Todos tenemos alguna imagen o concepción de Dios que nos hemos construido. Pero, ¿coincide con el Dios del que nos habla la Biblia? Unas veces la imagen nos la hemos hecho nosotros. Nos hemos fabricado un “dios” a nuestra imagen y semejanza, escogiendo unos rasgos que se amoldan más a nuestra manera de pensar y vivir, en detrimento de otros. Otras veces, la imagen que tradicionalmente se nos ha transmitido ha podido ser incompleta o parcial. Pues bien, al inicio del tiempo ordinario, lo primero que hace la liturgia de la Palabra es invitarnos a profundizar en el misterio de la persona de Jesús a través del testimonio que Juan Bautista nos ofrece sobre Él.

Juan lo presenta como “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Para quien le escuchaba, cordero de Dios hacía referencia, no solo a la mansedumbre y obediencia, sino al cordero pascual, cuya sangre liberó al pueblo de Israel de la muerte, y cuya carne fue alimento para el mismo pueblo al comienzo de su éxodo de Egipto (Ex 12,1-4). Es así como Juan nos adelanta la misión de Jesús: Él será quien, con su muerte y resurrección, libere y alimente a los que crean en Él y le sigan por la vida. De esta manera el Bautista invita a todos los hombres de toda época, a mirar a Jesús como el Hijo de Dios, sin reduccionismos ni falsificaciones, en quien encontramos la salvación y la vida.

Por otra parte, la liturgia de este domingo constituye también una invitación a fijarnos en la figura del Bautista una vez más. Juan se presenta como aquél que da testimonio, y que nos descubre un aspecto importante de la misión: señalar con la propia vida, no solo con los discursos, la presencia salvadora de Dios en nuestra historia. Pareciera que los cristianos hoy, por decirlo en palabras del propio Bautista, hemos sido bautizados “con agua”, pero nos faltara aún “ser bautizados con Espíritu Santo y fuego”. Decía aquel autor, «jamás nadie se ha emborrachado a base de pensar intelectualmente en la palabra “vino”». Para gustar y saborear a Dios no basta teorizar sobre Él, sino dejar que sea Él mismo quien nos vaya modelando. Es necesario vivir con intensidad nuestro bautismo, beber del Espíritu.

El testimonio comienza, pues, en la intimidad del encuentro con Dios. Pero no se detiene ahí. La fe actúa por la caridad, desde Dios se abre a la vida. Por ello el cristiano, para ser testigo hoy, tiene que ir superando las fronteras que nuestra sociedad nos quiere imponer. Siempre hay una seguridad que abandonar, una actitud de comodidad que es preciso superar, un miedo que necesitamos vencer. No se trata solo de valorar lo realizado en el pasado, sino de descubrir las posibilidades del presente y abrirlas al futuro. Un creyente consigue ser “luz de las naciones” en las pequeñas fidelidades; cuando es capaz de entrega y amor en los distintos ámbitos de la vida, familiar, laborar, parroquial… Para que nuestro testimonio sea universal, no hay que irse muy lejos; el servicio que se rinde al prójimo más cercano, se convierte en un servicio a la humanidad entera.

                                                        Francisco Sáez Rozas

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