Sales un día a la calle, te encuentras a un amigo, y te espeta: -“Anda que me invitaste a tu cumpleaños”, “A ver si me llamas” o “No te acordaste de mí para ir al viaje”. Se te queda esa cara de: “Dios mío, que la tierra me trague”. Situaciones embarazosas como estas nos han ocurrido mil veces (o a lo mejor, somos nosotros los que las hemos provocado). Y es que, consciente o inconscientemente, hemos demandado una amistad, que nunca se puede forzar, porque el amor exigido no es amor verdadero.

Sin duda, en los temas amorosos, no hay matemáticas. A veces, personas sin “méritos” nos roban el alma y nos hacen gracia, a pesar de no ser graciosos. Otras (y a estas me refiero hoy), gente maja, que tiene todas las papeletas para ser objeto de tu amor, pero ese amor no brota nunca. Y es que el amor tiene mucho de misterio, simplemente, SUCEDE. Además tiene una condición sine qua non: el “Sí, quiero” de las dos partes. Ya pudiera alguna de ellas mover montañas, bajar valles o subirte al cielo, cuando no brota de una de las partes, está malogrado. Y ya podemos esforzarnos y empujar, que lo que vas a provocar, quizá sea un mayor rechazo.

El pasado domingo leíamos una parábola extraña. Un rey invita a todos sus siervos a un banquete suculento, casi imposible de rechazar. Pero los invitados ponen excusas: se van a sus tierras, marchan a otros lugares, no visten de fiesta… El rey se enfada al principio, pero sigue buscando a más amigos para la fiesta. Como bien sabéis, el Rey hace referencia a un Dios Padre Bueno que quiere invitar y salvar a todos, pero que necesita la libre aceptación por parte de sus invitados.

Se oye con frecuencia que, con un Dios tan misericordioso, todo el mundo se salvará. Parece casi imposible que alguien rechace una oferta tan suculenta. Pero, como decíamos, el amor no se fuerza y la salvación no se impone. Es necesaria la libre y consciente voluntad del invitado (cada uno de nosotros) para entrar en esa fiesta de vinos suculentos. Aunque no esté de moda el tema, la Iglesia se ha referido al infierno como esa posibilidad real de estar invitado a la fiesta y negarse a entrar. Es el drama de la autoexclusión.

De la parábola, hoy aprendo a intentar tejer unas relaciones personales y amorosas, que partan de la libertad, sin forzar respuestas. Que tenga la humildad de reconocer que, a veces, surgen y crecen, y otras están llamadas a desaparecer. De la forma de amar de Dios quiero imitar su forma de convocar con alegría, de ofrecer mi vida y mi banquete, pero saber aceptar (en ocasiones, con dolor) la libertad del otro, que no quiere participar en mi fiesta. Un amor generoso y gratuito que, aunque espera respuesta, no la fuerza. Porque los amores forzados, amigos, no son realmente amores.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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Muchas veces contemplo esa escena en la que una madre tiene que recriminar a su hijo cuando recibe un regalito o una chuche: -“¿Qué se dice?”- El niño “trinca” su regalo, y con mucho esfuerzo, y casi obligado por la insistencia de la madre, da las gracias con pocas ganas. Los niños, sin filtros socializadores, hacen algo muy humano: aceptar el regalo y olvidar la mano que se lo entrega. A los mayores, de manera más disimulada, nos ocurre lo mismo: convertimos muchos de los dones recibidos en méritos propios.

Los adultos nos convertimos en ese niño ingrato cuando, por una malévola trampa interior, nos creemos merecedores de todo. Y nos volvemos desagradecidos cuando creo que lo “mío es mío”: mi tierra, mi casa, y el pan de cada día. Cuando, en realidad, todo me ha sido entregado… Soy europeo, porque se me dio nacer a este lado de la doble valla de seis metros de altura en la orilla buena del mar. Y, por eso, tengo derecho a viajar libremente por todo el mundo, mis títulos son reconocidos fuera de mi tierra, sé escribir y leer…

Y es que hay dos maneras de ver la vida: como mérito o como don. Cuando vemos la vida como mérito, nuestra actitud es la del que cree que aporta todo lo necesario, que cumple holgadamente con su trabajo, y ha conseguido con su esfuerzo e inteligencia todo lo logrado. La segunda forma de ver la vida es como don. Todo se ve como un regalo gratuito, y entonces, tenemos sentimientos y razones para vivir agradecidos, porque sabemos que se nos da más de lo que merecemos. Todo es gracia y, por ello, debemos a la vida más de lo que ella nos pudiera deber.

