LUZ Y SAL

Manuel Antonio MenchónTodos los cristianos, por nuestro bautismo, estamos llamados a ser sacerdotes que sirvan de intermediarios para dar a conocer a Dios y llevar a los hombres al encuentro con Él. La mejor forma que tenemos de realizar esa misión de puentes entre la divinidad y la humanidad es la de las buenas obras, como nos dice el Evangelio de hoy.

Nuestro buen hacer cristiano puede trasparentar el amor de Dios a través de nuestro amor al prójimo y así los hombres podrán percibir que Dios es Amor.

Esto es lo que el Señor quiere hoy recordarnos cuando compara nuestra forma de vivir la fe con la “lámpara y la sal”.

Seguramente los algunos oyentes de Jesús, tendrían presente aquellas palabras del profeta Jeremías que recordaba al pueblo cómo brilla la fe, como luz encendida,  en los creyentes: “parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que va desnudo…”

Pero la luz de los cristianos no es luz propia, es reflejo de la verdadera luz: “Yo soy la Luz -había dicho Jesús- y el que me sigue no camina en tinieblas”.  Francisco de Quevedo resumía   de este modo la tarea iluminadora del  discípulo de Jesús "ha de ser vela encendida, que a todos resplandece y sólo para sí arde: a sí se gasta y a los demás alumbra"

Seguir a Jesús es la ardua tarea de repetir, pobremente,  su paso en medio de un mundo que no nos gusta, que no tiene sabor. Porque ha acabado considerando confundidamente lo malo bueno y lo bueno malo Por eso se nos invita también  a ser “sal” que devuelva a los hombres el gusto por la vida y por el mundo. Los discípulos de Jesús, en un ambiente de violencia, deben ser generadores  de paz; en medio de la tristeza, deben espolvorear la alegría; en medio de la soledad, sazonar con amor y compasión; en la desesperanza aliñar con la fe, el aliento, ayuda en la fragilidad y bálsamo en el dolor.

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