el que es de cristo, posee su espíritu

         Cuenta san Juan en su evangelio que Cristo resucitado sopló sobre sus discípulos y les dio su Espíritu (Jn 20,21). La palabra espíritu significa viento suave, el viento de la respiración, expresión de la vida. Jesús exhaló su aliento sobre sus discípulos para significar que les daba su vida, no solo su vida física que había entregado por nosotros en la cruz sino también el Espíritu Santo, el gran animador de su vida humana. En otro lugar nos dice el mismo san Juan que es en el bautismo cuando recibimos el Espíritu, que nos une a Cristo y nos hace miembros de su cuerpo e hijos de Dios (Jn 3,5-6). Esto explica lo que nos ha recordado s. Pablo en la 2ª lectura, que el que no tiene el Espíritu Santo realmente no está unido a Cristo y no es cristiano y que el que lo tiene debe cooperar con él para que la unión con Jesús sea cada vez mayor y se manifieste en su seguimiento efectivo.

         Esta es la acción propia del Espíritu Santo, unirnos a Cristo y hacer que vivamos como él, divinizando todas nuestras acciones, es decir, elevando a categoría divina todo lo que hacemos en nuestra vida para que esté a la altura de Cristo resucitado al que estamos unidos. Y como la vida es una sucesión de actos, el Espíritu nos capacita para ir santificándolos uno a uno, tal como van apareciendo. Divinizar es hacer que estén a la altura de Dios y, como Dios es amor, que sean hechos en amor. Si perseveramos en esta tarea hasta el final, también divinizará el último, transformando nuestra muerte en resurrección con Jesús.

         Así podemos hacer realidad la invitación que nos ha hecho Jesús en el Evangelio: Nos ha recordado que nos ha revelado al Padre, nos ha hecho hijos de Dios y que debemos vivir como tales en su seguimiento: Venid a mí todos los cansados y agobiados... Más todavía, afirma que realmente su seguimiento es en realidad un acompañamiento, pues viene a nuestro lado compartiendo nuestra carga. Para ello emplea la imagen audaz del yugo. Yugo es un instrumento que sujeto a la lanza del carro o al timón del arado permite que la yunta de bueyes o mulas tire de la carga. Implica que Jesús es nuestro compañero de fatigas y nos ayuda a llevar la carga. Esta ayuda se concreta en el don del Espíritu, que nos capacita para imitarle y aprender de él que es manso y humilde corazón, como ya anunciaron los profetas (1ª lectura). Puesto que el corazón es el centro de toda la vida, un corazón humilde es una vida radicalmente dependiente del Padre y solidaria con todos los hombres; por otra parte, manso es una consecuencia de lo anterior y se refiere a la capacidad de perdonar. El Espíritu de Cristo, que le ayudó en su vida mortal a vivir como manso y humilde corazón, nos capacita a nosotros para este seguimiento-acompañamiento.

         Sería iluso pensar que en esta tarea no hay dificultades. Hay malas semillas sembradas en nuestro corazón, frutos del pecado original, que ponen impedimentos y dificultan la acción del Espíritu. S Pablo es realista e invita a tener en cuenta esta realidad, a la que alude con la expresión “obras de la carne” y el catecismo resume en la lista de “pecados capitales”. No son pecados actuales sino fuerzas negativas que se manifiestan en las tendencias al orgullo, la envidia, la lascivia, la pereza... y que tenemos que mantener bajo control para que en nuestra vida dominen los frutos del Espíritu: amor, paz, alegría... (Gal 5,22-23). Por los frutos de nuestra vida podemos conocer si estamos o no bajo el influjo del Espíritu de Cristo. Esto implica una lucha, una carga, pero en este contexto es yugo llevadero y carga ligera porque se afronta con amor.

         En cada celebración de la Eucaristía Jesús ejerce como “compañero de yugo” que nos afianza en la vida filial, nos lleva al Padre y nos alimenta.

Primera lectura: Lectura del libro de Zacarías 9,9-10: Mira a tu rey que viene a ti modesto

Salmo responsorial: Salmo 144: Bendeciré tu nombre por siempre, mi Dios, mi rey

Segunda lectura: Lectura de la carta de san Pablo a los Romanos 8, 9.11-13: Si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis

Evangelio: Lectura del santo Evangelio según san Mateo 11,25-30: Soy manso y humilde de corazón.

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