Cuaresma es una nueva llamada a la interioridad a mirar si el camino que recorremos es el que nos acerca a Cristo. Es toda la Iglesia la que, como Jesús, se adentra en el desierto, lugar que aparece fuertemente destacado en este primer domingo. El desierto es soledad y silencio, es volver a lo esencial, pues solo así es posible el recogimiento y la escucha de la palabra. Como dice el Papa Francisco al inicio de su mensaje cuaresmal, en la «base de todo este tiempo está la Palabra de Dios que se nos invita a escuchar y meditar con frecuencia». Para que haya escucha que necesario es el silencio.

El desierto también fue para Jesús el lugar de la tentación. Él acaba de ser proclamado Hijo de Dios, y antes de comenzar su actividad, el Espíritu lo conduce al desierto. Es el momento de la prueba, de confrontar el proyecto del Padre con otras maneras de recorrer el camino de la fe. Se trata, en definitiva, de un choque entre dos formas de entender el ministerio de Jesús: una que se funda en el poder, en el prestigio, en las soluciones fáciles y rápidas. La otra forma es la del Siervo de Yahvé, aquél que carga en “sus espaldas” con las heridas y pecados del pueblo, y vive de cara a Dios y en solidaridad con los pequeños. Es el camino que sigue Jesús.

Unos de los rasgos de nuestra sociedad es el exceso, la cantidad de ofertas y posibilidades. Se nos ofrece de todo, lo podemos probar todo. Y atraídos por tantos reclamos, podemos terminar seducidos y sin capacidad para cuidar lo esencial. En realidad, las tentaciones siguen siendo siempre las mismas, aunque disfrazadas de mil maneras. La primera de ellas es la del tener. Consiste en hacer de lo material el objetivo absoluto de la vida. Jesús, sin embargo, nos dice que el hombre se va haciendo plenamente hombre en la medida en que escucha la Palabra de Dios y vive como hermano, cuando descubre que nos hace más grandes compartir que poseer, dar que acaparar.

De aquí se pasa rápidamente a la segunda tentación, buscar el poder, el éxito personal por encima de todo y a cualquier precio. Bien puede ser éste el objetivo de una sociedad tan competitiva como la nuestra; Jesús nos alerta a no confundir el servicio a los demás con el servirse de los demás. La tercera tentación consiste en querer garantizarnos una vida sin riesgos ni compromisos. Un huir del mundo, para que sea el Señor quien nos los resuelva todo. Pero la verdadera fe actúa por la caridad, no conduce a la pasividad, ni a la evasión, sino al compromiso cada día mayor en la edificación del Reino.

Aunque distintas, en el fondo todas se reducen a lo mismo: dejar un lado la voluntad de Dios para dejarnos moldear por nuestro mundo. Sería peligroso olvidar la propia fragilidad. Que necesario es comenzar la cuaresma entrando en el desierto y descubriendo nuestras tentaciones.

Francisco Sáez Rozas

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