CIMENTADOS EN LA ROCA

Domingo Ordinario IX. Ciclo A

Las enseñanzas de Jesús agrupadas en el conocido por Sermón de la Montaña, terminan con la comparación de la construcción de la casa, que pone de relieve el contraste existente entre dos formas de ser discípulo. Jesús utiliza una imagen propia de su tiempo. Habla de edificar una casa sobre roca o sobre arena. Tal vez hoy diría que unos excavan cimientos sólidos de hormigón armado, para su vivienda y otros, en cambio, se contentan con depositar una casa prefabricada, en un lugar cualquiera, que la más mínima crecida de un torrente puede arrastrarla aguas abajo.

Como hay  dos maneras de edificar la propia casa, hay dos formas de ser discípulo: Los que han hecho de su vida cristiana una  maqueta, un  decorado, y los que la cimentado su fe  en la roca que es  Cristo, diseñada por el arquitecto, que es el  Espíritu Santo.

Así como es muy fácil decir a alguien "te quiero " y fundirse en abrazos y besos, también es fácil decir. “¡Señor, Señor…!”; decir: “yo soy cristiano de toda la vida…”. Pero amar de verdad es mucho más que palabras bonitas, besos y abrazos. Y la fe también es algo más jaculatorias y prácticas piadosas. El amor y la fe se verifican en las obras. “Obras son amores y no buenas razones”, dice nuestro refranero. Tal vez recordarlo sería suficiente para entender las enseñanzas del evangelio del este domingo

Jesús no pide palabras, sino que espera de nosotros hechos, es decir demostrar que lo que decimos con los labios lo llevamos a la práctica Por tanto, la fe no es sólo un sentimiento interior que uno tiene, no es algo privado. La fe tampoco se manifiesta  en unas celebraciones hechas por compromiso social. Incluso la misma celebración de la Eucaristía puede volverse una declaración de buena voluntad, desmentida luego por los hechos. Porque es fácil proclamar en una reunión litúrgica nuestra fe en Cristo como "Señor"; pero no es igual de fácil reconocerlo como "Señor" en lo concreto de nuestra vida de cada día, en todo lo que hacemos, pensamos o deseamos.

El que cumple la voluntad de Dios es el que de verdad vive el Evangelio. Hacer la voluntad de Dios es realizar aquello que gusta a Dios, que es de su agrado. Pero resulta que después de dos mil años de cristianismo y la acomodación de su mensaje a nuestros deseos y caprichos, es muy difícil distinguir entre lo que nosotros pretendemos  conseguir de Dios, que casi siempre es   asegurar que Dios esté de nuestra parte para sacarnos las castañas del fuego y lo que verdaderamente  quiere Dios de nosotros.

Manuel Antonio Menchón

Vicario Episcopal

 

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