LA VIÑA DEL SEÑOR

 

El Señor, en esta parábola que nos relata el Evangelio de hoy, coloca en el banquillo de los acusados a las autoridades religiosas y al mismo pueblo de Israel.

 

Por los profetas Dios fue llamando a su pueblo a la salvación a la vez que le urgía a ser un pueblo “luz” para los demás pueblos de la tierra, para que a través de él, todos los hombres pudiesen llegar al conocimiento del único Dios verdadero.  Pero casi todos ellos fueron rechazados, perseguidos y hasta asesinados, como Jesús deja plasmado  en el relato de la parábola, donde incluso prevé su propia muerte, tal como él había anunciado antes: “.Poned en vuestros oídos estas palabras: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres.” (Lc 9,44).

 

Podemos decir que no estamos ante un relato imaginario sino ante una historia real en sus rasgos fundamentales. Este fue el destino de Jesús por la coincidencia de una fusión indescifrable entre el plan salvífico de  Dios y el comportamiento de los responsables de Israel y de  su propio pueblo. Como  último enviado de Dios a su querida viña, el Hijo, fue echado fuera de Jerusalén y ajusticiado a petición de ese mismo pueblo. Por eso Israel perderá el privilegio de pueblo escogido, cultivador de la viña del Señor, que se le da a otros viñadores, al nuevo pueblo que es la Iglesia, para que dé el fruto agradable a los ojos de Dios.  

 

Mirando hoy, después de mas de veinte siglos, la viña del Señor, nos damos cuenta que la parábola sigue teniendo una actualidad especial en nuestra misma Iglesia. Una comunidad de hijos, mimada cariñosamente por Dios, plantada en medio del mundo como  testimonio del amor de Dios que quiere el bien de la humanidad, invitándola  a una vida feliz en el marco del Reinado de Dios.

 

Somos la viña del Señor y su plantel preferido. Él espera de nosotros una buena cosecha. Esto supone todo un reto para los que hoy nos reunimos en nombre de Jesús:¿Creemos y proclamamos la esperanza cristiana? ¿Sabemos y creemos en la misión que tenemos los cristianos como testigos Cristo, fundamento de toda esperanza humana? ¿En nuestros interminables rezos, buscamos implicar a Dios en nuestros intereses personales o dejamos que Él nos implique a nosotros,  comprometiéndonos en extender su amor y su misericordia a todos los hombres?...  La viña del Señor, la Iglesia, debe dar buenos frutos, uvas dulces y sabrosas, no agrazones desagradables.  Por eso, la Iglesia no puede quedarse confinada en sí misma: la verdad y el amor que el Señor ha sembrado en ella debe contagiarse, anunciarse para iluminar a todos los hombres, a pesar de  la resistencia cada vez más fuerte por parte del mundo a aceptar los valores cristianos.

 

Manuel Antonio Menchón

Vicario Episcopal

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