Soy un poco envidioso, lo reconozco. Pero no envidio el coche del otro, sus éxitos profesionales… sino algunas pequeñas cosas que a mí me cuestan tanto, y otros hacen sin apenas esfuerzo. Comer sin engordar, saber arreglar una cisterna, o la más importante: ¡dormir a pierna suelta! Qué alegría (y envidia) da ver cómo la gente se duerme en cualquier sitio, tiene que ponerse el despertador a las 10 o no se entera del camión de la basura que irrumpe en la calle antes de las 7 de la mañana. Yo me pongo a dormir, empiezan mis fantasmas a salir, y (casi) siempre, vuela mi imaginación… ¡A LO PEOR!

Cuando, en palabras de Santa Teresa, la “loca de la casa” se pone a maquinar, hemos imaginado media docena de tipos de cáncer, el accidente del ser querido que va a salir al día siguiente de viaje, el qué dirán sobre esto que me está pasando… y así infinidad de ideas que solo tienen un motor: el miedo. Y eso, amigos, no es prudencia, ni sentido común, ni responsabilidad… No busquemos eufemismos. Esto tiene un nombre: miedo irracional. Porque no estamos hablando de ese sano temor que protege y construye.  Nuestros desvelos, en muchas ocasiones, son fruto de un sufrimiento estéril que no aporta nada más que horas de insomnio.

En paz me acuesto y en seguida me duermo/ porque Tú solo, Señor, me haces vivir tranquilo”, dice el Salmo 4 que leíamos el pasado domingo. Y en Misa pensaba: “¡Qué tío, sin Lorazepam ni nada! ¡Qué envidia!”. Me asombraba la paz y la serenidad con la que hablaba el salmista y me preguntaba qué ha pasado en nuestra sociedad para que los fármacos más consumidos sean somníferos y ansiolíticos. Todo un símbolo de una sociedad necesitada de sosiego y del Dios que hace vivir tranquilo.

“No tengáis miedo”, “¿Por qué os alarmáis? “Paz a vosotros” son mensajes que una y otra vez repite Jesús antes y después de Pascua. De hecho, un dato curioso es que la expresión “No temas” aparece 155 veces en la Biblia. Sin lugar a dudas, se podría decir que es uno de los mensajes bíblicos más importantes: Dios viene a nuestro encuentro a calmar nuestros miedos. Desconozco (aunque tengo alguna sospecha) por qué este tema no ha sido objeto prioritario de predicación en la historia de la Iglesia, pero no cabe duda de que Jesús repite hasta la saciedad que NO TENGAMOS MIEDO.

Hoy me dirijo a ti (y me lo digo a mí también) que te cuesta dormir, que cuando estás despierto dejas sacar tus fantasmas a pasear, que no te atreves a muchas cosas porque te paralizan tus miedos, el qué dirán o los cabos sueltos… Tranquilo, no te asustes, Dios camina con nosotros y estamos a salvo. Nos repite cada mañana: NO TEMAS, yo estoy contigo. Así que hala, ¡A VIVIR!

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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¡Menudo chasco me llevé! En mis tiempos de universitario en Granada, preparé con ilusión una visita de mis colegas a mi pueblo. Esas ganas de enseñar lo tuyo, tu gente. Después de unos meses de preparativos, aprovechamos un puente, busqué alojamiento, y nos montamos en ese eterno autobús GRANADA-ADRA. Llegamos al apeadero, se bajaron mis amigos y lo primero que me espetaron fue: “¡Qué peste a pescado!”. Y un servidor, jamás en la vida, se había dado cuenta de ese olor. Era el mío, la “fragancia” del lugar donde me crie. Tan familiar y tan acostumbrado a él estaba que no era consciente del perfume de mi vida. Indudablemente (en aquellos años aún más), la proximidad de la lonja del pescado, las redes y los barcos pesqueros provocaban ese olor a “marengo” que sorprendió a los visitantes (y que, por cierto, ahora me fascina).

Y es que hay cosas tan cotidianas que se vuelven imperceptibles. Como el ruido de las olas acaba desapareciendo cuando vives junto al mar, o el reloj de la torre cuando naciste en la plaza. Son presencias que se vuelven invisibles. Están, huelen, suenan, pero las hemos olvidado.

Lo terrible es que también nos podemos acostumbrar a cosas más importantes: el calor de la compañía de la pareja, el servicio que hacen tus padres cuidando de los peques, el amigo que siempre llama y propone, la delicada atención de tu médico de cabecera, la palabra amiga del sacerdote de la parroquia o el maestro que se implica en la educación de tu hija. Son cosas cotidianas, importantes, que hacen que la vida merezca la pena, pero, tan cercanas y habituales, que hemos perdido la conciencia de su presencia.

El peligro de contar la Resurrección como un acontecimiento pasado que tengo que recordar, es perder la perspectiva de que Dios es una PRESENCIA. De que cada día me acompaña al trabajo, me manda un WhatsApp a través de gente que me quiere, me acaricia con el fresco de la mañana y me sostiene y anima cuando me da el bajonazo. Como el olor a marengo, está (y ha estado siempre), pero no me había dado cuenta.

