vivir para el señor al que pertenecemos

 

         La vida humana sin amor no tiene sentido. A todos nos agrada y realiza tener relaciones interpersonales en contexto de comprensión y amor. La vida cristiana es también una realidad humana y solo tiene sentido como una relación interpersonal con Jesús y por él con Dios Padre. Ser cristiano es amor a Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre que murió y resucitó por todos nosotros, al que pertenecemos, pues nos “compró a un gran precio” (1 Cor 6,20). Es la vivencia de una realidad que nos afecta profundamente en nuestro ser. El bautismo nos une realmente a Jesús y a partir de ese momento pertenecemos a él y él comparte con nosotros l su ser de Hijo de Dios.

 

En él somos hijos de Dios. Pero no basta con conocer esta realidad, es necesario vivirla incluso a nivel psicológico. A esto nos invita san Pablo en la 2ª lectura en esta Eucaristía, en un momento en que nuestro amigo Jesús se entrega a nosotros, y nos recuerda que debemos vivir para él, unidos a él, pensando, deseando, obrando como él, reproduciendo su vida en nuestra vida. Vivir para él y morir para él, pues al final de nuestra existencia ponemos nuestra vida confiadamente en las manos del amigo que nunca nos abandona. Pero no se trata de una relación individualista que nos aísla de los demás, pues tiene carácter social, ya que no podemos vivir para Jesús si no vivimos para los hermanos, especialmente para los más débiles, con los que él se identifica.

 

         Tenemos que vivir esta realidad en una situación de debilidad, pues somos débiles y pecadores y con frecuencia pecamos contra Dios y contra los hermanos, rompiendo así nuestra relación de amistad con Jesús. La 1ª lectura y especialmente el Evangelio nos recuerdan que existe remedio a este problema: el perdón del Padre y el perdón entre los hermanos. La parábola del Evangelio es un comentario a la petición de perdón del Padrenuestro, en la que pedimos al Padre nos perdone y exponemos que nosotros también estamos perdonando a nuestros hermanos deudores. El perdón por parte de Dios está asegurado, cuando se pide con las debidas condiciones y una de ellas es el perdón al hermano: Así hará mi Padre celestial con vosotros si cada uno no perdona a su hermano de corazón (Mt 18,35).

 

         La parábola compara dos perdones totalmente diferentes. A la primera deuda, que evoca el perdón de Dios, se le asignan 10.000 talentos, cantidad desorbitada en aquella época que el deudor nunca podrá pagar. Es difícil ofrecer equivalencias de monedas, especialmente cuando se trata de monedas antiguas, pues se trata de sistemas cambiantes. 10.000 talentos equivalen aproximadamente a 4.520.000 euros, unos 75 millones de ptas. oro de aquella época. A la segunda deuda se le asignan 100 denarios, cantidad irrisoria al lado de la anterior, pues equivalía a 7,53 euros, unas 1.250 ptas. oro. Se trata de una deuda, que el deudor podría pagar, pues en aquella época un denario equivalía al salario de un día. Es una invitación a tomar conciencia de la gravedad de la ofensa a Dios, en un tiempo en que se ha perdido el sentido de pecado.

 

         Hay que tener en cuenta que el perdón no es cuestión de “sentir”, especialmente en relación al perdón del prójimo. Las ofensas suelen dejar en muchas personas una herida psicológica que es difícil de curar, aunque el paso del tiempo la va debilitando e incluso puede llegar a desaparecer. Perdonar no es dejar de sentir esta herida, pues no depende de nosotros. Perdonar es obrar con el hermano “como si nada hubiera pasado”, buscando su bien e impidiendo que el recuerdo de la ofensa interfiera en la decisión. Lo importante es comportarse con el hermano como Dios espera de nosotros.

 

Todas las lecturas son un canto a la misericordia de Dios que perdona y transforma y quiere tener con nosotros relaciones de amistad. En la Eucaristía se celebra el amor del Padre que nos entrega a Jesús, el amor de Jesús que se entrega a nosotros y nos invita a corresponder a su entrega con una vida entregada a él en la vida y en la muerte.

 

Primera lectura: Lectura del libro del Eclesiástico 27,33-28,9: Perdona la ofensa de tu prójimo y se perdonarán los pecados cuando lo pidas.

Salmo responsorial: Salmo 102, 1-4.9-12: El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia.

Segunda lectura: Lectura de la carta de san Pablo a los Romanos 14,7-9: En la vida y en la muerte somos del Señor.

Evangelio: Lectura del santo Evangelio según san Mateo 18,21-35: No te digo que perdones siete veces sino hasta setenta veces siete.

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