el verdadero culto cristiano

 

            La liturgia de hoy invita a ofrecer la propia existencia como verdadero culto agradable a Dios, que no quiere nuestras cosas, pues todas ellas son regalos suyos, sino nuestro amor libre, que es lo único que tiene propio el ser humano. El amor es esencialmente libre. Yo no puedo amar a nadie por real decreto, ni siquiera a Dios, solo a quien yo libremente decido. El sacrificio espiritual es la tarea específica del pueblo de Dios, que debe ofrecer al Padre por medio de Jesús y la ayuda del Espíritu Santo su propia vida y con ella el compromiso de trabajar por un mundo acorde con los planes de Dios.

 

Esta es la idea de fondo de la parábola de los viñadores, que dirige Jesús a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo como comentario a la pregunta que le hacen éstos sobre quién le ha autorizado a expulsar los vendedores del templo y con ello a descalificar el culto que se estaba realizando. El templo judío en el plan de Dios debería ser expresión externa de una vida consagrada a hacer su voluntad, resumida en las tablas de la alianza, amor a Dios y amor al prójimo. La realidad sin embargo contradecía esta finalidad y por ello los profetas denunciaron un culto vacío (por ejemplo Is 1,10-20) e incluso anunciaron la destrucción del templo (por ejemplo Jer 26), pero no fueron escuchados e incluso fueron maltratados, como fue el caso de Jeremías. Esta situación negativa continuaba en tiempos de Jesús, el enviado escatológico de Dios, que la denunció simbólicamente expulsando a los vendedores, que eran expresión de un templo al servicio de intereses económicos. Por eso el pueblo judío ha dejado de ser pueblo exclusivo de Dios y ahora lo serán los que realmente ofrezcan su vida como culto existencial, sean judíos o gentiles (esto no significa que el pueblo judío ha perdido los privilegios concedidos por Dios, cuyas promesas son irrevocables cf Rom 9,1-5; 11,29).

 

En la 2ª lectura san Pablo recuerda algunos aspectos de una vida consagrada a hacer la voluntad de Dios. El primero es procurar vivir la paz de Dios, que está por encima de todas las categorías humanas y se nos concede en la medida en que vivimos unidos a Jesucristo. La paz es la debida armonía que debe existir en la persona con relación a Dios, viviendo como hijos, con relación a los hombres, viviendo como hermanos, y referente al uso de las cosas, empleándolas como medios al servicio de todos los hombres. Esto se traducirá en una paz o tranquilidad psicológica interior. Enemiga de esta paz son las inquietudes de la vida (una cosa es la inquietud que quita el sueño y otra la preocupación normal por las tareas de la vida). Sin embargo, dada nuestra debilidad, aparecerán en nuestra vida situaciones que nos inquieten. Ante este hecho Pablo recomienda la oración como medio para superarlo y recuperar la paz.

 

Una segunda orientación se refiere a la búsqueda de valores. Vivir una vida consagrada a hacer la voluntad de Dios implica buscar valores que puedan iluminar cada acción. El Evangelio nos ofrece una serie que es fundamental, pero es insuficiente. Por ello san Pablo en el texto conocido como “Carta del humanismo cristiano”, invita a buscar fuera del cristianismo valores positivos inspirados por el Espíritu Santo que no solo actúa en la Iglesia sino también fuera de sus fronteras: todo lo que es verdadero, noble, justo, pu­ro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta e incorporarlo en la síntesis cristiana fundada en las valores del Evangelio. Este principio lo practicó Pablo cuando quería iluminar situaciones humanas concretas, que no toca el Evangelio. En estos casos propone practicarlo en Cristo, en sintonía con los valores evangélicos cf.Ef 5,21-6,9; Col 3,18-25. Es una invitación al diálogo interreligioso y cultural.

 

La palabra de Dios cuestiona nuestro tipo de culto. La Eucaristía es celebración del culto existencial de Jesús; participar en ella es unir nuestra vida a la de Jesús, la piedra angular, para vivir como él, haciendo la voluntad de Dios, amando a Dios y al prójimo en las circunstancias concretas de nuestra vida.

 

Primera lectura: Lectura del libro del profeta Isaías 5,1-7: la viña del Señor de los Ejércitos es la Casa de Israel

Salmo responsorial: Salmo 79: La viña del Señor es la Casa de Israel

Segunda lectura: Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 4,6-9: Poned esto por obra y el Dios de la paz estará con vosotros

Evangelio: Lectura del santo Evangelio según san Mateo 21,23-33: El Señor arrendará la viña a otros viñadores que den sus frutos.

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