintiéndonos responsables de todos, especialmente, de los débiles, preferidos de Dios.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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Llegó el verano y con él, la oportunidad de viajar. Destinos exóticos o visita al pueblo de tus padres. Días en la casa de la playa o crucero con los amigos de siempre. Sea como fuere, todo viaje (también el de la vida) requiere unas “actitudes” para disfrutarlo. Siempre me hizo gracia el clásico “viajero gruñón”, que cuando regresa de sus vacaciones, solo cuenta lo caro que era el chiringuito, el calor que hacía o el retraso del avión. A veces, me pregunto si estuvo en el mismo sitio que a mí me maravilló. Hoy os propongo, amigos, una pequeña guía para gozar de esa salida veraniega, y “de camino”, para este apasionante viaje que es vivir en comunidad.

Viajar no es hacer fotos, sino VIVIR EXPERIENCIAS. Los recuerdos que deben quedar de tu viaje no son las miles de fotos que hiciste (y no volverás a ver hasta que las borres para liberar memoria del teléfono), sino las caras de la gente con la que viajaste o te encontraste. Lo que has aprendido de ellos, los momentos compartidos, y como todo ello te ayudó a cambiar en algo. Y ese conocimiento no lo encontrarás en ninguna guía, ni en ninguna lista de “imprescindibles” de Tripadvisor. Eso es patrimonio exclusivo de cada viajero.

Cuando uno sale al mundo, aunque sea al más cercano, debe salir con HUMILDAD para aprender del lugar al que llegas y poder conectar con la gente. La soberbia, si la hay, es mejor dejarla en casa. Si te la llevas, te amargará el camino. Si eres de los que crees que tu morcilla es la mejor del mundo, o que nada hay más grande que la plaza de tu pueblo, es mejor que te quedes en casa a disfrutarlo (modo ironía ON).

El viaje conjugado en cristiano implica aceptar el valor de AUSTERIDAD. Se necesita poco para disfrutar mucho. Comprar más cosas o gastarte más no se va a traducir necesariamente en más felicidad. “Cuando perdiz, perdiz. Cuando penitencia, penitencia”, decía Santa Teresa. Es decir, que si un día te das un capricho, disfrútalo. Pero si al día siguiente hay que tomar un bocata de sardinillas de lata, relámete los labios

Viajar implica aprender a CONVIVIR con otras personas a las que no conoces, o recolocar tu modo de estar con la gente de siempre. Amoldarse el uno al otro, saber ceder y saber pedir, confiar y no traicionar la confianza. A veces, la mejor forma de conocer de verdad del otro es midiendo sus reacciones en los viajes. Son esos pequeños detalles lo que delatan el egoísmo o la generosidad.

Y sobre todo PACIENCIA. Porque los tiempos se suceden como tocan, no como tú quieres o necesitas. Mucho menos como esperas. Olvídate de la prisa, no es buena consejera. Párate, mira y escucha. Si surge algún problema, la paciencia será la clave para encontrar las herramientas que ayuden a solucionarlo. Habrá lugares donde los autobuses no salgan en hora. Tendrás que esperar a qué cocinen ese plato que has pedido, o decidir, con toda la serenidad, por dónde seguir cuando sientas que te has perdido y no tengas ni idea de cómo hay que colocar el mapa para recuperar el itinerario correcto.

El último consejo: SÉ AGRADECIDO. Al que charla contigo. Al que te saluda en el camino. Al que comparte tu tiempo. A la tierra que te acoge. A Dios que te ha regalado tanto y a tantos. Señor, un día dijiste a Abraham: “Sal de tu tierra”. Y el pueblo de Israel descubrió, en esa travesía, el sentido de su existencia. Espero que también tú y yo sepamos reconocerte en el viaje que nos aguarda. ¡BUEN VIAJE Y FELIZ VERANO!

Ramón Bogas Crespo

Director de la Oficina de comunicación del obispado de Almería

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“Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”

Albert Eisntein

¡Qué coraje me da! No salgo bien en ninguna foto. Miro y remiro fotos del verano, y me cuesta entresacar alguna en la que me vea favorecido. Quiero pensar (así me lo hacen ver los amigos que me quieren) que no soy tan feo, bajito y gordo como salgo en las fotos y, ni que decir tiene, en las selfies. Creo que todos sabemos que una mala foto no sirve para valorar la belleza de una persona, al igual que una muy buena puede llevarnos a sobrevalorarla (No hay nada más que ver los perfiles en redes sociales de algunos amigos y amigas que conocemos).

