Una vez más la liturgia de la palabra de este domingo nos pone en camino. La primera lectura nos relata como el Señor llama a Abraham a salir de su tierra, de sus seguridades y a caminar confiando en él. El evangelio, por su parte, también nos sitúa en camino, en este caso, el camino de la cruz. Caminar es hacer experiencia de la vida, es crecer poco a poco. Nadie nos puede ahorrar nuestro propio camino. La cuaresma hoy, no solo nos anticipa la meta hacia la que nos dirigimos, sino que también nos dice cuál es el equipaje que debemos llevar, y con qué actitud hemos de recorrer la vida.

Por una parte, la Transfiguración nos adelanta que el dolor y la muerte no tienen la última palabra; no ayuda a vislumbrar el horizonte hacia el que nos dirigimos, que es la vida, pero no nos evita andar este camino, son sus caídas y dificultades. La cruz es necesaria para la resurrección. Por otra parte, nos ayuda a saber hacer de la palabra de Dios el bastón en el que apoyarnos para este camino. ¡Qué mejor equipaje! En una sociedad en la que abundan tantas “voces proféticas”, los cristianos debemos cuidar con esmero en que fuentes alimentamos nuestra existencia. La actitud de escucha es primordial para todo cristiano; solo quien escucha a Dios puede recorrer el camino conforme a su voluntad: «Este es mi Hijo…Escuchadle».

El evangelista San Mateo en este domingo también nos alerta acerca de una manera de pensar que hace coincidir la felicidad con el bienestar. Todos corremos el riesgo de instalarnos en la vida buscando seguridades, una vida sin sobresaltos que a veces nos hace olvidar utopías de juventud, para dejarnos atrapar en la comodidad. La tentación de querer quedarnos en la montaña es muy real. Pero es necesario bajar a la vida. El Tabor es una experiencia anticipada de la Pascua, de la vida en plenitud. Pero sólo un anticipo, porque enseguida habrá que “bajar” y comprometerse.

El papa Francisco nos ha recordado esta necesidad continua de bajar a la vida, de ser una iglesia que acompaña y que se involucra. Hacer de ella un hospital de campaña donde las heridas de tantas personas puedan encontrar misericordia. Pero para ello debe ser, con anterioridad, una iglesia que primerea (EG 24), es decir, que ha experimenta como Dios la ha amado primero, y por eso toma la iniciativa de acercar ese amor a los demás. La experiencia de la transfiguración es necesaria porque nos hace escuchar la voz de Dios que nos desacomoda y nos lanza a la misión. Nos muestra al Hijo de Dios, que ha hecho del amor, del servicio y la obediencia su camino a la Pascua. Necesitamos encontrarnos con Él y que este encuentro se convierta en nosotros en una responsabilidad: la de tomar parte en los duros trabajos del evangelio según nuestras fuerzas, para acercar a todos los hombres al amor de Dios.

                                                                      Francisco Sáez Rozas.      

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