HIJOS Y SIERVOS

Domingo Ordinario II. Ciclo A

Manuel Antonio MenchónJuan el Bautista da testimonio de Jesús y lo presenta a sus oyentes como el “Cordero de Dios que  quita el pecado del mundo”. Al asignar  esta imagen al Señor trae a la memoria  los corderos que eran continuamente ofrecidos en el templo,  como expiación por los pecados cometidos por el pueblo contra la Ley de Dios.

Pero es importante tener en cuenta además que la palabra hebrea para designar a un cordero puede traducirse también  por “siervo”. El Cordero de Dios es también el Siervo de Dios  y como fiel servidor, cumple amorosamente la misión que le ha sido confiada  por su Padre, siguiendo de esta manera la tradición, reflejada en el Antiguo Testamento, donde Israel aparece “siervo de Dios”. Aceptar esta servidumbre implica ser fiel a la Alianza sellada con Dios y expresada en la Ley de Moisés.

El profeta Isaías, como puede verse en la primera lectura de hoy,  se reconoce a sí mismo como siervo de Dios. Ésa es su identidad y vocación más profunda, El haber sido reclamado  por Dios para ser su siervo implica un mandato para cumplir una misión, porque lo que define al “siervo” es estar dispuesto a hacer lo que Dios pida, cuando y donde  lo pida, sin importar  lo que exija.

Así Jesucristo,  cuando se cumplió el tiempo previsto por el Padre, aceptó la misión se le encomendaba a realizar en el mundo  en favor de sus hermanos, los hombres, obedeciendo fielmente hasta la muerte. 

Nosotros por nuestro bautismo, somos también llamados a ser siervos de Dios. Pero en un mundo que realza el poder y el egoísmo, hablar de ser siervo parece fuera de lugar. Porque el siervo tiene la connotación de persona, privada de libertad y sometida a la fuerza a un trabajo penoso y no remunerado. Es decir como si fuese un objeto más entre las propiedades de su amo.

Pero la servidumbre a Dios, es algo muy especial, porque no es un sometimiento forzado. Somos  libres de aceptar o rechazar la misión  que se nos quiera  encomendar. Nosotros no podemos experimentar  lo que es servir a Dios sin antes experimentar  el gozo de su Paternidad. Porque nuestro servicio a Dios es un servicio de siervos-hijos que, en obediencia, como el “Hijo amado y predilecto”,  manifestamos nuestro amor de hijos y hermanos  y así somos siervos por amor no por obligación.

Además servir al Dios Padre, no es algo que nosotros hacemos por Dios, sino que es algo que Dios hace a través de nosotros, porque el servicio que le agrada a este Buen Amo, es que nos volquemos en cariño, compasión y ayuda por el resto de sus hijos-siervos.

El siervo de Dios nunca puede olvidar que primero es hijo  y como tal lo trata y lo quiere el único Amo que merece la pena ser servido en este mundo.

Manuel Antonio Menchón

Vicario Episcopal

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