participar la eucaristía

         En la 2ª lectura san Pablo invita a ofrecer la propia vida a Dios como el único sacrificio que le es agradable, de acuerdo con su naturaleza espiritual y la nuestra racional. Dios es amor y lo que espera de la persona humana es su amor, su corazón, ofrecido libremente. Por eso ya en el AT se le pide que ame a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas sus fuerzas (Dt 6,5), lo que implica una vida en la que la voluntad de Dios es lo más importante. Este es el culto razonable del ser humano a Dios, pues es lo único propio que posee. Todo lo demás, la vida, los bienes, todo lo ha recibido de Dios. Solo tiene una cosa propia, su amor que es esencialmente libre y se ofrece a quien uno quiere. Eso es lo que pide Dios.

         La humanidad fue incapaz de hacer esta ofrenda, por tener un corazón debilitado por el pecado original. Pero Dios no cede en sus pretensiones y, para hacerlo posible, Dios Padre envía a su Hijo, que se hace hombre y realiza esta ofrenda en nombre de toda la humanidad. Toda la vida de Jesús es hacer la voluntad del Padre por amor, desde la encarnación, en que según Hebr 10,5 dijo al Padre: “He aquí que vengo para hacer tu voluntad”, hasta la muerte en cruz en que pronunció el “Todo se ha cumplido” (Jn 19,30). Esta vida, consagrada al amor, llegó a Dios y constituye el único sacrificio agradable a Dios Padre, por el cual nos perdona, nos hace hijos suyos, nos permite el acceso a él y nos posibilita compartir su felicidad.

         La tarea del cristiano es ratificar lo que Jesús ha hecho en nombre de cada uno de nosotros. Lo hacemos en el bautismo en que nos unimos a él y él nos da su Espíritu, que nos capacita y fortalece para vivir como él. Ya es posible hacer de nuestra vida un sacrificio agradable a Dios, uniéndonos al sacrificio de Jesús, viviendo como él, siguiéndole en nuestra vida de cada día..

         En el evangelio de hoy Jesús nos recuerda lo que implica vivir unidos a él y seguirle: negarse a sí mismo, es decir, no vivir centrado en el propio egoísmo sino en los intereses del amor a Dios, y tomar la cruz, es decir, estar dispuestos a morir si es necesario por Jesús. Es una opción que humanamente parece una necedad, contraria a lo política y culturalmente correcto, lo que explica la postura de algunos cristianos que desgraciadamente se avergüenzan de manifestar públicamente su fe. Pero es la verdadera sabiduría existencial. Esto se traduce en la vida de cada día en pequeñas y grandes renuncias en el seguimiento de Jesús, pero que comportan grandes alegrías porque es el camino que conduce a la plenitud del amor y la felicidad. La opción del placer por el placer es un error existencial.

         En este contexto se comprende la razón de la Eucaristía, que nos ha dejado Jesús como modo de alimentar nuestra ofrenda existencial a Dios, uniéndonos al único sacrificio que llega al Padre, el de Jesús. La reforma litúrgica ha dejado claro cómo se participa en la Eucaristía. Erróneamente antes se le daba mucha importancia al llamado ofertorio, como acto de ofrecimiento, cosa que no lo es sino un simple acto secundario de preparación de las ofrendas (por ello no tiene sentido acompañarlo con cantos de ofrendas, cosa frecuente, pero errónea). El verdadero ofrecimiento tiene lugar inmediatamente después de la consagración. En ésta, se hace sacramentalmente presente Jesucristo entregándose al Padre, es decir, en actitud pascual, sacrificial, dinámica, actualizando su muerte y resurrección. A continuación se hace la ofrenda al Padre, recordando el sacrificio (se alude a la muerte y resurrección) en nombre de toda la Iglesia. En este momento cada uno de los que participan debe ofrecer su propia vida, unida a la de Jesús. Sigue una oración en la que se pide al Padre la unidad de los que nos unimos al sacrificio de Cristo, condición necesaria para que el Padre acepte nuestra oblación. En la comunión Jesús nos alimenta para que hagamos efectivo este ofrecimiento en cada momento de nuestra vida.

Primera lectura: Lectura del libro del profeta Jeremías 20,7-9: La palabra del Señor se volvió oprobio para mí

Salmo responsorial: Salmo 62: Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío

Segunda lectura: Lectura de la carta de san Pablo a los Romanos 12,1-2: Ofreceos vosotros mismos como hostia viva

Evangelio: Lectura del santo Evangelio según san Mateo 16,21-27: El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo.

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