“VENID A MÍ LOS CANSADOS Y AGOBIADOS…”

 

Jesús hablaba a las personas que estaban abrumadas y cansadas de una vivencia religiosa abrumadora… Para un judío de aquella época, la religión era algo así como un catálogo de normas y normas y más normas, reglas interminables que los Doctores de la Ley, repetían constantemente, poniendo en ese cumplimiento la voluntad de Dios. Ese rabinismo secaba el alma, quedaba en obras exteriores, era incapaz de entusiasmar.

 

Por eso las enseñanzas de Jesús, sobre un Dios Padre libertador, que no busca esclavos sino hijos, fueron rechazadas por aquellos maestros religiosos, pero bien acogidas por las gentes sencillas que, liberadas del peso de leyes,  afirmaban: “Este sí que enseña con autoridad y no como los escribas”.

 

Jesús, en el texto evangélico de hoy, da gracias a su Padre Dios, porque gracias a Él, los sencillos ha acogido gozosamente el evangelio, mientras los “sabios y entendidos”, no han abierto su corazón a esa revelación divina. 

 

No es que el Señor esté contra la capacidad intelectual o contra la sabiduría adquirida con el esfuerzo de un sólido estudio, pero lo que no acepta el endiosamiento de aquellos que con soberbia y engreimiento se cierran a otra verdad que no sea la suya, que miran a  los demás, especialmente a los que no han alcanzado su nivel de conocimientos, por encima del hombro, que creen saberlo todo y nadie tiene que enseñarles nada. Los sabios y entendidos pueden ser unos intelectuales en las cosas del mundo y, sin embargo, ser unos excelentes ignorantes, indiferentes y equivocados sobre los misterios de Dios.

 

Por eso Jesús da gracias a su Padre, porque  ha abierto al Evangelio, el corazón y mente de los sencillos, los que tienen puesta su esperanza en Dios, los pobres de Yahvé que confían en él, y no en los poderes y en la ciencia de la tierra. Y da gracias porque eso le ha parecido mejor, porque la característica de su reino es la humildad y la mansedumbre, con las que él viene a este mundo, dominado por la soberbia y la pretendida autosuficiencia, pero  cargado de inhumanidad, donde brillan por su ausencia la mansedumbre y la humildad.

 

Por eso a sus discípulos les dice que aprendan de él, "que es manso y humilde de corazón". El Señor está diciendo que aceptando su yugo, se hace ligera la carga, y suave la ley, porque el evangelio, promovido por el Espíritu Santo, es descanso vida y paz. Lo duro se hace blando, la rigidez se dulcifica y enternece, el amor todo lo supera.

 

El “venid a mí…” del Señor, es una invitación que hoy se dirige a todos los que están acosados por las preocupaciones, desanimados por la tristeza, sumergidos en el pecado, para liberarlos y serenarlos, porque quiere la salvación y felicidad de todos los hombres, sus hermanos. No quiere vernos abrumados como gente sin pastor y sin amor de nadie.

 

Manuel Antonio Menchón

Vicario Episcopal

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