Lo que os cuento hoy es una experiencia fruto de mi “inexperiencia”.  Sería por estos días, en las aldeas que atendía como diácono hace 18 años. Al finalizar la celebración, el domingo antes de Ramos, se acercaron cuatro mujeres y me dijeron: “el próximo día no tiene usted por que venir. Es costumbre que nos acerquemos a Huércal Overa a la misa y procesión”. Un servidor (con apenas 24 años) y con toda la inocencia del mundo, volvió el domingo de Resurrección. A mi llegada, me esperaban unas 30 personas que, casi antes de bajarme del coche, me espetaron: “¡El domingo pasado nos quedamos esperando!”. Yo me quedé helado y expliqué lo sucedido: un grupo de mujeres me dijeron que “era costumbre…”. Y fue ahí, cuando aprendí unas de esas lecciones que se graban para toda la vida: lo que te dice un grupito de gente no es la realidad, sino su deseo. Los que se erigen como “portavoces” de los demás, en muchas ocasiones, están expresando sus propios intereses.

Una de las principales leyes sociológicas es NO CONFUNDIR EL ENTORNO CON LA SOCIEDAD. Un error frecuente consiste en creer que lo que nuestro entorno opina, es la opinión mayoritaria de una sociedad mucho más plural y diversa de lo que nosotros pensamos. Y aquí distingo dos actitudes. Por una parte, la aviesa intención de los que intentan presentar lo que ellos quieren, con “lo que la mayoría quiere”. Sin duda, aun inconscientemente, su propósito es manipular la situación. Por otra parte, la ofuscación de creer que lo que me están diciendo un grupo de “influencers” (muy de moda en las redes sociales) es una medida fidedigna de lo que la sociedad piensa.

Tengo la impresión que esto es lo que les ha pasado a los promotores de la supresión de la Misa de la 2. Un grupito de “modernos” y “descreídos” pensaba que la mayoría de la sociedad ya se había liberado de la “esclavitud” de lo religioso. La sorpresa les llegó cuando 1.300.000 personas conectaron su televisor a las 10:30h para ver El día del Señor.

Pero esto es una lección para todos. Para ellos y para nosotros. Para una sociedad que, por bandos, cree poseer la razón, creyendo que su entorno y sus ideas son las que imperan en el conjunto de la sociedad. La mirada de la fe es una mirada abierta y tolerante, que pretende ponerse en el lugar de los otros y no quiere hacer dogmatismos interesados. Líbrame, Señor, de la tentación de imponer mis ideas, de confundir mis deseos y  opiniones con la realidad.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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Sabéis aquella señora que regresa inesperadamente su marido de viaje y le apetece una tortilla para cenar. Necesita pedirle un huevo a su vecina de arriba. Subiendo los escalones empieza a pensar: “dirá ¡qué horas son estas!”; yo le contestaré “tantas veces me lo has pedido tú”; ella me dirá “pero yo nunca lo hago a estas horas…”. Al final, después de mucho discurrir, cuando llega a la puerta de la casa, toca y le dice: “!te metes el huevo donde te quepa!”. Como nosotros, en muchas ocasiones, aquella mujer estaba montándose ella sola la película. No había ninguna razón. Había creado un enemigo imaginario.

Y es que, aunque suene extraño, a veces, nos peleamos con gente sin que ellos se enteren. Y, curiosamente, también los perdonamos y nos reconciliamos sin que ellos lo sepan. Es todo fruto de una imaginación, que maneja todo como quiere. Son conflictos imaginarios, derivados de malos entendidos, interpretaciones o percepciones erróneas. En el fondo, si se preguntara en serio a las dos partes, ninguno está realmente enfadado con el otro y no saben decir cuál es la razón objetiva de ese supuesto enfado.

El otro día tuve que mediar en un conflicto entre un grupo y me sorprendía que, cuando hablaba con las dos partes, ambas me decían: “parece que ellos están enfadados” y los otros, “algo les pasa, pero no sabemos qué”… Todo fruto de una ensoñación, sin causa objetiva, que hace más daño que el enemigo en sí. Y no estoy hablando de los conflictos de verdad. Es muy humano no entenderse. Me estoy refiriendo a esa gran mayoría de situaciones que, cuando se profundiza en ellas, te das cuenta de que, como la señora del huevo, había sido fruto de nuestra disparatada imaginación.