Hoy, Señor, quiero parar el “autobús” en el apeadero de mi vida. Descubrir qué olores tiene, hacerme consciente de ellos. No permitas que me acostumbre a lo que tengo, a tus presencias cotidianas, a la gente y los gestos que me recuerdan a ti. Que no tenga que esperar grandes acontecimientos, porque, si me paro y hago silencio, te huelo cada día. Hoy termino parafraseando un poema de Benedetti que cuenta las cosas mejor (y más bonitas) que este que escribe: Esperando que el viento doble tus ramas/ que el nivel de las aguas llegue a tu arena/ esperando que el cielo forme tu barro/ estás quieto. ¿Cómo no sabes todavía que eres el viento, la marea, la lluvia y el terremoto?

 

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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Qué listos somos para ver los errores de los demás. Tenemos clarísimo cuando el otro se equivoca. “¡Cómo no se da cuenta de que está comiendo lo que no debe!”, “Se está pasando con el alcohol”, “Esa afición a echar dinero en las tragaperras, no me gusta un pelo”, “Pero cómo no ve que esa amistad no le conviene”… Es una clarividencia inusitada que, curiosamente, solo se desarrolla para los demás. Porque: ¿Os cuento un secreto? Los demás piensan lo mismo de nosotros. En el piso de al lado, nuestra hermana, amigo o compañero de trabajo se están preguntando lo mismo: ¿por qué no vemos donde nos estamos metiendo?

A eso se le llama obstinación. Un estado de ánimo que se caracteriza por obcecarse en el error o, dicho de otra manera, por estar convencidos de que vemos cuando, en realidad, estamos tuertos. Sin duda, somos más lúcidos para con los demás, que en lo que se refiere a nosotros mismos. Ya lo decía el Maestro: La paja en el ojo ajeno y la viga en el propio…

La alternativa de las pelis americanas es el “tenemos que hablar”. Ese diálogo fluido e inteligente que suelen tener las parejas, los hijos y sus padres, que acaba solucionando la situación conflictiva. Y que, según parece, aquí a España no ha llegado todavía. Será por la alimentación (digo yo). Seguramente, alguna vez habréis intentado interpelar a alguien sobre algo que debe corregir, y la cosa ha acabado en bronca o en un “te metes en tus asuntos, que más gorda estás tú”.

A veces, nos gustaría poder bucear en el cerebro del otro y darle a una palanca para que “viera”, para que se diera cuenta de algo que tú tienes meridianamente claro. Pero hemos de reconocer que, en la mayoría de los casos, las cosas requieren tiempo, paciencia y, por qué no decirlo, algo de resignación.

En el evangelio del domingo leíamos en el diálogo con Nicodemo una sentencia que, no por archiconocida, sigue siendo sorprendente y misteriosa: “La luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz”. Pero, ¿Cómo es posible?, ¿Quién puede preferir el error a la verdad?, ¿Cómo explicar que la gente no apueste por la fe y la vida plena que llega de la luz del evangelio? Es el misterio de la obstinación, la tuya y la mía, a la que el Jefe responde con misericordia, paciencia y ternura.

Hoy quiero pedirte, Señor, que utilice mi inteligencia y clarividencia de análisis para verme mejor por dentro. Que evite juzgar a los demás, porque ya tengo mucho trabajo conmigo (y Contigo). Porque con lo “listo” que me creo, muchas veces prefiero las tinieblas a la luz. Que sea capaz de arrodillarme ante el misterio de la obstinación y sepa invertir mis fuerzas y luces en el necesario trabajo personal para vivir en esa luz que nace en Ti.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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Recuerdo el día que me rompí. Nunca crees que va a llegar y sucede cuando menos lo esperas. No tenía problemas gordos, no había ninguna situación especialmente traumática ni dolorosa y, de repente, empiezan a darme unos mareos. Al principio, lo típico: placa de cervicales, consulta al médico, fisioterapia… y ¡nada! No había rastro de nada fisiológico. Un día, hablando con una amiga religiosa, me dio la clave: “A mí me huele a un brote de ansiedad” (emoticono de sorpresa). Pero si yo soy la persona más equilibrada, serena… Si soy feliz, tengo sentido en la vida, las cosas me van bien… Pues, queridos amigos, en las profundidades de la psique (y el cuerpo) parece que había marea.

