La cincuentena pascual invita a tomar conciencia y celebrar las muchas riquezas de la resurrección de Jesús. Hoy en concreto nos presenta nuestra vida filial como fruto de la resurrección.

En la 2ª lectura san Pedro nos invita a bendecir a Dios nuestro padre, agradeciéndole que nos haya hechos hijos suyos por la resurrección de Jesús: Bendito sea Dios que nos ha hecho renacer por la resurrección de Jesucristo. Es una vida nueva que participa la vida del Padre. Cristo resucitado nos ha transmitido el mismo ADN divino. Hay que tomar conciencia de que se trata de una filiación especial. Dios como creador ama y cuida de todas sus criaturas.

Todos nosotros, desde nuestro nacimiento natural, ya participábamos esta filiación. Ahora se trata de algo especial. Participar la filiación de Jesús, el Hijo único resucitado, una vida divina y eterna, que nunca acabará, nos hace familiares de Dios y nos llevará a la resurrección y a una plenitud gozosa. Tenemos un futuro extraordinario y una vida con sentido. Todo ha sido posible por la muerte y resurrección de Jesús, que se solidarizó con nosotros y murió y resucitó en nombre de todos nosotros.

Cuando el Padre aceptó la muerte de Jesús y lo resucitó, lo hizo con todo lo que él quería y representaba, con toda la humanidad, que ya tenía derecho a ello, siempre que cada uno acepte libremente el ser hijos de Dios y se comprometa a vivir como Jesús. La 1 Pedro se dirige a cristianos perseguidos por un ambiente anticristiano y les dice que no se maravillen, que es normal, pues ahora nos toca compartir la muerte de Jesús con garbo y alegría para después compartir su gloria. Somos hijos de Dios por pura gracia de Dios, por pura misericordia, como hoy nos recuerda la Iglesia al celebrar en este domingo la fiesta de la divina misericordia.

         El Evangelio recuerda la aparición de Jesús a los apóstoles y los dones que trae consigo su presencia, dones que ahora ya gozamos los hijos de Dios: alegría de saber que Jesús es el viviente y siempre está con nosotros, paz íntima, fruto de ser hijos que nos capacita para vivir en armonía con Dios padre y con los hermanos, el don del Espíritu Santo, que nos ha perdonado los pecados, nos hace hijo de Dios y capacita para vivir como tales, y finalmente la tarea misionera de compartir estos dones con los demás.

La 1ª lectura nos recuerda cómo vivían los primeros cristianos y con ello cómo tienen que obrar los que tienen el ADN divino, que es amor: perseverando fielmente en la doctrina apostólica, en la oración, en la comunión entre los hermanos, comunión de corazón y de bienes, en contexto de alegría.

En este domingo la Iglesia canoniza y nos propone como ejemplo dos grandes papas, los beatos Juan XXIII y Juan Pablo II, dos diferentes y complementarias maneras de vivir como hijos de Dios, que compartieron la cruz de Jesús y ahora comparten su gloria.

        

En cada Eucaristía Jesús actúa como pontífice misericordioso, que nos comprende y ayuda, ofreciéndonos sus dones para fortalecer nuestra vida filial.

Primera lectura: Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 2,42-47: Todos ellos perseveraban…

Salmo responsorial: Sal 117: Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia

Segunda lectura: Lectura de la primera carta de san Pedro 1,3-9: Bendito sea Dios que nos ha hecho renacer por la resurrección de Jesucristo

Evangelio: Lectura del santo Evangelio según san Juan 20,19-31: Paz, recibid el Espíritu; como el Padre me ha enviado, así os envío yo

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