Vosotros sois la sal y la luz del mundo”. Probablemente, la gente sencilla que escuchaba al Señor captaba rápidamente el simbolismo que estas palabras encerraban. Con ellas Jesús describe tarea que va a confiar a sus discípulos. La sal y la luz son para los demás; la sal tiene la función de dar sabor, de conservar y preservar. La luz aporta claridad en lo que hay de oscuridad en la vida. Así, Jesús nos descubre la dimensión misionera de la fe; creer es saberse enviado por el Señor. No nos pide el Señor vivir separados o aislados, sino en medio de nuestro mundo, pero como una alternativa, con otros valores distintos a los que hoy se proponen.  

Ser sal y ser luz, esta es la misión, pero ¿cómo serlo? La lectura de Isaías nos ayuda a responder. El profeta hace un anuncio renovado de la salvación de Dios. Pero es un anuncio que implica una denuncia en la manera de “dar gloria a Dios” que muchos tenían. Pareciera como si se hubieran quedado en un culto vacío, practicando una “ayuno exterior”, que no brotaba de un deseo de conversión ni miraba al hermano. Además, satisfechos con su piedad, le reprochaban a Dios que no valorara su esfuerzo.

Es ahora cuando el profeta explica que el verdadero culto a Dios está impregnado de misericordia y compasión. Y la misericordia, lo que hace es traducir el amor en gestos concretos hacia los más débiles (compartir el pan con el hambriento, acoger a los pobres sin techo, vestir al desnudo, no desentenderse del prójimo, no acusar ni levantar calumnias). Quien así vive se convierte en luz.

Y ¿qué luz es la que irradiamos? La tentación de anunciarnos a nosotros, confiando en nuestras fuerzas, es perenne. Pero el Evangelio es suficientemente persuasivo por si mismo, y no depende de la capacidad intelectual del predicador, nos dice San Pablo. De esta manera, vivir el evangelio no es algo que consigamos con nuestras propias fuerzas, sino que significa confiar por entero en la obra de Dios. Ser sal y ser luz comienza por hundir las raíces en Cristo, como aquel árbol, que plantado al borde la acequia, siempre da fruto.

Cuantas veces sufrimos hoy porque, poco a poco, se quiere silenciar a Dios.  Las lecturas son una invitación, no a lamentarnos, más bien a preguntarnos si, por causalidad, nuestra sal no se ha vuelto un poco insípida. Como dice el papa Francisco, es tiempo de volver a lo esencial. La misericordia es la palabra clave con la que la Biblia nos describe el actuar de Dios. Un amor, que no puede ser abstracto, sino que se hace vida día a día. Y esto es importante, porque la credibilidad de nuestro testimonio pasa hoy por el camino del amor misericordioso y compasivo (MV 10).

                                                     Francisco Sáez Rozas

Pin It

BANNER02

728x90