La primera lectura de este domingo contiene una invitación exigente: «sed santos…». Ciertamente la palabra santidad no goza de mucha popularidad. Nuestra sociedad la ha desvirtuado y la ha reducido a una especie de piedad religiosa que se desentiende de la vida. Y, sin embargo, es la vocación última de todo bautizado. ¿Cómo hacer, pues, que la santidad vuelva a resplandecer con su verdadero rostro? La lectura del Levítico nos ayuda en este sentido. En ella encontramos los compromisos que el pueblo tenía que cumplir para mantenerse fiel a Dios. Todos ellos se reducían, en el fondo, a uno: «Sed santos como Dios es santo». Es una invitación a contemplar la santidad de Dios y llevar a la vida los mismos gestos de un Dios entrañable, que se compadece de los que más sufren, de los pobres, y que sale a su encentro para sacarlos de sus debilidades.

Jesús en el evangelio lleva a su plenitud este camino de amor que trazaba el código de la santidad del libro del Levítico. Si el Antiguo Testamento entendía por prójimo aquellos más cercanos (familia, pueblo), Jesús no pondrá fronteras; todos son hermanos, incluso los enemigos. La ley de talión (ojo por ojo, diente por diente) no era una invitación a la venganza. Al contrario, significaba ponerle límites a ésta, de tal manera que el castigo no fuera desproporcionado respecto a la ofensa. Con Jesús, esta ley ya no tiene sentido, porque Él propone amar sin correspondencia, pues Dios ama antes que lo merezcamos. El amor humano lleva implícita la reciprocidad; amor con amor se paga, se ha dicho. Pues Jesús invita a un amor gratuito, puro don. Un amor que se no merece y que tampoco exige ser correspondido. Y un amor así, no es exclusivamente conquista del hombre, sino ante todo fruto de la gracia.

El problema es que estas palabras pueden sonar en nuestra sociedad como algo ingenuo. En una sociedad tan competitiva y agresiva como la nuestra, no tiene mucha cabida eso de presentar la otra mejilla. Y como nos parece algo muy exigente, casi utópico, solemos disminuir su exigencia. No se trata de rebajar el evangelio, sino de crecer más en santidad. Este amar sin poner fronteras no es opcional, forma parte del núcleo más original de la predicación de Jesús. El cristiano que no devuelve golpes, que reza por los que le odian, que ama a los enemigos, …. Está recorriendo el camino de la santidad. No debe reclamar medallas, sencillamente vive como discípulo.

Porque, en definitiva, este amor imposible y loco, sugerido por Cristo («pero yo os digo…») es el mismo amor que Él vivirá en su vida, pasión y muerte. Es el amor de Cristo perdonando en la cruz. Es el amor que seguirá siendo el verdadero criterio de la originalidad cristiana.

                                                     Francisco Sáez Rozas

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