En estas semanas de adviento, la palabra de Dios nos ha ido acompañando de la mano de creyentes que supieron esperar. Hemos escuchado a Juan Bautista pregonar la conversión, exhortarnos a preparar nuestra vida. Hemos leído al profeta Isaías, cuyos mensajes, llenos de utopía, nos invitaban a la esperanza: creer que todos los desiertos pueden florecer, que de las espadas se pueden forjar arados y de las lanzas podaderas. Y por encima de todos, hemos contemplado la obediencia y disponibilidad de la Virgen Maria, que hace posible la entrada de Dios en nuestra historia.

Un último personaje nos falta; San José. Poco se nos dice de él en los evangelios, solo que “era un hombre justo”. Pero ¡cuánto contenido en una única palabra! De San José estamos llamados aprender muchas cosas: acepta el plan de Dios sin poner obstáculos, se pone a su servicio, sabe caminar en el desconcierto, pues percibe el misterio de Dios en su vida, aunque no lo entienda, le supere y desconcierte, no juzga ni hiere a las personas, no pretende para sí protagonismos, solo colabora con su sencillez en el plan salvador de Dios. Y es que Dios bendice siempre lo pequeño.

Este domingo nos enseña que la fe cristiana es descubrir con gozo que Dios está inserto en lo profundo de nuestra vida, en el fondo de nuestra historia: Es “el Dios-con-nosotros”. Lo que sucede es que, con frecuencia, nos hemos fabricado un “Dios-para-nosotros”. Nos resulta más cómodo. Nos viene bien un “dios” que mantiene las distancias, que no nos exige mucho, no nos incomoda en nuestra manera de vivir, y al que incluso podemos acudir en los momentos de necesidad.

Pero con el misterio de la navidad hemos de aceptar el riesgo de que el Hijo se hace hombre. De tal forma se ha hecho compañero de camino (se ha encarnado), que ya no puede dejar de preocuparse por la historia que Él mismo ha asumido, y a la que pertenece. Y así, la navidad se convierte también en una llamada. Llamada a renovar el gozo de sabernos amados entrañablemente por un Dios que no aguanta la distancia que genera el pecado. Llamados a mirarnos en la espiritualidad de San José, y a sumergirnos en esa dinámica de hacernos servidores desde la confianza en que Dios camina con nosotros.  

Navidad, pues, puede suponer comer felices, hacer regalos y todo cuanto de lícito tiene la vida de los sentimientos, de los afectos, ...  pero es otra cosa; es percibir que los hombres no están solos, que sus vidas no están solas; que tras nuestras limitaciones y pecados hay una señal que nos indica cual es la senda que Dios recorre con los hombres: la del amor. Y ese amor es el que hace que esté con nosotros (Emmanuel) “hasta el final de los tiempos”.

Francisco Sáez Rozas

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