La prueba del verdadero amor

 

Ninguna legislación de ningún país  podrá por sí misma conseguir una sociedad mas fraterna, libre de prejuicios, de actitudes soberbia y de egoísmo Porque para conseguir esa situación, que en el fondo todos deseamos, sobre todo cunado los maltratados somos nosotros ha ce falta que cada uno, considere al prójimo como 'otro yo', Y esto no puede imponerlo ninguna ley, por muy social-progresista que se presente, porque esto sólo es posible desde el amor.

 

En el Sermón de la Montaña, que estamos leyendo estos domingos, Jesucristo ofrece una  visión de ese amor necesario de una manera exacta y admirable del amor. Amor que adquiere una belleza sin inigualable cuando se hace extensivo a los enemigos, a los que nos aborrecen, ...a los que nos persiguen y calumnian, porque  el amor del discípulo de Jesús a los hombres no tiene fronteras. Debe parecerse al amor de Dios.

La exhortación de Jesús parte de la “ley del talión”, norma de comportamiento en las relaciones interpersonales y en las demandas judiciales,  nacida en aquella cultura para evitar las venganzas exageradas, usando un criterio de proporcionalidad entre el mal recibido y el mal  a devolver como resarcimiento.   

 

Pero el Señor, continuando con sus exigencias, llevará la venganza al terreno de la actitud  de los discípulos ante los enemigos. Alude a la expresión: “y odiarás a tu enemigo”, que no es del  Antiguo Testamento, sino de la enseñanza de los rabinos. Aunque para aquella cultura, “odiar” no tiene el mismo significado exacto que le amos nosotros. Es simplemente "amar menos" o " amar en segundo plano". Es decir, que al enemigo puedes no amarlo,  que no es necesario que ames al enemigo.

 

El enemigo en contraposición con hermano es el enemigo personal; en contraposición con “prójimo” o “cercano”, significa "el enemigo de la comunidad". Por eso Jesús dice: amad a vuestros  enemigos, haced el bien a los que los odian y rogad por los que os persiguen y calumnian”.

 

Sería suficiente con que el Señor ya nos exigiera un cierto respeto e incluso algún cariño a los que nos hacen mal a nosotros personalmente  o a nuestra familia o a nuestra  Iglesia. Sino exageradamente nos exige algo “imposible”  que les amemos con "amor de caridad"; rebasando nuestra repulsión, nuestro “lógico” rechazo y eliminando nuestro odio con auténtico perdón.

Esa imposible exigencia se hace posible cuando la forma de amar no la aprendemos de los amores humanos, que siempre son restringidos y tacaños, sino cuando la aprendemos del amor de Dios que tan magistralmente nos mostró Jesús con palabras y obras que nos ama, que nos ama no porque seamos buenos, sino porque Él es bueno.

Manuel Antonio Menchón

Vicario Episcopal

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