Nos presenta este domingo el inicio del ministerio público del Señor; tras el encarcelamiento de Juan Bautista, Jesús comienza su misión.  Su anuncio es muy directo: «Convertíos porque está cerca el Reino de los Cielos». El tiempo se ha cumplido, la espera del pueblo que anhelaba que Dios actuara, ha encontrado su cumplimento en Cristo; en Él Dios ya actúa salvando. Es este el evangelio de Jesús, la “Buena Noticia” que hay que llevar a todos.

A la vez Jesús nos indica la necesidad de la conversión para acoger esa acción en nuestra vida. Convertirse es mirar nuestro caminar, para darnos cuenta si la senda que recorremos en la vida nos acerca o nos aleja de Dios. El Reino se ha hecho presente en Cristo, pero no es siempre el lugar hacia el que nos dirigimos, seducidos por la comodidad, lo placentero y lo material que nuestro mundo nos propone.

Es esta la tarea que hoy tenemos que continuar. La misión de la Iglesia es prolongar la misión de Jesús, es decir, anunciar que Cristo sigue transformando el corazón del hombre que se acerca a Él para salvarlo. Y no es esta una tarea fácil. No faltan voces que dicen que, ante una sociedad que le ha dado la espalda a Dios, no es el momento oportuno. Convendría esperar situaciones mejores. Pues bien, Jesús comienza en el momento menos oportuno. Pareciera que todo está terminado, “Juan había sido arrestado”, su voz había sido callada; es entonces cuando comienza a predicar. No busca la facilidad de un auditorio entregado a su mensaje, ni pospone el comienzo de su misión a momentos mejores.

Además, predica en el lugar menos adecuado. No parte de Jerusalén, centro religioso del momento, sino de la periferia, de Galilea. Jesús no se instala donde brilla la luz, sino donde hay tinieblas. La buena noticia resuena en la periferia, allí donde hay soledad y heridas en el hombre; allí donde se da la pobreza y el pecado, es donde hay que hacer presente la misericordia como aquella acción concreta del amor que, perdonando, trasforma y cambia la vida. El Reino de Dios no sigue el trazado de los mapas, donde hay un hombre, allí hay una posibilidad para el Reino.

Y para llevar a cabo esta misión, llama a unos hombres en los que seguramente nosotros no nos habríamos fijado, unos pescadores. Tampoco adapta el mensaje a lo que la gente quiere escuchar.  A ellos no les presenta una doctrina que aprender, sino un camino que seguir: predicar y curar en su nombre. Como a ellos, también a nosotros el Señor nos llama a predicar y a curar, a anunciar su reino, sin cálculos de si es este el momento adecuado o el lugar idóneo. Los discípulos dejándolo todo lo siguieron. Hoy nos toca a nosotros completar esta página vocacional.

                                                    

                                                     Francisco Sáez Rozas

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