Dice el profeta Isaías: “Mi amigo tenía una viña en una fértil colina. La cavó y despedregó, plantó cepas selectas, levantó en medio una torre y excavó un lagar. Esperaba que diera uvas, pero dio agrazones”(Is 5,1-2). Esa viña es nuestra propia historia y, nosotros, en muchas ocasiones, agrazones desagradecidos al propietario de la viña: Dios. Él es quien nos cava, nos planta y nos riega cada día.

Hoy el reto que os propongo es no caer en la trampa de ser desagradecidos, tomando mis regalos como derecho adquirido y mérito propio. Si un día tan solo diera gracias por haber nacido “aquí”, por la familia que me besó, los profesores que me formaron, las personas que me amaron, la Iglesia que me contagió el evangelio… algo cambiaría en mí. Hazme agradecido, Señor. Abre mis ojos para reconocer tanto don recibido.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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La anécdota que os cuento hoy es muy buena. Fui a visitar a un amigo sacerdote, hace unos años, a un pueblecito de Granada. Antes de cenar me dijo: -“Vente conmigo a ver si ponemos entre los dos paz en una hermandad”-. El asunto disputado era el siguiente: Un grupo majo de hombres de campo habían fundado esa hermandad hacía 5 años. Con mucho esfuerzo, compraron una imagen y organizaron la procesión con notable éxito. Ahora quería apuntarse más gente, y los fundadores, indignados, querían cobrarle las cuotas atrasadas desde la fundación. Nosotros intentábamos, con distintos argumentos, persuadirles de las bondades de la acogida de nuevos hermanos, y que sólo deberían pagar la cuota anual.

A la vista de su testarudez, les leí el texto de Mateo del domingo pasado: El propietario de una viña ajusta con sus trabajadores un denario por jornada de trabajo. Llama a los trabajadores a distinta hora del día, y a todos paga por igual, debido a su bondad para con todos. Mi sorpresa fue que cuando acabé de leer el texto, casi agrediéndome, me espetaron: -“¡Y qué tiene que ver eso con lo que estamos hablando aquí!”-. La parábola parecía estar escrita para ellos, pero su ceguera, les impedía ver las similitudes con la situación que se discutía.

A mi me parece que hay dos temas clave en este asunto. El primero de ellos: las odiosas comparaciones. Estamos permanentemente comparándonos entre compañeros de trabajo, entre hermanos, feligreses, sacerdotes… Compararse es un juego en el que, casi siempre, salimos perdiendo (por lo menos desde nuestra mirada subjetiva). En el caso que les cuento, a ellos no les importaba haber pagado desde el principio, pero les fastidiaba cuando se comparaban con los recién llegados. Dicen los psicólogos que compararse es una artimaña del EGO. Por eso, una sana espiritualidad debería ayudar a reconocer tus dones más profundos, sin absurdas comparaciones.

El otro tema candente es el de las recompensas. Todo nos parece poco. Somos como unos niños insatisfechos, demandantes de más premios y mimos. Las recompensas son necesarias (y producen mucho “gustito”), pero estar permanentemente disconformes con lo que nos dan, o buscando más aplausos es un camino que solo conduce a la insatisfacción permanente. En el caso de la hermandad, el mejor premio para ellos debería ser sentirse miembros fundadores y haber participado, desde el principio, de una iniciativa apasionante.

Os propongo algunas tareas. La primera pasa por aprender a no comparar desde la convicción de que Dios admira la dignidad de cada persona, de que nos ha hecho únicos y maravillosos, regalándonos un don que debemos cultivar para hacer más hermoso este mundo. La segunda, exigir la recompensa debida y justa, pero aprender a saber valorar otras satisfacciones que nos regala la vida, muchas veces invisibles, que son las mejores pagas posibles.

 

Ramón Bogas Crespo

Director de la Oficina de comunicación del obispado de Almería

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Me contaba un amigo jesuita que, viajando en coche por una larga carretera de Paraguay, tuvieron la impresión de estar perdidos. Cuando, finalmente, encontraron una gasolinera, pararon a preguntar: “-¿Vamos bien para nuestro destino?-”, y el paisano contestó: “-Si, pero ahora deben manejar en el sentido contrario unos 20 kilómetros, y coger la otra carretera-“. Dicen los que han vivido allí que, a los latinoamericanos no les gusta pronunciar el NO, porque suena demasiado rotundo y descortés. Aunque, mucho me temo que, en todos sitios, se necesita una guía para entender lo que significan las palabras del otro.

Yo debo ser muy torpe (o varón), pero no entiendo cuando le digo a una colaboradora: “¿Qué te parece si te cambiamos a esta otra tarea?”. O a una amiga: “¿Quieres que te compre algo para tu cumpleaños?”. Si responden: “no me importa” o “no te preocupes, no necesito nada”, pienso que las palabras significan lo que, en su literalidad, significan. Cuando pasan los días, me entero que se enfadó mucho con aquel cambio (y me estuvo poniendo verde), o se molestó la amiga porque tenía que haber tenido un detalle con ella sin preguntar.

