A lo largo de estos últimos domingos venimos escuchando el Sermón de la montaña (Mt 5-7), que constituye una maravillosa catequesis, impartida por el mismo Jesús, de lo que significa creer en él y seguirle. Y, casi en el centro de la misma, resuena esta invitación a confiar en Dios. ¿Cuál es el fundamento de esta confianza? Algo nos ayuda la primera lectura, en ella Israel aparece como una esposa que se siente abandonada por Dios. Esta situación le lleva a lamentarse: «me ha abandonado el Señor, mi Dios me ha olvidado». Pero su dolor encuentra respuesta en el mismo Dios: «¿Acaso se puede una madre olvidar y no tener compasión por su Hijo? pues, aunque así fuera, yo nunca me olvidaré de ti». Quizás, el lazo de amor más grande que exista sea el que une a una madre a su Hijo indefenso. Pues así es descrita la misericordia de Dios.

Es una confianza, pues, que no se consigue a través de razonamientos, sino que necesita experimentar estas manos misericordiosas del Padre. Una confianza que hunde sus raíces en la intimidad con Dios.  Hemos de actuar como si todo dependiera de nosotros, pero hemos de confiar como si todo dependiera de Dios. Tarea ésta nada fácil en un mundo donde ponemos tanto en empeño en controlarlo todo y buscar seguridades. Y seguramente también nosotros nos dejamos contagiar por nuestra sociedad, que valora más el tener que el ser.  Esto exige replantarnos como vivimos, no es posible servir a dos señores a la vez. Porque o se sirve a Dios que nos llama a una fraternidad distinta, donde ningún hermano pasa necesidad, o se sirve al dinero, que provoca tantas injusticias y desigualdades económicas.

Frente a una sociedad que genera tanta ansiedad, la palabra de este domingo constituye una invitación a buscar lo esencial. Nuestra preocupación ha de ser construir un mundo más fraterno y menos herido; un mundo, en definitiva, según el corazón de Dios. El Reino y su justicia, que dice Jesús. Por eso, la confianza en Dios de la que habla el evangelio, no es un elogio de la dejadez, sino una llamada a la responsabilidad. Es una exhortación a descubrir la providencia de Dios y colaborar con ella. Jesús habla de un Dios Padre que no olvida ni abandona a sus criaturas; un Dios fiel, cuya presencia se puede percibir en medio de las vicisitudes de la vida y colaborar con ella.

Con que belleza entendió T. de Chardin este evangelio: «No te inquietes por las dificultades de la vida, por sus altibajos, por sus decepciones, por su porvenir más o menos sombrío. Quiere lo que Dios quiere. Ofrécele en medio de inquietudes y dificultades el sacrificio de tu alma sencilla que, pese a todo, acepta los designios de su providencia […]. Por eso, cuando te sientas apesadumbrado, triste, adora y confía».

                                                     Francisco Sáez Rozas 

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