Si entendemos por «inculturación» la encarnación del Evangelio en la cultura, es decir, el proceso de armonización del cristianismo con las culturas autóctonas de los pueblos; o dicho de otro modo, el procedimiento por el cual la vida y el mensaje cristianos se insertan en una cultura particular, se encarna por así decirlo en una comunidad cultural, en una sociedad determinada, de tal modo que puedan producir nuevas formas inéditas de pensamiento, de acción y de celebración. No obstante, no puede haber una auténtica inculturación de la fe si no reconocemos y aceptamos críticamente nuestro pasado cultural cristiano. Pasado que nos ha legado un conjunto de instituciones, tradiciones, costumbres y obras artísticas sin las cuales no seríamos hoy lo que somos, es decir, no tendríamos una identidad propia y específica.

Una mirada atenta a todo nuestro patrimonio cultural nos revela el enorme vigor y la influencia creativa de la fe cristiana en todos los ámbitos de la vida. Así, desde las catedrales hasta los pequeños templos, desde las costumbres hasta la cocina, desde las tradiciones hasta las formas de pensar y de sentir, todo ha sido «sazonado e iluminado» por el cristianismo. No ser consciente de ello, o no darle la debida importancia, nos convierte en miopes de la historia, en cómplices del totalitarismo de la postmodernidad, para la que todo cuanto existía antes de ella es completamente criticado o eliminado, y, lo que es más grave, en enemigos de la encarnación de Cristo en la historia real de los hombres de cada generación.

En resumidas cuentas, la actitud ante nuestro patrimonio nos exige, no sólo su conservación, sino también, el desarrollo de todas sus potencialidades. Es más, bajo esta perspectiva de una fe inculturada, debemos tener en cuenta que nada que sea objeto de conexión entre la vida y la fe debe ser desaprovechado o invalidado.

Pero, ¡ojo! Si sólo nos dedicásemos a conservar y potenciar los elementos tradicionales, entonces no sólo nos imposibilitaríamos para un diálogo fecundo con la cultura dominante de nuestra sociedad, sino que además reduciríamos la fe cristiana a una experiencia particular y aislada sin capacidad alguna para ser «sal y luz», verdadero fermento, en nuestra situación actual. Este es el reto permanente del proceso de inculturación que tiene la Iglesia de Cristo, en cada tiempo y lugar, que la fundamentación de la relación «cristianismo y cultura» lleve siempre a la incidencia de «la fe en la vida», es decir, que nos lleve siempre a ser «sal y luz».

Jesús García Aiz

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Es tradición en la Iglesia diocesana celebrar cada año, en torno al día de san José, bajo cuyo patrocinio se encuentra el Seminario, la campaña Pro-Seminario. Y se celebra esta campaña para dar a conocer el Seminario y para que aumente nuestro cariño hacia esta institución de la Iglesia. Dicha campaña pretende ser una llamada a crear conciencia, en cada diócesis, sobre la necesidad de suscitar, animar y acompañar nuevas vocaciones, presentando la vocación sacerdotal como uno de los modos específicos de seguimiento y entrega a Jesús, al tiempo que sensibilizar sobre la tarea y el servicio del sacerdote a la comunidad cristiana.

El Seminario es la casa donde se forman aquellos jóvenes que han recibido la llamada de Jesús para servirle como sacerdotes, sacerdotes para servir que anuncian la Palabra, celebran la Eucaristía y presiden en la Caridad. Estos jóvenes nos quieren mostrar cómo la vocación es una llamada gratuita que Dios puede estar haciendo a muchos jóvenes en este momento (¡y no le escuchan!) y nos piden que les apoyemos con nuestra oración y ayuda económica.

Con todo, el Seminario viene a ser el corazón de la diócesis. Pero veamos cómo es este corazón. Aunque siempre hay un edificio, más o menos grande, el Seminario no es tanto la casa, cuanto la comunidad educativa que vive en ella. Como dice la Exhortación Apostólica Pastores dabo vobis del Papa Juan Pablo II: «El Seminario es un tiempo y un espacio geográfico, pero es, sobre todo, una comunidad educativa en camino: la comunidad promovida por el Obispo para ofrecer a quien es llamado por el Señor para el servicio apostólico, la posibilidad de revivir la experiencia formativa que el Señor dedicó a los Doce. [...] La identidad profunda del Seminario es ser, a su manera, una continuación en la Iglesia de la íntima comunidad apostólica formada en torno a Jesús, en la escucha de su Palabra, en camino hacia la experiencia de la Pascua, a la espera del don del Espíritu para la misión» (PdV 60). Por tanto, quien realmente anima ese corazón es Jesús mismo.

