Somos templos de Dios vivo

 

La basílica de san Juan de Letrán es la catedral del obispo de Roma y del papa y por ello se la considera el templo más importante del cristianismo. Hoy se celebra su consagración el año 324 por el papa san Silvestre. Todas las Iglesias se unen a esta celebración como signo de comunión con la Iglesia de Roma y su obispo el Papa. A propósito de templo material, la liturgia de este día gira en torno a la idea del templo espiritual, el nuevo culto espiritual creado por Cristo muerto y resucitado, una de cuyas facetas es la comunión y unidad en la Iglesia. Si el templo material consta de multitud de piedras ensambladas en una unidad, así también el templo espiritual, que es la Iglesia.

El Evangelio nos ofrece el fundamento del nuevo culto, el sacrificio existencial de Jesús, que comienza en su encarnación y culmina en su muerte y resurrección, toda una vida consagrada al amor, haciendo la voluntad del Padre. En el templo de Jerusalén se ofrecían a Dios animales, cuyo valor radicaba en que debían ser expresión de la vida del oferente que de esta forma significaba su entrega sincera a Dios. Solo desde este punto de vista tenían sentido, pues Dios no necesita carne ni sangre, pero había un constante desvío de esta finalidad: por una parte, los oferentes ofrecían a Dios los animales que no les servían (contra esto protesta Malaquías), por otra, los sacerdotes responsables del templo alquilaban los soportales del templo a comerciantes que instalaban en ellos sus negocios de animales y otros objetos usados en los sacrificios. Estos solían estar fuera del templo, pero el estar dentro del recinto sagrado suponía ventajas comerciales. Jesús ve en esta práctica una expresión de que se utiliza el templo y con ello la religión al servicio de los intereses económicos, de la avaricia y el egoísmo. Y reacciona expulsando del recinto a los comerciantes instalados. Los sacerdotes responsables le preguntan quién le ha autorizado para este comportamiento y Jesús responde con unas palabras misteriosas que sus discípulos solo entienden después de la resurrección: ellos destruirán el templo (de su cuerpo) y él lo resucitará en tres días. Su cuerpo glorioso es el nuevo templo donde habita la gloria de Dios. Solo incorporados a este templo podemos dar gloria a Dios.

Las otras dos lecturas ayudan a profundizar en este mensaje. La 1ª recuerda la visión del profeta Ezequiel en que describe el templo de los tiempos escatológicos, de cuyo templo manaba un manantial de agua que fecundaba todos los terrenos que cruzaba e incluso transformaba el Mar Muerto en mar de Vida. Era un anuncio del agua que mana del costado de Cristo y que por medio del bautismo transforma a la humanidad convirtiéndola en hijos de Dios, dando lugar al sacrificio existencial de los cristianos. Por su parte, en la 2ª lectura san Pablo nos recuerda que por el bautismo nos unimos a Cristo, templo viviente y nos convertimos en templos vivientes en que habita el Espíritu Santo, no de forma pasiva sino activa, capacitándonos para hacer de nuestra vida un sacrificio existencial.

Todo ello es una invitación a valorar y agradecer la obra que Cristo ha realizado con cada uno de los creyentes y actuar en consecuencia, viviendo nuestro sacrificio espiritual. Dios no quiere nuestras cosas sin más sino nuestro corazón que se traduce en actuar por amor en cada momento de nuestra existencia.

Una faceta de nuestro sacrificio es la unidad. El sacrificio de Cristo es uno y hay que ofrecerlo en comunión con todos. Hoy especialmente se nos recuerda la comunión con el papa Francisco, orando por él y colaborando en la tarea de una Iglesia más misionera.

En cada celebración de la Eucaristía celebra la Iglesia local en comunión con toda la Iglesia, representada en nuestro obispo y en el papa. En ella ejercemos nuestro sacerdocio existencial, unidos a Cristo, el único sacerdote que realizó el único sacrificio.

Primera lectura: Ez 47,1-12: Manaba agua del lado derecho del altar

Salmo responsorial: Salmo 45: El correr del agua alegra la ciudad de Dios

Segunda lectura: 1 Cor 3,9-17:Sois templo de Dios

Evangelio: Juan 2,13-22: Hablaba del templo de su cuerpo

Ez 47,1-2.8-9.12: Vi que manaba agua del lado derecho del templo y habrá vida dondequiera que llegue la corriente.

En aquellos días, el ángel me hizo volver a la entrada del templo.

Del zaguán del templo manaba agua hacia levante –el templo miraba a levante–. El agua iba bajando por el lado derecho del templo, al mediodía del altar.

Me sacó por la puerta septentrional y me llevó a la puerta exterior que mira a levante. El agua iba corriendo por el lado derecho.

Me dijo:

–«Estas aguas fluyen hacia la comarca levantina, bajarán hasta la estepa, desembocarán en el mar de las aguas salobres, y lo sanearán. Todos los seres vivos que bullan allí donde desemboque la corriente, tendrán vida; y habrá peces en abundancia. Al desembocar allí estas aguas, quedará saneado el mar y habrá vida dondequiera que llegue la corriente.

A la vera del río, en sus dos riberas, crecerán toda clase de frutales; no se marchitarán sus hojas ni sus frutos se acabarán; darán cosecha nueva cada luna, porque los riegan aguas que manan del santuario; su fruto será comestible y sus hojas medicinales.»

Sal 45,2-3.5-6.8-9: El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios, el Altísimo consagra su morada.

Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza,
poderoso defensor en el peligro.
Por eso no tememos aunque tiemble la tierra,
y los montes se desplomen en el mar.

El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios,
el Altísimo consagra su morada.
Teniendo a Dios en medio, no vacila;
Dios la socorre al despuntar la aurora.

El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.
Venid a ver las obras del Señor,
las maravillas que hace en la tierra:
pone fin a la guerra hasta el extremo del orbe.

1Co 3,9c-11.16-17: Sois templo de Dios.

Hermanos:

Sois edificio de Dios. Conforme al don que Dios me ha dado, yo, como hábil arquitecto, coloqué el cimiento, otro levanta el edificio. Mire cada uno cómo construye.

Nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo.

¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?

Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros

Jn 2,13-22: Hablaba del templo de su cuerpo.

Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo:

–«Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.»

Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora.»

Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron:

–«¿Qué signos nos muestras para obrar así?»

Jesús contestó:

–«Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.»

Los judíos replicaron:

–«Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?»

Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús.

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