El camino como parábola de la vida humana está presente en todas las culturas. La Sagrada Escritura lo utiliza de manera recurrente para indicar la naturaleza de la vida espiritual. En el pueblo de Israel, amar al Señor y ser fieles a sus mandatos, se expresa como “caminar por sus caminos” (Dt 30,15-16) y “caminar en su presencia” (1 Re 2,4). Así pues, para un judío piadoso era la ley la que le marcaba la senda a recorrer. Lo que sucede es que la vivencia de esa ley había quedado reducida a un cumplimiento externo y vacío, lejos del corazón y que se limitaba a unos mínimos imprescindibles.

Jesús no quiere suprimir esta ley para poner otra. Es la que Dios ha dado a Moisés. Lo que busca es que se viva desde el corazón. No ha venido a derogarla, sino a llevarla a plenitud. En consecuencia, el Señor invita a sus discípulos a vivir una justicia distinta a la que practicaban los escribas y fariseos. Y ¿en qué consiste? La fidelidad y la justicia no se pueden medir en términos cuantitativos, por ello, caminar en la presencia del Señor no puede ser una observancia externa que no brote del corazón. Es necesario hacer del amor el motor que ponga la ley por obra. Y en el evangelio Jesús enumera hasta seis ejemplos concretos de cómo llevar a la vida el precepto. Cuatro los escuchamos este domingo, dos más el que viene. No podemos detenernos en todos, pero veamos el primero:

Sabéis que se dijo no matarás...”, la pena que la ley tenía para quien mataba a otro vale ahora para quien “mata” con la palabra. Hay formas más sutiles de matar: el olvido, la ofensa, la injuria, el insulto, el desprecio…, van “matando” poco a poco al prójimo. El precepto no se limita solo al que mata materialmente, sino también a quien lo hace en el corazón, a quien elimina a su hermano de la propia vida. No quiero pasar por alto el detalle del pronombre “”. El Señor no dice, “si alguien va a dejar su ofrenda sobre el altar...”, sino, “en el momento de dejar tu ofrenda...”. Es una invitación a mirar la propia vida, no la del otro. Una enseñanza que, en definitiva, no es para reprochar, sino para invitar a la reconciliación.

Quien cumpla y enseñe así la ley será grande ante Dios porque no se trata solo de transmitir una enseñanza, sino ante todo de llevarla a la vida. Es en nuestro actuar donde nos jugamos la credibilidad. Decía San Agustín «Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás con amor. Si tienes el amor arraigado en ti, ninguna otra cosa sino amor serán tus frutos. Esta capacidad para el amor no es conquista exclusiva del hombre, solo Cristo puede hacer que un amor así eche raíces en nuestro corazón.                 

                                                         Francisco Sáez Rozas

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