Encontramos con frecuencia en el evangelio momentos en los que Jesús se acerca al hombre en su vida concreta, ha venido a buscar lo que estaba perdido. San Agustín, de hecho, contará el misterio de la Encarnación como aquel encuentro entre la pobreza del hombre y la misericordia de Dios que lo salva en Jesucristo. Hoy es uno de esos encuentros entre Jesús y una mujer samaritana. ¿Quién es esta samaritana? El evangelista no nos dice su nombre, de alguna manera nos simboliza y nos personifica a cada uno. Representa a todo hombre que busca apagar su sed. En la espiritualidad clásica, la sed no solo significaba lo que anhelamos, sino también la nostalgia de Dios, el deseo de buscarlo. Solo Dios satisface en plenitud, y no de una forma pasajera, el deseo de felicidad que se esconde en el corazón del ser humano.

Jesús le dice «si conocieras el don de Dios y quien es el que te pide de beber…».  La invitación es a que se adentre en el misterio de su persona. Que no se quede a la puerta, que no se sienta satisfecha con lo que sabe, sino que sea capaz de sumergirse en el océano de amor que es Dios. Y, aquél hombre, que al principio le parecía un judío y más tarde un profeta, cuando comience a conocerlo será confesado como su Mesías y Salvador. Es este un diálogo en el que la mujer va creciendo, más y más, en el conocimiento de quien es Jesús. Posiblemente a nosotros nos hace falta un poco de lo mismo: conocer más a Jesús, que no es solo estar informados, sino tener experiencia personal de él.

En mitad de este camino cuaresmal, el evangelio de hoy es un buen momento para mirar en nuestro interior, para descubrir nuestra sed y ver a que pozos acudimos para saciarla. Es una ocasión propicia para profundizar en nuestra intimidad con el Señor; para redescubrir que estamos llamados a seguir anunciándole y ser hoy sus testigos, de la misma manera que entonces lo fue aquella mujer.

Ahora que ella ha conocido al Salvador, que ha experimentado en su vida el perdón, se ha convertido en apóstol. Deja el cántaro, es decir, deja caer sus miedos, su antigua vida, se siente invadida por un nuevo coraje, y se dedica a vocear su descubrimiento: Dios en persona se ha acercado a aquella pecadora y ha saciado la sed de su alma. Los samaritanos la miraban desconfiados: Que prediquen los buenos, nos parece que cae dentro de lo normal, pero un pecador anunciando la llegada del Reino nos desconcierta. Y los apóstoles, que pensaban que la labor se sembrar el Reino era dificilísima, vieron con asombro que aquella mujer era capaz de labrar ese reino con su entusiasmo y fe. “Y misteriosamente no sintieron envidia, sino la alegría de ver que el Reino de Dios no entra por las ilustrísimas manos, sino por la sencillez de aquella mujer de cinco maridos” (Martín Descalzo).

                                                             Francisco Sáez Rozas.

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