El Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables

La parábola de la cizaña nos habla de la presencia en el campo de la Iglesia de trigo y cizaña a la vez y de la postura que hay que tomar ante esta realidad. Nos recuerda que la comunidad cristiana es santa y pecadora a la vez. Es santa, porque está integrada por hijos de Dios, que por medio del Espíritu participan la vida divina y son hijos en el Hijo; quieren vivir haciendo la voluntad del Padre, que se resume en amar; se reúnen en nombre de Jesús y él está dinámicamente presente en medio de ellos (Mt 18,20). Su vocación es crecer en santificación (1 Tes 4,3), es decir, crecer en la participación de la vida divina por medio de una vida de amor servicial. Más aún, hay miembros que viven de forma excepcional esta situación. Pero es también una comunidad pecadora, porque todos desgraciadamente pecamos, incluso puede llegar a tener miembros gravemente pecadores, anticristos (1 Jn 2,18-19), cizaña que pervierte y destruye la comunidad. La parábola invita a mirar con objetividad esta realidad.

¿Qué hacer ante la presencia del mal? En principio, dice la parábola, paciencia y no querer arrancar la cizaña, pues existe el peligro de que no distingamos bien y arranquemos trigo en vez de cizaña. Es necesaria una separación, pero esta se la reserva Jesucristo en el juicio final de cada persona, pues es el único que conoce el corazón de los hombres. Si no conocemos nuestro corazón, ¿cómo vamos a conocer el corazón de los demás? Pero paciencia no significa quedarse con los brazos cruzados. En esta situación Jesús nos enseña, primero no condenar. Es verdad que el hermano peca, pero la tarea de la comunidad no es condenarlo y considerarlo sin remedio ni salvación, sino ayudar a llevar las cargas mutuamente (Gal 6,2). Dios es el protagonista y siempre en el pecado da lugar al arrepentimiento (1ª lectura). La misión de la comunidad es favorecer la acción de Dios dialogando y corrigiendo fraternalmente (Mt 7,3-5; 18,15-18), una corrección que incluso puede llegar a la exclusión de la comunidad (Mt 18,18), si es necesario para defender el bien común comunitario, pero excluir de la comunidad siempre es una medida medicinal y una invitación a la conversión. La ley suprema de la Iglesia es la salvación de las almas (CIC 1752).

         A la luz de esto la vida cristiana es un peregrinar entre dificultades. En el contexto de esta enseñanza la 2ª lectura nos habla del medio que nos da Dios para salir airosos en nuestro caminar, el Espíritu Santo. Es el Espíritu el que nos ilumina para discernir las situaciones y ver la postura que hemos de tomar, el que nos fortalece para llevarlo a cabo y especialmente el que nos capacita para orar y vivir unidos al Padre como hijos. Sin el Espíritu no podemos orar la más pequeña oración (1 Cor 12,2), con él lo podemos todo. Si en nuestra vida social a veces nos encontramos en dificultad cuando tenemos que dirigirnos a un personaje importante, ¿cómo dirigirnos a Dios, los que somos pecadores e indignos? El Espíritu viene en nuestra ayuda, nos capacita para situarnos en el mundo divino, nos sugiere palabras y sentimientos y los envuelve con su poder para que sean dignos de Dios y lleguemos a él, más aún, a veces nos infunde sentimientos que nos desbordan, pues son inefables y no sabemos explicarlos, pero los entiende perfectamente Dios Padre, porque entiende la lengua del Espíritu.

         La Eucaristía es celebración de una fraternidad santa y pecadora, que agradece al Padre los dones recibidos y pide fuerzas para caminar todos unidos, ayudándose mutuamente en llevar las cargas

Primera lectura: Lectura del libro de la Sabiduría 12, 13.16-19: En el pecado das lugar al arrepentimiento

Salmo responsorial: Salmo 85: Tú, Señor, eres bueno y clemente

Segunda lectura: Lectura de la carta de san Pablo a los Romanos 8,26-27: El Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables

Evangelio: Lectura del santo Evangelio según san Mateo 13,24-43: Dejadlos crecer juntos hasta la siega.

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