testigos de la resurrección

         El tiempo de Pascua nos invita a profundizar nuestra fe en la resurrección de Jesús y en sus implicaciones. En las lecturas 1ª y 2ª hemos escuchado a san Pedro, testigo privilegiado de la resurrección, dar testimonio de ella. Igualmente en el Evangelio hemos escuchado el testimonio de los dos discípulos de Emaús explicándonos cómo llegaron a la fe en la resurrección. Hoy nos toca a nosotros continuar este testimonio, porque la fe se propaga por la gracia de Dios que se sirve de testimonios humanos.

         Testimonio es la afirmación que hace el que ha visto y oído una realidad y se puede hacer con palabras y con obras. Por ello ser testigo implica palabras y obras que manifiestan nuestra fe en la resurrección.

         San Pedro en la 2ª lectura nos dice que nuestra vida filial, fruto de la resurrección de Jesús, tiene que ser parte importante de nuestro testimonio. En nuestra forma de vivir como hijos de Dios se tiene que notar que creemos en la resurrección: Si llamáis Padre al que juzga a cada uno, según sus obras, sin par­cialidad, tomad en serio vuestro proceder en esta vida. Ser hijos de Dios es el gran fruto de la resurrección de Jesús: Os rescataron a precio de la sangre de Cristo, el cordero sin defecto.

         Se tiene que notar nuestra fe en Dios padre en que tenemos una vida con sentido, que culminará en compartir la resurrección de Jesús: me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha (salmo responsorial).

         Creer en Dios padre implica creer en la fraternidad universal y buscar el bien de todos, sin acepción de personas, trabajando por un mundo mejor, de acuerdo con el plan de Dios, y oponiéndose a todo tipo de injusticia y opresión. Y esto a pesar de las dificultades, conscientes de que Dios tiene la última palabra en la historia y de que libera y resucita al que da su vida por los demás.

         Creer en Dios padre implica buscar el bien especialmente de los hermanos en la fe (Gal 6,10) con los que estamos misteriosamente unidos formando un solo cuerpo en Cristo en virtud del bautismo. Es tomarse en serio nuestra pertenencia eclesial.

         Creer en Dios padre es ayudar como testigos a que todos los hombres descubran la presencia de Cristo resucitado en su corazón y la acepten. El Evangelio muestra cómo los dos discípulos, cuando descubren la presencia de Cristo resucitado, se convierten espontáneamente en misioneros y van a contarlo a a los demás. Al resucitar, Cristo está presente en todos los tiempos y lugares, especialmente en el corazón de todos los hombres. Como nuevo Adán está en el fondo de toda existencia humana inspirando con su Espíritu buenos pensamientos y deseos y ofreciendo su gracia para llevarlos a cabo. Los caminos para descubrir esta presencia y crecer en ella son variados, y uno importante es el proceso de Emaús. Punto de partida son las experiencias negativas que se presentan en la vida: fracasos, desilusiones, el dolor y la muerte... Son experiencias de muerte en cuyo fondo está la experiencia de la resurrección. Analizadas a la luz de la palabra de Dios ayudan a descubrir la presencia de Cristo, pero es necesario que vayan acompañadas de una actitud de amor por la humanidad. En estas condiciones se está en disposición de que “se abran los ojos” y reconozcan la presencia de Jesús.

         Cada celebración de la Eucaristía debe ser momento fuerte de experimentar a Cristo resucitado y convertirse en testigos suyos. En ella ofrecemos al Padre por Jesús nuestra vida, iluminada por la palabra de Dios y el amor.

Primera lectura: Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 2,14.22-33: Pedro: Dios lo resucitó.

Salmo responsorial: Sal 15: Señor, me enseñarás el sendero de la vida.

Segunda lectura: Lectura de la primera carta de san Pedro 1,17-21: Habéis sido redimidos por sangre de Cristo, el cordero sin defecto.

Evangelio: Lectura del Evangelio según san Lucas 24,13-35: Lo reconocieron al partir el pan.

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