Soy un amante de la literatura y de la lengua española. Me gustan las ironías, la gracia de los dobles sentidos, el juego de palabras… pero me parece que, en las cosas importantes de la vida, las palabras deben significar lo que realmente expresan. Palabras importantes como: AMOR, SERVICIO, AMISTAD, FE… deben ser pronunciadas con veracidad y sin juegos. En los asuntos serios, la coherencia entre lo expresado y lo vivido es vital. Ejemplo de ello, lo encontramos los cristianos en Jesús, que murió en la cruz por su total correspondencia entre palabras y hechos.

Dice el evangelio de Mateo “Que vuestra palabra sea si, si; no, no” (Mt 5,37). Toda una invitación a no andar con rodeos, medias tintas o indirectas. Una invitación a que lo que deseamos o sentimos sea expresado con nuestras palabras de una manera clara. Así daremos valor a la palabra pronunciada. En 18 años de sacerdote, he intentado, en mi predicación, no contar NADA que no creyera, o que no intentara vivir a pesar de mi debilidad. Porque, con las cosas de Dios no se juega.

Creo que ganaríamos mucho tiempo (y energías) si aprendiéramos el elemental ajuste entre lo que decimos y queremos decir. La tarea que os propongo hoy es ser meridianamente claros en las cosas importantes. Para que el otro comprenda el verdadero sentido de lo que queremos expresar, sin dejar en el aire peligrosas interpretaciones. Dejemos los chistes y las ironías para cuando nos tomemos un vino con los amigos, pero en las cosas serias de la vida, no hay nada más bonito como la verdad de lo expresado, la coherencia de las palabras y la fidelidad a la palabra dada.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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Sucedía en este verano que ya acaba. Hacíamos una larga cola para embarcar en un aeropuerto europeo. Una pareja española estaba delante de nosotros. En ocasiones, hacían fotos o se distraían. La cola seguía y ellos se recolocaban en su sitio (delante de nosotros). Cuando tocó el turno para entregar las tarjetas, abrieron dos líneas y nos indicaron, en inglés, que pasáramos por ambas. Ellos estaban a punto de entregarlas, y mi compañero y un servidor, nos dirigimos hacia la nueva. En esto, escucho unos gritos: “¡Al final, os habéis colado!¡ya os vimos la intención y lo habéis conseguido!”. Yo me quedé realmente estupefacto. Prometo solemnemente que hacer trampas era lo más lejos de nuestra intención (además hubiéramos ganado 1 minuto). El resultado: nos habíamos convertido en los malos de su viaje.

Dice la sociología que existe un mecanismo social por el que vamos forjando nuestra percepción de la realidad a través de una dinámica que separa a los míos de los otros, a los buenos de los malos. Y esta dinámica también funciona a nivel personal. Vamos construyendo villanos en nuestros cuentos sin que el interesado, en ocasiones, tenga la más remota idea. A su vez, nosotros “somos” el malo de la película de alguien.

Y ser consciente de esto es importante porque nos hará más benignos con el juicio y la opinión del otro. En esta red de relaciones que tejemos durante la vida, existen miles de desencuentros, a veces, malintencionados y otros (estoy convencido que la mayoría) se producen por un terrible azar. En el caso que les contaba al comienzo, entiendo que vendrían cansados del viaje, la cola era demasiado larga, o llegó la fatal coincidencia de abrir la nueva fila.

Contaba Jesús en el evangelio del domingo una historia con mucha “chispa”. Un hombre debía mucho dinero a un Rey y le pidió, por favor, que fuera paciente y se lo pagaría todo. Cuando se marchó, éste, a su vez, se encontró a uno que le debía poco, y fue muy duro e intransigente con él. Cuando el Rey se enteró de lo ocurrido le dijo: “Siervo malvado. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”. Y, de pronto, me acordé de lo sucedido en el aeropuerto. Sinceramente, me hubiera gustado que aquella pareja no hubiera pensado que queríamos colarnos, o que hubieran sido más amables a la hora de corregirnos. Pues, ahora, también me toca a mí hacer lo mismo con los que yo considero los “malos” de mi película.

Este es el estilo de Jesús. Él mira con cariño cuando se encuentra con alguien, antes incluso de conocer su historia. La tarea que os propongo hoy es doble. La primera: tomar conciencia de que también nosotros hemos hecho daño a los que viven a nuestro alrededor (a sabiendas o sin querer) y, desde ahí, ser más benevolentes, serenos y prudentes cuando juzguemos a los que nos han herido. Porque, ni los villanos de nuestra película eran tan malvados ni yo tan ángel como me creía.

Ramón Bogas Crespo

Director de la Oficina de comunicación del obispado de Almería

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