“Este es su mandamiento que creemos en su Hijo y nos amemos” (1 Jn 3,23)

 

La palabra de Dios de este domingo invita a centrarse en lo esencial, que es la fe que se traduce en amor.

 

La 2ª lectura recuerda cómo los cristianos de Tesalónica acogieron la palabra de Dios predicada por Pablo con alegría a pesar de la persecución, hasta el punto de convertirse en predicación viviente con su vida, pues supieron encarnar en su forma de vivir los contenidos fundamentales del credo: vivir para un solo Dios y un solo Señor Jesucristo, su Hijo a quien resucitó y que vendrá como juez, es decir, creer en Dios Padre que nos entregó a su Hijo, revelando con ello lo que es amor. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados (1 Jn 4,10). Esto quiere decir que fe y amor están íntimamente unidos. De este amor hablan abundantemente la 1ª lectura y el Evangelio.

 

La 1 Juan combate una tendencia que se dio en la Iglesia antigua - y de vez en cuando reaparece entre nosotros - diciendo que lo importante es amar y que los contenidos de la fe son una cosa sin importancia, negando o poniendo en duda algunos contenidos de la fe, un poco fe a la carta. La carta replica que esto es erróneo y conduce a alejarse de la esencia de la fe cristiana, pues la recta fe – ortodoxia – y el correcto comportamiento –ortopraxis – son inseparables, ya que el credo completo resume la obra completa de Dios que se resume en el amor. Vivimos lo que creemos: “Este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo y que nos amemos unos a otros, tal como nos lo mandó” (1 Jn 3,23). Así vamos preparando el examen final en que “seremos examinados de amor” por Jesús, a quien confesamos como salvador y como juez (cf. 2ª lectura).

 

En el Evangelio los fariseos preguntan a Jesús con mala intención para ponerlo a prueba. A primera vista no aparece claro en qué consista la prueba, pero se explica a la luz del contexto histórico en que los escribas se dedican a ordenar y clasificar por importancia los 613 mandamientos que contiene la Biblia. La respuesta de Jesús no se sitúa en esta línea sino que remite a lo esencial, afirmando cuál es el alma y finalidad de todos ellos: el amor. Para Jesús los diversos mandamientos no son más que distintas expresiones del amor, que es el que los justifica; por eso el amor sostiene la Ley entera. Quitando el amor, los mandamientos no tienen razón de ser.

 

Preguntan por el mandamiento principal y Jesús responde con dos, pues amor a Dios y amor al prójimo son diferentes, pero inseparables, de forma que no se puede dar el uno sin el otro. Por una parte, el amor a Dios es el primero. Es un amor que tiene que ser total, es decir, con todas las facultades de la persona, con toda la inteligencia, con toda la voluntad, con todo el sentimiento, y es además fuente de los demás amores. Es un amor que exige ser constante como respuesta al amor constante de Dios a nosotros.

 

El amor al prójimo es segundo, pero inseparable, es decir, sin amor al prójimo no hay amor de Dios y sin amor de Dios no hay amor al prójimo. Sin amor al prójimo no hay amor a Dios, porque Dios ama a todos los hombres y, como consecuencia, amarle a él implica amar lo que él ama; por eso el amor a Dios sostiene también el del prójimo y es su expresión privilegiada. En esta línea afirma san Juan: Si alguno dice: « Amo a Dios », y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve (1 Jn 4,20) y Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor (1 Jn 1,8). Por otra parte, amar al prójimo no siempre es “amable” y necesita ser fortalecido por el amor de Dios. Ciertamente, “lo que hagáis a uno de estos pequeños” a mí me lo hacéis” (Mt 25,40), pero estos pequeños a veces son sucios, ingratos, dañinos, actúan como enemigos...   Por ello el amor al prójimo debe ser gratuito, fuerte y necesita alimentarse constantemente del amor de Dios. De esta forma amar a Dios es exigencia de amar al prójimo y amar al prójimo lleva a plenitud el amor a Dios:Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud (1 Jn 4,12).

 

El cristiano por el bautismo ha recibido el amor de Dios y la capacidad de amar como ama Dios, pues el amor de Dios ha sido derramado en vuestros corazones por el Espíritu Santo que se os ha dado (Rom 5,5). El amor puede ir acompañado de sentimiento, pero no es esencial. Lo importante es la acción concreta que busca dar vida al hermano (1ª lectura), ya que ésta es la esencia del amor de Dios: ”En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene; en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él” (1 Jn 4,9); “Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros”(1 Jn 4,11). Amar al hermano es un compromiso por la justicia.

 

La Eucaristía es celebración y realización sacramental de los contenidos del credo, de sus contenidos básicos: celebramos el amor del Padre que entrega a su Hijo y el amor de Jesús que se entrega a sí mismo. Es una invitación a unirse a esta oblación, uniendo a ella nuestra vida de amor concreto, con sus éxitos y fracasos. Por otra parte, es fuente que alimenta el amor constante a los hermanos.

 

Primera lectura: Lectura del libro del Éxodo 22,20-26: Si explotáis a huérfanos y viudas se encenderá mi ira contra vosotros.

Salmo responsorial: Salmo17,2-3abc.4.47.51ab: Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza

Segunda lectura: Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 1,5c-10: Abandonasteis los ídolos para servir al Dios vivo y verdadero aguardando la vuelta de su Hijo

Evangelio: Lectura del santo Evangelio según san Mateo 22,34-40: Amarás al Señor tu Dios y al prójimo como a ti mismo.

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