TESORO EN VASIJAS DE BARRO

Seguro que todos hemos oído historias, más bien ficticias que reales, sobre tesoros escondidos bajo tierra o en cuevas o en el mar. Siempre ha habido aventureros que han ido a la búsqueda de tesoros que les hagan ricos de por vida, como la llamada “fiebre del oro”.

Tal vez  ese corazón aventurero no va con nosotros, pero también hoy esa epidemia de “fiebre del oro” sigue viva en  muchos de nosotros.  Y vamos de un lado al otro intentando buscar tesoros de riqueza en los negocios, en cuentas bancarias, en posesiones… En realidad lo que buscamos es la verdadera felicidad.

San Pablo, repasando su pasado y su presente,  escribía a los cristianos de Filipos: “…cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por cuyo amor lo he perdido todo, y lo tengo por basura”

¡Que buena explicación de las parábolas del tesoro y la perla, que hoy nos relata el Evangelio, da Pablo, tal vez sin conocerlas!

Pablo relativiza todo lo que antes para él era su riqueza: dinero, creencias, tradiciones, fanatismos…y se centra en lo esencial: Cristo muerto y resucitado y no quiere saber otra cosa, porque se ha  encontrado con Alguien que lo ama incondicionalmente Al encontrarse con Jesús, se encontró con el amor humanado de Dios, al que aprendió a invocar  con el término afectivo y lleno de ternura de “Abba” ("Padre querido"). Lo único que desea es "estar con Cristo", que es "lo mejor" que ha encontrado en su vida. 

 

Después reconocería que ese tesoro en nuestras manos es como si fuese guardado en vasijas quebradizas de barro, por nuestras fragilidades humanas, incoherencias, inseguridades….

 

Como Pablo, Francisco de Asís, al oír en el Evangelio que los servidores de Cristo no debían poseer oro ni plata, ni alforja, ni calzado ni dos túnicas, exclamó: “Esto es lo que yo buscaba y lo que quiero cumplir”. Y decidió seguir el Evangelio y los pasos del Señor.

 

"Es lo que yo buscaba", dicen algunas personas, hoy día, cuando escuchan o leen algún relato evangélico y lógicamente quieren vivir esa nueva experiencia junto a otros que se supone que ya han encontrado también ese tesoro: los cristianos. Pero la verdad es que, en más de una ocasión, se encuentran con vasijas rotas, que han ido dejando el tesoro de la fe por el camino, sin darle ningún valor, porque tampoco tuvieron que arriesgar nada, para conseguirlo, ya que nunca fue un tesoro que le llenó de alegría, sino una carga pesada, que había que soportar Y entonces se preguntan: ¿Es verdad  que los cristianos han encontrado  con Cristo que llena sus vidas con alegría?

Manuel Antonio Menchón

Vicario Episcopal

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