LA TENTACIÓN ESTÁ CERCA

Aunque es verdad que se está dando, en esta época, un cierto renacer en la espiritualidad de algunas personas, un querer acercarse a Dios. También es verdad, que  muchos creyentes han hecho suyo el deseo de la corriente laicista de querer vivir como si Dios no existiera.

Los cristianos que piensen y, sobre todo, que vivan así,  tienen una cierta  responsabilidad  en que las nuevas generaciones sean escépticas respecto a nuestra fe, porque no se ven en ellos ni criterios, ni valores, ni aspiraciones, ni obras que les haga diferentes de los no creyentes.

Y en esa tentación podemos caer todos, si no estamos alerta. Porque la tentación que seduce y avasalla, se presenta siempre disfrazada de bien, como oferta de felicidad: poder, exaltación del ego, gloria, vanidad, adulación, afán de lucro, de poder, de bienestar y de comodidad… Estas y muchas cosas más  las provocaciones que invitan  a vivir marginando a Dios de nuestras vidas, de la sociedad, del mundo, porque es el único estorbo para conseguir que se hagan realidad esos sueños.

En definitiva cuando la tentación nos conquista, nos lleva a querer quitarle a Dios  su posición y colocarnos nosotros en su lugar. Pero resulta que como no sabemos ser dioses, porque ni lo hemos sido ni lo seremos nunca -por más que nos lo creamos-, al final podemos terminar siendo, no ya unos seres humanos – con lo que significa el valor de  humanidad-, sino unos “pobres diablos” que arrastramos a otros  a   nuestro mismo fracaso de endiosamiento.

El evangelio de este primer Domingo de Cuaresma nos habla de cómo Jesús permitió ser tentado por Satanás. Como dicen las Escrituras, Jesús fue probado en todo igual que nosotros: tentaciones, dolencias, ingratitudes, traiciones, amenazas, desavenencias, difamaciones, desamparo, deslealtades y hasta la muerte. Lo que lo diferencia de nosotros es que nunca sucumbió a la tentación de endiosarse sobre los demás. Y eso tiene merito, ya que, “a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos.”

Siendo uno de tantos quiso dejar como lección que el verdadero valor del hombre, que se reconoce creatura de Dios, es la verdadera libertad. Ser libre es no dejarse llevar por nada ni nadie que no produzca bien, justicia y honradez. Solo siendo libres realizamos el proyecto de Dios, somos hijos de Dios.

Pues bien, la Cuaresma es una nueva oportunidad que nos brinda el Señor para hacer un alto en nuestras vidas. Reflexionar en si hay coherencia entre lo que creemos  y lo que hacemos y si somos verdaderamente hijos de Dios, libres y libertadores de nuestros hermanos.

Manuel Antonio Menchón

Vicario Episcopal

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