NO HACE FALTA VER, SINO SABER

El  relato evangélico de hoy, nos narra el episodio de dos encuentros de Jesús Resucitado con sus apóstoles; los dos se localizan en Jerusalén, pero no suceden el mismo día ni tienen el mismo objetivo. El primero se efectúa al atardecer del mismo día de la Resurrección, en el que, como en otras apariciones del Resucitado, Jesús se presenta inesperadamente y llena de alegría los corazones de los discípulos, a los que les encarga la misión evangelizadora. 

Una semana después, el Resucitado vuelve a hacerse presente, pero esta vez con un motivo muy especial. Se trata de un encuentro con un discípulo en particular. El incrédulo Tomás, no estaba en su comunidad, cuando ésta se alegró de ver al Señor, pero necesitaba, para seguir unido a esa comunidad creyente, una comunión de fe en la Resurrección, porque la fe en Cristo resucitado, tiene que partir siempre de un encuentro personal con él, para adherirse a la comunidad de la Pascua.

Cuando el Resucitado sale al encuentro de un discípulo, nace un creyente; cuando sale al encuentro de la comunidad: nace la Iglesia

La primera aparición es, por tanto, como la certificación del nacimiento de la Iglesia misionera. La segunda, en cambio, se centra en el camino individual para llegar a la fe en la resurrección.

A Tomás, el Mellizo, no le  valió la experiencia de sus colegas, tuvo que ver al Resucitado; hubiera sido mejor  creer fiándose del testimonio de sus compañeros, así participaría de esa felicitación del Señor: “Dichosos los que crean sin haber visto”. Pero esa aparición al incrédulo Tomas, nos viene bien a todos para “bajarnos un poco los humos” de creer que la fe en Cristo Resucitado depende exclusivamente de nuestro testimonio.

De todos modos, Tomás es paradigma de la dificultad de la segunda y siguientes  generaciones cristianas para creer sin ver. En realidad, Tomás no pedía más que lo que Jesús concedió a los demás discípulos. Lo que también quisiéramos nosotros.  Pero una cosa es que se nos pueda conceder  y otra que lo exijamos para creer.

Cuantas menos constataciones palpables tengamos, mayor oportunidad tendremos ser creyentes bienaventurados. Para ser testigos del Jesús Resucitado, enviados por Él a comunicar la “mejor de las noticias” al mundo, no hace falta, pues, haberle visto, sino saberlo vivo. Sentir vivo a Jesús, en medio de nosotros, sin necesidad de palpar las marcas de las llagas como seña de identidad de su cuerpo resucitado.

Manuel Antonio Menchón

Vicario Episcopal

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