“Bienaventurados los mansos”, va en serio. Los creyentes queremos ser gente de paz, viviendo en armonía y concordia. El Maestro nos invita a no convertir los agravios en muros definitivos. A no atascarnos en veredictos de culpabilidad y a dar siempre una nueva oportunidad al lenguaje del perdón y a la misericordia. Pero, si encima de ello, todo ha sido fruto de malas interpretaciones o palabras no dichas, creo que estamos gastando unas energías preciosas que necesitamos para ser felices y hacer este mundo más agradable.

Aprovecho mis últimas líneas para pedirte perdón. A ti, mi enemigo imaginario, que no tienes ni idea de la ganas que tengo de decirte cuánto siento aquello que ni te imaginas me hiciste.

Ramón Bogas Crespo

Director de la Oficina de comunicación del obispado de Almería

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El otro día, caminaba por la Rambla. Escuchaba la conversación que tenía una pareja de mediana edad. Hablaban largamente, sobre lo que iban a hacer de comer “Prefiero freír la carne y asar después los pimientos…”. Dirán que vaya anécdota que les cuento hoy, pero es que, en ese momento, me di cuenta del tiempo que le dedicamos a pensar en la comida. Hablar sobre recetas, dietas, planes para comer o comidas pasadas, comidas de nuestro último viaje, o lo que nos vamos a comer el domingo que viene en el cortijo. Es cierto que la comida es alegría, salud, comunión y fiesta, pero intento describir una característica de nuestra sociedad, en la que hemos hecho del comer (o adelgazar), el principal tema de nuestra vida. A veces, bromeo con mi amigo Serafín: -“Si una conversación va decayendo, pregunta cómo hacer los pimientos rellenos, y seguro que podemos estar hablando de ello hasta el juicio final”-.

Me encanta comer rico, disfruto de la cocina asiática y moderna, picante o tradicional. Me gusta un buen vino y ni te cuento, compartirlo. Pero, me parece que, dedicar más de la mitad de nuestra vida a hablar de comida, puede ser un síntoma de que estamos haciendo que las “COSAS” tengan un lugar demasiado importante en nuestro corazón. Ser capaces de poner lo material en su justo lugar, nos hace más libres. Mil veces he invitado en mi casa a tantos amigos como estuviéramos y hemos hecho una ensalada de pasta con lo que hubiera. Era lo de menos, lo importante era el gozo de compartir y celebrar.

Es cierto que tenemos que ocuparnos de mil cosas. Hay que hacer comida y cena para niños y mayores, tenemos que comprar y organizarnos bien, pero creo que todo esto se puede hacer desde la certeza de que, si nos preocupamos de lo realmente importante, lo demás se nos regalará por añadidura. Es algo intangible, pero se llama CONFIANZA. Ciertamente, nos agobian cosas secundarias, pero creo que estamos llamados a búsquedas más altas. Que de tanto andar a ras de suelo, podemos perder perspectiva.

Leíamos el domingo unas palabras de Jesús: “No andéis agobiados pensando qué vais a comer…” y me parecía que eran una interpelación a esta sociedad (como siempre, yo incluido) que tiene su centro, su afán, en cosas demasiado pedestres. No estoy diciendo que tengamos que estar todo el día hablando de la “insoportable levedad del ser”, pero creo que podemos compartir temas de más calado, adentrarnos en un buen libro, ver buen cine… en definitiva, auto exigirnos un poco más y cultivar nuestra alma, para que así pueda volar un poco más alto.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

                                                                   

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Hoy comienzo como en las pelis americanas: “buenos días, mi nombre es Ramón Bogas, tengo 44 años y soy ADICTO A LOS CACAHUETES”. Cada uno tiene sus pequeñas (o grandes tentaciones) y la mía son los cacahuetes pelados y fritos. Llega la noche, me siento cansado de todo el día y pienso: “voy a tomarme unos poquitos”. Consciente de lo que engordan, empieza la lucha interior: “¡no deberías! ¿Para qué has estado esta mañana machacándote en el gimnasio?”, “Es sábado, todo el mundo está por ahí de fiesta y tú aquí en casa solito… ¡te los mereces!”. Así pasan los días, dándome permiso o quitándomelo. Haciéndome promesas de que será la última vez, o echándome un “puñaito” más.

