Hay un refrán que dice “más vale una imagen que mil palabras”; algo así ha debido entender la liturgia de este domingo al proponernos dos imágenes muy sugestivas. Una primera es la que nos cuenta el profeta: «Aquel día brotará un renuevo del tronco de Jesé y de su raíz florecerá un vástago». Se trata de un árbol caído, seco en su tronco…, pareciera ya sin vida; y, sin embargo, de él brota una rama verde. La imagen de ese renuevo le sirve al profeta para anunciar la esperanza en Dios. Ante las injusticias y sufrimientos, el dolor no tiene la última palabra; la vida renacerá, porque Dios mismo vendrá a hacer justicia a su pueblo. Isaías canta la esperanza en adviento al descubrirnos que, en un mundo de cansancio, fatigas y pecado, se abre paso, poco a poco, la vida que hay en Dios. El Señor viene.

Es este precisamente el anuncio de Juan el Bautista. Aquí tenemos la otra imagen: un hombre humilde, vestido de una forma austera y con una vida sencilla. No puede pasar desapercibido.  Es la voz que nos invita a preparar el camino al Señor: ese Dios anunciado por Isaías, ya está cerca. Sus palabras son duras, pero iluminadoras para nosotros que vivimos en un tiempo en el que el modo de prepararnos a la navidad sufre las consecuencias de una sociedad materialista.

¿Cómo preparar esta llegada? Juan habla de conversión. Adviento es tiempo de conversión. Y de lo que se trata es de aquel cambio interior que se traduce en frutos de buenas obras. La conversión no puede quedar en buenos propósitos, ni se puede reducir a deseos, sino que ha de verse de forma concreta en la vida. El fruto va más allá de acciones puntuales, por muy buenas que sean. Hay que rasgar los corazones, no las vestiduras. Es la expresión de un nuevo estilo de vida según el modelo que es Cristo y sostenidos por su misma presencia. No es suficiente con no hacer el mal, que ya es mucho, hay que hacer el bien.

Como vemos, no se trata de esperar cruzados de brazos. Juan nos invita a construir un camino. Eso sí, un camino que pasa por el desierto, que es silencio, escucha, reconciliación y celebración. Cultivar la intimidad con el Señor es el corazón del adviento. Es igualmente un camino que pasa por la caridad. El Señor viene, mientras tanto podemos comenzar a construir una convivencia más fraterna; mientras tanto podemos acoger al otro sin acusaciones, descalificaciones ni etiquetas, mientras tanto podemos empezar a mirarnos a la cara sin desconfianza ni sospecha porque somos hermanos. Como dice el apóstol, mientras tanto, se trata de tener en nosotros los mismos sentimientos de Cristo.

Francisco Sáez Rozas

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