Lo mismo sucede con las personas en general. Hay días que tenemos buen tono y otros que damos a los demás nuestra peor versión. Una mala respuesta, un gesto feo, una racha difícil… no deberían servir para juzgar a una persona. Y, sin embargo, lo hacemos con frecuencia.

Lamentablemente, una vez forjado el juicio, imposible revertirlo. Ya lo decía Albert Eisntein: “Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”. Creo que, si miramos atrás, todos tenemos una historia de dolorosas pérdidas por un juicio apresurado de un mal momento. Igual que no nos gusta que nos juzguen por una “mala foto”, tampoco deberíamos hacerlo con los demás.

Una de las historias más hermosas del Antiguo Testamento es la elección de Samuel. De entre otros candidatos mejor “posicionados” (que diríamos en el lenguaje de hoy), Dios elige a Samuel, y ante su sorpresa, le dice: “No te fijes en las apariencias. Porque Dios no ve como los hombres, ve el corazón” (1Sam 16,7).

Y a mí (poco fotogénico) me parece que es la mejor de las noticias. Un Dios que no me juzga por un mal día o por una mala racha, sino que conoce todo el “book” de mi vida y se adentra en el corazón de las personas, valorando toda su trayectoria, también cuando dimos lo mejor de nosotros mismos.

Hoy te pido, Señor, paciencia y perspectiva. Esa capacidad tan tuya para valorar el conjunto, para no quedarte con una mala instantánea. Que sepas regalarme ese don de valorar al cercano y al lejano con tu misma mirada consciente de que, detrás de esa apariencia, hay una persona que ama, confía y merece otra oportunidad. Porque, al fin y al cabo, nuestro peor perfil, a lo mejor es solo el resultado de un mal fotógrafo.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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Al final, tuve que hacerlo. Me compré unas New Balance. Quise resistirme a la presión social, pero hice caso a la sentencia de mi amiga Nina: “Ya no eres nadie en la vida si no tienes unas New Balance”. Y es que todos, inevitablemente, vamos cediendo a las presiones sociales. Orgullosos de nuestra originalidad, solo necesitamos mirar a nuestro alrededor para darnos cuenta de que vemos las mismas series, hacemos Running o Bici, calzamos idénticas zapatillas deportivas o queremos hacer un viaje a Praga.

Sé que estarás pensando que tú no. Que este artículo no es para ti, que tú eres realmente original, pero sigue leyendo a ver si logro convencerte de que la psicología social ha demostrado que el conformismo es más una norma que una excepción. La cosa empieza de pequeños. Es lo que, en sociología, se denomina “proceso de socialización”. Es decir, el mecanismo que tiene la sociedad para ir haciendo que los ciudadanos respeten y se amolden a las normas sociales. Es un proceso sutil, que va minando poco a poco las voluntades, pero cien por cien eficaz. Se premia la obediencia: “Qué chico más majo”, “Qué bien se porta”, y se castiga sutilmente la diferencia: “Es un poco rarita”, “Cuidado con lo que van a decir de ti”…

Además, hay otra clave: sentirse querido y aceptado por el grupo. Tenemos la sensación de que, si hacemos lo que les gusta a los demás, nos van a querer más. Así que somos capaces de hacer lo que se nos demanda para sentir el aplauso social. Insisto en que estos procesos suelen ser “no conscientes”. No es que nos levantemos por la mañana con la intención de obedecer las normas, pero el resultado final es que vamos haciendo lo que se espera de nosotros.

Aunque esta sea la norma, es cierto que existen personas originales. De hecho, todos tenemos una parte inconformista dentro de nosotros mismos. Pero hay que reconocer que esa originalidad, a veces, resulta dolorosa. Muchas personas lo han pasado realmente mal por este inexorable proceso socializador. Se podrían escribir muchos relatos sobre el dolor y el escarnio recibido a quien da la nota discordante. Y si no que se lo digan al Maestro.

El domingo leíamos un sorprendente relato en el que la familia de Jesús quería llevárselo porque decían que “no estaba en sus cabales”. Jesús decía y hacía cosas sorprendentes y originales y, sobre todo, predicaba a un Dios-misericordia que revolucionaba las ideas vigentes de aquella época (y casi de la nuestra). De hecho, esa “locura” le costó la burla, la cárcel y la vida.

Hoy, Señor, te pido que llenes el mundo y tu Iglesia de muchos “originales”.  Ayúdanos a saber reconocer las trampas “igualadoras” de la sociedad y danos fuerzas para apostar por la novedad del Evangelio. Porque si todos nos volvemos sensatos, razonables y prudentes: ¿Quién seguirá soñando que es posible tu Reino?, ¿Quién mantendrá viva tu lógica imposible, tu locura vencedora, tu debilidad fuerte?

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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