Los cacahuetes me recuerdan que soy frágil y débil. Que, a veces, pueden más que yo. Que, a pesar de todos mis pensamientos sesudos, de mi camino de maduración espiritual, algo tan sencillo, que guardo en la despensa, puede conmigo. Tengo tentaciones (también las tuvo Jesús), a veces, caigo en ellas (Él no) pero, soy consciente de que ellas me reconcilian con la humanidad. Me reconozco hombre débil y tentado.  Aunque, a veces, pienso que si el Creador nunca se equivoca, intuyo que estaba en su plan hacerme así.

A pesar de ello, quiero huir de la autocomplacencia. La RAE la define como la “satisfacción por los propios actos o por la propia condición o manera de ser”. Es decir, que quiero cambiar y mejorar. No quiero “darle al cuerpo todo lo que me pide”. En esa lucha hay también mucha sabiduría. Quiero que mi conciencia siga mandándome avisos para controlar instintos Y poner líneas rojas para poder ser, un día, el “señor de mis tentaciones”. Creo que, si nos dejamos llevar completamente por ellas, es el Diablo quien gana la partida.

Y, curiosamente, esas voces llegan en las horas de desierto, con el cansancio. Entretenidos durante el día, caminamos con el frenesí del mundo. El silencio es el tiempo de la verdad, de la confrontación con Dios o su adversario. Es tiempo de autoconocimiento, de realismo y de reconciliación con la fragilidad. El domingo contemplábamos a Jesús tentado en el desierto. Me emocionaba sentirme identificado con un Maestro que también las tuvo. Me admiraba su fuerza interior y su dignidad para vencerlas. Y descubría que, sólo en el desierto y el silencio, uno puede conocerse mejor interiormente.

Acabo el artículo de la semana. Me sorprendo (y sonrío) de la que “he liado” con los dichosos cacahuetes. Lo mismo me premio con un puñadito.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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Una de las tragedias del hombre actual es que siempre está en otro sitio distinto de donde está. Bien sea por la cantidad de cosas que tiene que hacer (lo que le hace pensar en la siguiente cita o en todo lo que le falta por hacer) o porque está conectado a otra realidad a través de su teléfono, ordenador o televisión.  Y esto, no es cosa de chavales, queridos amigos. Somos tú y yo, los incapaces de mantener una conversación, o estar paseando a solas, sin tener nuestra atención en otro sitio. Es lo que la sociología ha venido a llamar “el ETERNO AUSENTE”. Una persona incapaz de estar a solas, o en el lugar donde está presente. No hace falta nada más que mirar la mesa de una pareja, de unos amigos, o una reunión de cualquier índole (insisto, ¡nuestra reunión!) para descubrir que cada uno de los que estamos, tenemos la cabeza en “otro sitio”.

Es sorprendente que hayamos preparado con tanta ilusión una comida familiar, un viaje con la pandilla o una cena con la pareja ,para estar conectados a través del teléfono con otro sitio (aunque sea para contarle a otros, lo bien que lo estamos pasando). Y todo ello, porque el hombre de hoy vive como “expulsado” de sí, confundido por el tumulto exterior y ávido de contar lo que está viviendo. Da la sensación de que no existe experiencia, si no es “experiencia comunicada”.

Blaise Pascual no iba desencaminado cuando decía: “la desgracia de los hombres proviene de no saber mantenerse una hora en su cuarto”. Así es el hombre contemporáneo: incapaz de esa soledad, que suscita preguntas esenciales. Por eso, se aturde con el ruido de la muchedumbre o con las alertas de su whatsup. Se “divierte” para evitar encontrarse con sus dilemas, para afrontar sus propias miserias y, quizás, para no encontrarse con un Dios que interpela y perturba.

No estoy apostando por el aislamiento, sino por una soledad abierta, atenta, apacible, fuente de alegría, aunque, a veces, dolorosa. El silencio es un componente indispensable para la vida espiritual. Es fuente de reflexión y de maduración de las experiencias vividas. Necesitamos el silencio y estar presentes para rumiar y preparar lo que vivimos, lo que vamos a contar y lo que somos y queremos ser.

Me encantan las redes sociales. Gracias a ellas, puedo compartir las ideas contenidas en este artículo. Son fuente de sociabilidad, de intercambio de iniciativas y origen de ideas originales y divertidas. Pero tendremos que combinar, silencio y palabra; sociabilidad y soledad. Termina de leer ahora el artículo, apaga el teléfono, desconecta el ordenador. Es tiempo de estar a solas y presente.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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