Todos los años por estas fechas, casi de forma mecánica, se remueven las entrañas del complejo mundo de la publicidad, y a través de sus sofisticados medios inundan todo el ambiente de una palabra: Navidad. Y así, durante semanas, oiremos una y mil veces “feliz navidad”. Y la cosa no tendría más importancia si no fuese porque toda esta realidad, tan respetable para la economía, incluso la creación de nuevos puestos de trabajo, hace que nos dejemos arrastrar por nuestra sociedad, perdiendo de vista el verdadero centro de lo que celebramos. Pues bien, este tercer domingo es el que nos recuerda el fundamento de nuestra alegría “El Señor viene en persona y nos salvará”. Es un gozo que se fundamenta en su presencia, que no depende de lo externo, y que, aun a pesar de las dificultades, confía en la fuerza y la paz que le vienen del Señor.

Este anuncio es el que parece vivir Juan el Bautista en el evangelio. Él es el precursor; no reclama para sí ni medallas, ni reconocimientos. Su vida consiste en señalar al que verdaderamente trae la salvación. Es una actitud a no dejar pasar por alto. La tentación de anunciarnos a nosotros mismos, de reclamar que la atención se centre, no tanto en el mensaje cuanto en el mensajero, es muy real.

Desde la cárcel Juan manda que sus discípulos pregunten a Jesús si él es el Mesías, pues parece que sus obras no correspondían a lo que él esperaba. Y Jesús remite a su vida: «Id y decid a Juan, los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios; los sordos oyen… y a los pobres se les anuncia el evangelio». Posiblemente Juan esperaba un Mesías más poderoso, que juzgara con radicalidad la situación y que implantara de forma fulminante el Reino. Pero el camino del Señor, su mesianismo, no pasa por el poder y la fuerza, sino por el servicio y el amor. Y el reenvía a los pequeños signos que muestran como en lo cotidiano de la vida Dios ya está salvando.

Adviento nos anuncia que no es momento de cruzase de brazos y resignarse con un mundo cada vez más herido. Es tiempo de amar. Decía Santa Teresa de Calcuta: «Esperamos con impaciencia el paraíso, donde está Dios, pero ya aquí en la tierra y desde este momento podemos estar en el paraíso. Ser felices con Dios significa amar como Él, ayudar como Él, dar como Él, servir como Él». No son necesarias obras enormes, sino pequeños gestos de amor. En el evangelio hay toda una teología de la ternura que siempre es curativa. Se ejerce con las palabras, las manos, las miradas, el corazón… se concreta en caricias, abrazos, saludos, en gestos de perdón, de compartir…. Seguramente pasarán desapercibidos, pero, realizados como Él, son verdaderamente liberadores.

Francisco Sáez Rozas

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