Las personas no solo nos comunicamos con la palabra, a veces la expresión corporal, nuestros gestos y actos, son también capaces de transmitir. Miradas, caricias, sonrisas, que dicen más que las propias palabras. Algo de eso encontramos al inicio del evangelio que escuchamos hoy: «Al ver a la multitud, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos, y él se puso a hablar enseñándoles», constituyen la introducción de todo el Sermón. Es interesante la postura del Señor, la palabra “se sentó” nos recuerda la posición del maestro que enseña. Cuando el texto dice que subió a la montaña”, parece sugerir lo que le sucedió a Moisés en el Sinaí el día en que Dios promulgó su ley (Ex 19, 17). Ahora es Jesús, el Señor, el que habla desde el monte, igual que un día Dios habló desde el Sinaí. Así pues, con esta introducción tan sencilla, San Mateo indica que el Señor habla con la misma autoridad con la que habla Dios, y lo hace para darnos una nueva “ley”: las bienaventuranzas. ¿En qué consisten?

Es que las bienaventuranzas nos desconciertan, pues declaran dichosas a personas que, de ordinario, nosotros consideraríamos desgraciadas. La primera de ellas condensa, de algún modo, las demás: llama dichosos a los pobres de espíritu, a aquellos que en su interioridad experimentan su pobreza (soledad, enfermedad, carestía económica…) y su seguridad está en Dios. Sobra decir que los llama dichosos no por su sufrimiento y pobreza. La dicha está en que Dios se ha fijado en ellos con un amor preferencial. Para ellos ya ha llegado el Reino. Los profetas habían descrito los tiempos mesiánicos como aquellos en que los pobres, los hambrientos, los que sufrían iban a sentirse ricos, saciados y confortados. Jesús proclama que ese tiempo ya ha llegado en Él. Por eso las Bienaventuranzas no son solo un compendio de normas morales sino, sobre todo, un anuncio gozoso de que Dios ya está actuando en la vida de los humildes, constituyen un programa de vida. Si algo parece claro es que Dios no es insensible al dolor y a la soledad del hombre. No quieren ser las bienaventuranzas una especie de “anestesia” que nos resigne y conforme con el dolor. Ellas son una expresión de la compasión y de la misericordia de Dios que nos urge a actuar a todos.

Otro gesto que dice el evangelio es que los discípulos se acercaron a Él. Las bienaventuranzas no son fruto de la búsqueda del hombre, sino un don de Dios, una posibilidad que Él nos ofrece. Hoy vivimos en una cultura que nos programa para buscar la felicidad por caminos más materiales y placenteros. Un mundo así, no puede entender este programa. Pero, ¿qué sucedería si viviéramos con un corazón más sencillo, con más limpieza de corazón, perdonando y procurando la paz entre todos, estando más atentos a los que sufren? Las bienaventuranzas nos invitan a preguntarnos si tenemos bien planteada la vida. En ellas encontramos una palabra distinta, una felicidad distinta e insólita, pero no por ellos menos real. Todo está en acercarse a Él.

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