CORREGIR Y DEJARSE REVISAR

En el Evangelio de hoy, el Señor habla la corrección fraterna que debe pretender el cambio de comportamiento, la conversión al camino del seguimiento evangélico de nuestros hermanos en la fe.

Mantenernos indiferentes ante una conducta inmoral de un discípulo del Señor,  nos hace cómplices de que  pueda crear motivos para una crítica desaforada por los que, desde fuera, miran con lupa la vida de los cristianos y también escándalo  en los mismos miembros de la comunidad.

Como el profeta Ezequiel nos dice en la primera lectura, cada cristiano hemos sido puestos como “centinelas” de nuestras propias comunidades y una de las tareas de vigilancia  es la de exhortar en nombre del Señor y de la Iglesia  a quienes dañan la credibilidad y  la imagen del la Iglesia del Señor.

El Señor, orientando desde el principio la vida de la comunidad de sus discípulos, expone el proceso de la corrección fraterna por pasos: En primer lugar “a solas”, para que la imagen del hermano no quede deteriorada ante los demás, sobre todo, si el pecado cometido no es público ni notorio

Se trata de una corrección desde el amor que debe reinar entre los hermanos, no de “señalar con el dedo”, juzgar  y condenar  por anticipado, teniendo siempre en cuenta, que si no escuchamos las motivaciones del pecador, a lo mejor podemos calificar su actuación de una manera muy subjetiva, fijándonos sólo en las apariencias.

Si el hermano acoge con humildad la corrección y expresa su deseo de conversión, “has salvado a tu hermano”.

Pero también puede ser que persista en su conducta y además intente justificarla con eso de  que “todo el mundo lo hace” o echando en cara al amonestador que “tu eres peor que yo”. Entonces  “si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos.” Y si tampoco entonces hace caso, “díselo a la comunidad”.

Pero, realmente ¿quién puede reprender a un hermano sino el que es capaz de dejarse corregir y lo ha experimentado en varias circunstancias, dejándose censurar por la propia Palabra de Dios y  por otros miembros de la comunidad?

La verdad es que no nos hace mucha gracia que nos corrijan. Nos suele molestar, sonrojar, y  hasta herir nuestra  vanidad y soberbia.  No siempre estamos dispuestos a aceptar la buena voluntad de quien nos llama la atención, más bien lo vemos como un enemigo  ante el que hay que defenderse y justificarse como se pueda. Tal vez, en ocasione hacemos nuestra la frase: la mejor defensa es un buen ataque”, por eso  contraatacamos insultando o desautorizando a quien nos corrige.

En definitiva que  a la vez que queremos ayudar a quitar la mota del ojo ajeno, dejemos que nos ayuden a quitar la viga del nuestro.

Manuel Antonio Menchón

Vicario Episcopal

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