Haciendo una lectura posterior, me doy cuenta de que, en el fondo, era una llamada de atención. Si me apuras, una bendición. Dicen ahora muchos terapeutas que esas pequeñas “crisis” son una ruptura de esa coraza que vas construyendo desde niño, a la que llaman Ego. Esa cáscara exterior que sirvió durante un tiempo de la vida para protegerte, pero que es necesario que se vaya rompiendo para dejar traslucir el tesoro que llevamos dentro. Y, lamentablemente, casi siempre se rompe con dolor: un fracaso estrepitoso, un susto en la salud, un duro revés de la vida…

Por decirlo con una metáfora de la naturaleza, sería como la lenteja. Recuerdo cuando hacíamos esa actividad en el cole. La lenteja tiene una cáscara que protege lo más preciado y delicado que está dentro. Cuando la sumerges en agua, descubres que ese caparazón exterior tiene que romperse para que nazca el fruto. Del mismo modo, nosotros tenemos que romper esa coraza exterior para sacar lo mejor de nosotros, lo que Dios puso en nuestra vida, que está, en muchas ocasiones, envuelto en demasiados prejuicios, cosas aprendidas, alguna máscara y mucho egoísmo.

“Si el grano de Trigo no cae en tierra y muere, seguirá siendo un único grano, pero si muere, producirá un fruto abundante” (Jn 12, 24). Creo que Jesús sabía, mucho antes que todos los terapeutas del mundo, cuál era esa dinámica. Morir para dar fruto. Jesús, el hombre sin armadura, lleno de Dios, viene al mundo para romper todas esas corazas de la humanidad (que tradicionalmente hemos llamado pecado). Viene a abrirse en canal en la cruz y resucitar para inaugurar una nueva etapa de la humanidad. Pero los hombres, en seguida, la sofocan y acallan.

Menos mal que cada año, la Iglesia nos recuerda en Semana Santa esa entrega, esa ruptura, ese cambio de dinámica. Porque nos enfrascamos en nuestras cosas y se nos olvida la tarea más importante de la vida: descubrir el regalo que somos para los demás, tesoro solo visible, si somos capaces de ahondar dentro de nuestra coraza.

P.D. Una cosa más, que si no digo reviento. Cuando veía en televisión a Patricia, la Madre del Pescaito, me olía a esa humanidad nueva sin cáscaras, llena del Dios de la misericordia. A esa “buena gente” que camina hacia un mundo nuevo, y que inauguró Jesús en la noche de Pascua. Gracias Patricia. FELIZ RESURECCIÓN

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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Creo que a todos nos ha pasado. Un día le dices a tu pareja algo cotidiano: “¿me traes un vaso de agua?”, y de repente ves que cambia la cara, muta a fiera corrupia y, sin saber por qué, empieza a gritarte: “estoy harto, siempre igual, te levantas si quieres, bla bla…”. Tranquilo, ha sido un ataque de ira. Esa rabia acumulada y callada que, cuando menos lo esperas, revienta la tapa. Hoy, amigos, os voy a hablar de la rabia y la ira.

Todos los sentimientos son buenos. La rabia también. Estamos “bien hechos”, y todas las pulsiones que sentimos interiormente son parte de la maravilla que es el ser humano. Otra cosa es cómo la manejemos interiormente y seamos capaces de expresarla. Hemos sido educados (especialmente las mujeres) a no expresar la rabia. Es cierto que depende de la psicología de cada persona, pero, en general, se nos ha dicho que es un mal sentimiento y por ello, hemos de reprimirlo.

El resultado de esa represión es la ira. Una explosión incontrolada de rabia que te lleva a donde no querías ir. Tanto que, en ocasiones, la persona llega casi a no ser consciente de sus actos. Te consigue dominar, de tal manera, que te arrastra a decir palabras que se clavan en el corazón del otro como puñal hiriente. La ira, uno de los pecados clásicos, solo deja tierra devastada.

En cambio, la rabia como emoción no es mala. Bien enfocada es la “fuerza tranquila” para poder afrontar una injusticia, un maltrato… La rabia nace como una defensa de la persona, fruto de su dignidad pisoteada. “Hasta aquí hemos llegado, esa línea no la cruzas” podría ser una buena expresión de una persona que sabe sacar la rabia para que no la pisoteen. Pero esa rabia no es violenta. Debe expresarse con asertividad, firme y tranquilamente a la vez.

Alguna vez nos hemos preguntado si Jesús sintió rabia. Y la respuesta está en el evangelio que leíamos el pasado domingo de la expulsión de los mercaderes en el Templo. El Maestro reacciona con rabia cuando se manipula a Dios, se mercadea con Él o se desvirtúa su nombre. No puede permitirlo y lo expresa con palabras y gestos.

Ahora nos toca a nosotros revisar cómo andamos en nuestra gestión de la rabia y la ira. Porque de ese trabajo interior va a depender la salud de nuestras relaciones personales: icono de nuestra relación con Dios. Podemos tener la tentación de acallarla, sonreír constantemente con el peligro de que se nos pudra y acabe saliendo por peteneras. Quizás seamos de esos que tenemos permanentemente mal humor. En ese caso tendríamos que revisarnos más profundamente: algo falla. Tal vez, seamos de los que estamos arrepentidos por algún ataque de ira con la persona amada… Sea cual fuere nuestro caso, ayúdanos, Señor, a saber expresar correctamente la rabia para defender lo justo, sin que nos coman el terreno. Así, firmes, tranquilos, con dignidad… A TU MANERA.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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