Dios nos ama

El amor ocupa un lugar central en todas las facetas de la vida humana. El hombre está hecho para sentirse amado y amar. Para un crecimiento normal necesita del amor de los padres y educadores, del amor de la familia y de los amigos, del amor matrimonial... Es una realidad que experimentamos todos los días y que tiene una explicación lógica: Dios es amor y nos ha creado a su imagen y semejanza. La persona que ama y se siente amada es imagen viva del Creador. Por ello lógicamente el amor tiene que ser fundamental en las relaciones del hombre con Dios. En la 2ª lectura san Pablo nos invita a ser conscientes de esta realidad: Dios nos ama con un amor tan fuerte que nada ni nadie nos puede separar de ese amor, que culminará en nuestra resurrección y glorificación. Lo dice para fundamentar la esperanza cristiana. Ninguna vida humana es una casualidad, todas han venido a la existencia porque previamente Dios padre las ha pensado con amor y las ha destinado a compartir la filiación de su Hijo y con ello su gloria. Para ello a cada una le ofrece todos los medios necesarios de forma que lo puedan conseguir. Se interfiere la libre voluntad humana que se puede negar a colaborar y frustrar el plan divino, pero por parte de Dios todo está hecho. El amor que nos tiene Dios padre es la suprema garantía de nuestra esperanza. Este es el alimento gratuito que se nos ofrece en la 1ª lectura y que da sentido a nuestra vida.

Es importante en la vida cristiana sentirse amado por Dios. Para ello la tradición cristiana invita a repasar todos los beneficios que hemos recibido en nuestra vida concreta: la vida, la salud, la familia, la educación, la fe, el bautismo, los sacramentos, el perdón de los pecados, la Eucaristía...

El amor pide amor y el Padre nos pide que le mostremos nuestro amor aceptándolo como la persona más importante de nuestra vida, comonuestro primer valor e identificándonos con su voluntadEsta es que venga su Reino, como nos ha enseñado Jesús. Que venga el reino de Dios a nosotros es dejar a Dios que sea el protagonista de nuestra vida.

.El Evangelio nos recuerda la forma concreta cómo Jesús anunció el Reino de Dios, con palabras y con signos, que ayudaban a comprender lo que significa que Dios ya comienza a reinar en un proceso que ya se ha iniciado y que culminará en su parusía. Curar a enfermos significa que Dios no quiere el dolor y que llegará un momento en que compartiremos la resurrección de Jesús, venciendo totalmente el dolor y la muerte en un mundo en que Diosenjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas (Apoc 21,4). Pero no es sólo un signo del futuro que nos espera sino que tiene una implicación actual, pues la lucha contra el dolor y la enfermedad  forma parte de las tareas del Evangelio y es una forma concreta de corresponder al amor del Padre.  A pesar de todo, el dolor es una realidad que nos acompaña, pero Jesús da un nuevo sentido redentor al dolor, que por eso deja de ser una realidad totalmente negativa.  En esta misma línea está el “signo de los panes”. Ya en el AT aparece el alimento gratuito a los hambrientos como signo del Reino futuro (1ª lectura) cf. también Hará Yahveh Sebaot a todos los pueblos en este monte un convite de manjares frescos, convite de buenos vinos: manjares de tuétanos, vinos depurados... consumirá a la Muerte definitivamente. Enjugará el Señor Yahveh las lágrimas de todos los rostros... (Is 25,6-8). Durante su ministerio Jesúsdio de comer a una masa, anunciando con ello que con su obra comienza el cumplimiento del banquete anunciado y las implicaciones que este comienzo tiene para sus discípulos.Ser discípulo de Jesús implica continuar en nuestro mundo el signo de los panes, trabajando contra la injusticia del hambre en el mundo y favoreciendo un justo reparto de bienes entre todos los hombres. Los que trabajen por hacer de este mundo un “banquete fraternal” recibirán el premio del banquete final del Reino de Dios consumado:Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo, porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis (Mt 25,34-35).

La Eucaristía es la gran celebración del amor que nos tiene el Padre. En ella nos entrega constantemente a su Hijo y continúa alimentando nuestro amor para que, unidos a Jesús, nos comprometamos por un mundo más justo y fraternal, anuncio del futuro Reino de Dios.

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