MIRAR AL CIELO Y A L SUELO

Fiesta de la Ascensión del Señor

 

Hoy, al contemplar a Jesucristo que asciende al cielo, nuestro corazón recupera la esperanza cristiana hacia nuestra propia asunción, cuando Cristo nos lleve consigo hacia ese destino glorioso, para que “donde esté él, estemos también nosotros”,  por toda la eternidad.

 

Pero la esperanza de nuestra subida al cielo de la mano de Jesús, no puede  ni debe servirnos para desentendernos de la vida de cada día, de la nuestra y de la de aquellos con quines el Señor ha decido que compartamos nuestros años de existencia. No podemos quedarnos extasiados “mirando al cielo”. Como los discípulos tenemos que bajar del monte y “volver a la ciudad”, a la vida cotidiana con la responsabilidad de nuestros quehaceres y con la vigilancia para  que su encanto  no se la coma la rutina, buscando en cada momento impregnar con la fuerza del Evangelio nuestras propias actitudes, pensamientos, opciones y modos de vida, así como las diversas realidades humanas que nos rodean.

 

No se trata de perder de vista nuestro destino eterno, no podemos dejar de dirigir nuestra mirada  esperanzada al Cielo. Pero, sin dejar de mirar siempre hacia donde Cristo está glorioso, preparándonos el sitio en la moradas celestiales previstas por el Buen Padre Dios, hemos de mirara también a suelo, para  vivir intensamente la vida cotidiana como Cristo nos ha enseñado: gastando nuestra vida por servir y amar, especialmente a los que necesitan más cuidados y amor, porque “nadie tiene más amor que el que da la vida por los que ama”.

 

El “anhelo a las cosas de arriba” en lugar de dejarnos indiferentes frente a las realidades terrenas,  nos compromete a trabajar por transformarlas, con la fuerza del Espíritu que  el Señor nos prometió. ¡Hay mucho por hacer! ¡Hay mucho que cambiar, en nosotros mismos y a nuestro alrededor! ¡Muchos dependen de nosotros! ¡Es todo un mundo el que hay que transformar desde sus cimientos! Y lo que nosotros dejemos de hacer, se quedará sin hacer, porque en esta respuesta a la llamada del Señor a trabajar en su viña, no hay sustituciones, cada uno tiene asignada su tarea.

 

Este es el trabajo al que nos llama, con la fuerza de su gracia, sin la cual nada podemos., el que sentía compasión porque las gentes andaban como ovejas sin pastor y pedía obreros para la mies, para de anunciar con palabras y gestos  su Evangelio a tiempo y destiempo, para hacer un mundo más humano, más fraterno, más reconciliado con Dios y consigo mismo.

Manuel Antonio Menchón

Vicario Episcopal

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