UN ANTICIPO EN EL CAMINO

En  el camino cuaresmal, para recordar una vez más que lo definitivo para  Jesús no fue el dolor, la tortura, el desprecio, la muerte y la sepultura, contemplamos la gozosa experiencia de la  Transfiguración, aviso de caminantes en pos de Jesús, cargados con la cruz, que no es la que pondrá punto y final a nuestra existencia, sino  que estamos llamados a  con-resucitar con Cristo en  la Pascua, que vence a la muerte  para que triunfe   el Amor eterno de Dios para nosotros.

Pedro, Santiago y Juan experimentan algo fascinante, maravilloso en aquel monte elevado sobre un valle de Galilea: ven al Señor transfigurarse ante sus ojos, lo ven en toda su majestuosidad esplendorosa, perciben su Gloria, y aunque esta grandísima y formidable experiencia los asusta, es más la felicidad sorprendente que inunda el corazón de los apóstoles, que incluso proponen quedarse allí eternamente.

A veces sucede algo parecido en nuestro propio camino peregrinante de fe: Dios nos concede en circunstancias adecuadas unas experiencias espirituales intensas que quisiéramos que se prolongaran para siempre, que nunca se acabaran. Sin embargo,  momentos así no persisten para siempre, tal vez sean sólo unos instantes. Porque, al pie de la montaña, aún queda camino que recorrer en el seguimiento a Jesús. Hay que volver a la vida cotidiana, al quehacer de cada día, a la lucha contra las  tentaciones de la vida, a veces también a la rutina tediosa, a padecer agobios cansancios, problemas, reveses, contratiempos…

La Transfiguración, en nuestra peregrinación cuaresmal, nos recuerda lo importante que es valorar y atesorar aquellas momentos de intenso gozo espiritual que Dios nos regala en alguna etapa del camino, para sean el aliciente que nos dé fuerza para no sucumbir ante las tentaciones o espejismos que, en  lo cotidiano, nos invitan a abandonar el camino del Señor o ante el peso de la cruz  que cargamos por el camino que conduce a la gloria,

Como la  fue el gozo de la Transfiguración para los Apóstoles, las experiencias  religiosas intensas que se nos regalan en nuestra vida, como puede ser el tiempo cuaresmal,  son un insignificante  aperitivo de lo que Dios nos ofrece en el banquete eterno del Cielo,  aquello que “ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman”, si perseveramos en el camino que Jesús nos enseña

Hagamos nuestra en nuestro itinerario cuaresmal, la afirmación de  San Francisco de Asís: “Tan grande es el bien que espero, que todo mal me es pasajero”.

 Manuel Antonio Menchón

Vicario Episcopal

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