En efecto, el Seminario es una comunidad humana llamada a vivir un estilo de familia; una comunidad eclesial, que aspira a encarnar los rasgos de la primitiva comunidad cristiana; una comunidad diocesana, por su especial comunión con el Obispo, el presbiterio y el resto de la diócesis; y una comunidad educativa, que tiene por fin específico la preparación para la recepción del sacramento del Orden.

Con toda convicción hay que afirmar que la pastoral vocacional constituye el ministerio pastoral más difícil y más delicado. Y aun a pesar de la sequía vocacional que padecemos, la esperanza es el hálito absolutamente necesario para la misión de la Iglesia y, en especial, para la pastoral vocacional. Ésta es la realidad dinámica, palpitante y viva del corazón de cada diócesis, aquel lugar donde cada joven (y a veces no tan joven) discierne sobre su vocación sacerdotal y se prepara para ello, aquel lugar donde se cultiva el don de la llamada.

Jesús García Aiz

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Al clausurar este pasado domingo la cumbre de tres días contra los abusos, en la que el Papa reunió a 190 eclesiásticos de todo el mundo, incluidos los 114 Presidentes de las Conferencias Episcopales, a fin de estudiar y poner en marcha soluciones urgentes a estas heridas sangrantes de la Iglesia, porque se trata de crímenes abominables que hay que extirpar de la faz de la tierra; así, el Papa reafirmó «la exigencia de la unidad de los obispos en la aplicación de parámetros que tengan valor de normas y no solo de orientación».

No obstante, el objetivo ha ido más allá de combatir los escándalos de abusos en la Iglesia. El Papa Francisco ha querido que esta lidere la lucha contra «un fenómeno históricamente difuso en todas las culturas y sociedades» y que «solo de manera relativamente reciente ha sido objeto de estudios sistemáticamente, gracias a un cambio de sensibilidad de la opinión pública sobre un problema que antes se consideraba un tabú, es decir, que todos sabían de su existencia, pero del que nadie hablaba».

Sin embargo, no se trata de echar balones fuera, pues la inhumanidad de estos hechos, a escala mundial, es todavía más grave y escandalosa en la Iglesia, porque contrasta con su autoridad moral y su credibilidad ética. De hecho, durante estos tres días de encuentro, el relato de las víctimas ha tenido un protagonismo central, obligando a la Iglesia a hacer examen de conciencia y a dotarse de mecanismos eficientes tanto para la prevención como para la respuesta que debe darse cuando se produce dentro de la comunidad eclesial una denuncia por abusos, dejando bien claro que la Iglesia nunca intentará encubrir o subestimar ningún caso.

En esta línea, la Iglesia ha lamentado la injustificable falta de atención a las víctimas y el encubrimiento de los culpables por parte de responsables de la Iglesia. De hecho, ante numerosos representantes de asociaciones de víctimas de abusos, el Papa así lo refirió, indicando que «en estos días hemos escuchado a las víctimas, y hemos pedido perdón a Dios y a las personas ofendidas».

Pero reconocido todo esto, en su discurso final ante la cumbre, el papa Francisco resaltó que estamos ante un problema universal y transversal que desgraciadamente se verifica en casi todas partes. Sin embargo, también es de justicia dar a conocer que la gran mayoría de eclesiásticos gastan su vida al servicio de los demás, sufriendo en ocasiones el desprestigio causado por compañeros indignos. Por la traición de algunos al ministerio.

Así pues, hablar sobre las heridas de la Iglesia en esta cumbre que tuvo lugar, ha sido invitar a la Iglesia a hablar sobre sí misma, sobre sus heridas, para poder sanarlas. Pues ha de movernos, en transparencia, la fidelidad y la confianza en Aquel que nos amó y que nos ama, que nos salvó y que nos salva, que nos sanó y que nos sana, porque sus heridas nos han curado.

Jesús García Aiz

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Con la llegada del miércoles de ceniza hemos inaugurado el tiempo litúrgico de Cuaresma; y la ceniza nos recuerda tanto nuestra finitud, como la posibilidad de renacimiento, de renovación de nosotros mismos, de conversión, de morir al hombre viejo para nacer al hombre nuevo. Se trata, en definitiva, de reconocer nuestras miserias, nuestra constante debilidad y fragilidad, nuestros pecados.

Con todo, la ceniza o polvo, es un signo sacramental de penitencia. Asimismo, al igual que, el ayuno, la abstinencia y el dar limosna, el hecho de cubrirse con ceniza, constituye una acción enteramente penitencial. Y este conjunto de acciones o tabla de ejercicios para el alma, se lleva a cabo por y para arrepentimiento, dolor y expiación de los pecados, y para que nos ayude a convertir nuestro corazón, así como también de ofrenda a Dios.

Pero el rito de la ceniza se asemeja al mito del ave fénix, a aquella ave fabulosa similar a un águila y que según los antiguos era única en su especie, que perecía quemándose y renacía de sus propias cenizas. Así, de igual modo, tomando conciencia de nuestro pecado y movidos por el amor misericordioso de Dios, el proceso de conversión nos lleva a purificar nuestros pensamientos, palabras, obras y omisiones.

Por ello, siempre ante el pecado, en nuestra mano está alzarnos de nuevo, recobrar la vida una vez más a partir de nuestras cenizas en un triunfo sin igual o por el contrario, limitarnos a vegetar, a derrumbarnos… Esta capacidad admirable por renovarnos, por recobrar el aliento, las ganas y la fortaleza a partir de nuestras miserias y cristales rotos pasa primero por “morir a nosotros mismos”. Cuando reconocemos nuestro pecado todos “morimos un poco”, todos dejamos ir una parte de nosotros mismos que ya no volverá, que ya nunca será igual.

De hecho, se nos puede aplicar cierta analogía con el ave Fénix porque también esta criatura fantástica muere. En efecto, también el ave propicia las condiciones necesarias para fallecer porque sabe que de sus propios restos emergerá una versión de sí misma mucho más poderosa. Todo esto ayudará en su ascenso, pero no sin antes ser consciente de un aspecto: que habrá un final, que una parte de nosotros mismos se irá también, se convertirá en cenizas, en los restos de un pasado que esperamos nunca más vuelva.

No obstante, esas cenizas (experiencia del pecado) no se las llevará el viento, al contrario, constituirán parte de nosotros mismos para dar forma a un ser que renace del fuego mucho más fuerte, más grande, más sabio, más santo… Y todo esto gracias a Aquel que constantemente mueve nuestros corazones a la conversión y que, tras este acto purificador, nos permite seguir adelante con el rostro bien alto y las alas bien abiertas. Por ello, al igual que ocurre con el ave Fénix, la conversión implica en nosotros un renacimiento, es decir, la capacidad de volver a la vida divina resurgiendo de nuestro polvo y ceniza.

Jesús García Aiz

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El pasado viernes 15 de febrero, pasadas las 15:00 horas, la Inspectoría Salesiana de África Occidental Francófona informaba que había fallecido, asesinado, el misionero salesiano Antonio César Fernández, durante un ataque yihadista perpetrado a cuarenta kilómetros de la frontera sur de Burkina Faso. La muerte del misionero no fue fortuita, sino que fue ejecutado a quemarropa por el hecho de ser misionero, por lo que entonces, su muerte entraría en el terreno del martirio. Y el martirio no es un don que se busca. Es algo a lo que se llega a partir de la fe y el testimonio. Todos los mártires han llevado con fidelidad una lógica de fe, vida y alegría, viviendo en compromiso con los débiles y necesitados. Han amado y han servido hasta el extremo emulando a Cristo. Esta es la definitiva muestra de fidelidad de aquellos que han amado a Dios y a los hombres hasta dar su vida: renunciar a sí mismos para entregarse a la causa del Evangelio, a la causa del Reino, a la causa de Dios.

En plena persecución cristiana del Imperio Romano, el escritor eclesiástico Tertuliano de Cartago escribía en el siglo II: «La sangre [de los mártires] es semilla de los cristianos». Esta convicción de fe, desde aquellos primeros mártires cristianos hasta los de hoy, se basa en el mismo fundamento sólido de Cristo que, refiriéndose a su muerte redentora, dijo: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12, 24).

Es más, para comprender mejor que la muerte de los mártires es semilla de cristianos, es bueno recordar que, en la parábola de la semilla, «la semilla es la Palabra de Dios», es decir, no sólo sus palabras reveladas, sino sobre todo la Palabra, con mayúscula, el Hijo que el Padre ha enviado y que el Espíritu Santo hace brotar en el corazón del cristiano, identificándolo con Cristo. Por eso, en su muerte testimonial, el mártir se identifica con Cristo, pero también el Espíritu actúa en los corazones de quienes acogen el testimonio del mártir, que se vuelve así particularmente convincente, significativo y fecundo. Así, el mártir nos ayuda a descubrir el gran valor del testimonio dado a Cristo al donar sin reservas la vida, porque se trata de defender (y no renunciar) las convicciones más íntimas y fundamentales de la persona creyente.

Desde luego, más allá del martirio, este servicio y testimonio de entrega de los misioneros en los lugares más necesitados, debería ser un referente para todos, pues realmente son nuestros más insignes embajadores. No obstante, ciertamente, el martirio es un don que puede ser pedido a algunos en un instante, pero que también se nos pide a todos día tras día, hora tras hora. Así pues, este amar y servir a Dios y a los hermanos, siempre nos debiera llevar a amar y servir hasta el extremo.

Jesús García Aiz

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