A las puertas de la Semana Santa el evangelio de este domingo nos anticipa el misterio que vamos a celebrar. En este sentido, la resurrección de Lázaro constituye una bella presentación de la identidad de Jesús. Es ante el misterio del dolor y de la muerte donde Jesús se revela como verdadero hombre y como verdadero Dios. Un Jesús muy humano que se conmueve, se estremece e incluso llora por la muerte de su amigo; pero a la vez el Hijo de Dios, aquél que vence a la muerte y restaura la vida.

El episodio nos sitúa en Betania, un pueblecito cercano a Jerusalén, cuatro días después del entierro de su amigo Lázaro. Parece que Jesús llega tarde a propósito y lo primero que encuentra es a Marta, una de las hermanas. El diálogo con ella es el corazón de este evangelio que nos sumerge en la profundidad de la persona de Jesús y la finalidad de su misión. Ante la llegada de Jesús, las primeras palabras de Marta son de reproche: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano», es normal que sea así. El misterio del dolor no nos deja indiferentes, nos sacude, nos tambalea y nos hace preguntarnos por el sentido de nuestro vivir.

Pero Marta no se queda solo en esta reacción tan humana, sino que ante Jesús se abre a una esperanza mayor y más profunda «aun así sé que lo que pidas a Dios Él te lo concederá».  Muchos judíos de la época creían en una resurrección al final de los tiempos, y Marta participaba de esta visión.  Por eso, se siente sorprendida, pues lo que esperaba para el final sucede ya en la persona de Jesús: «Yo soy la Resurrección y la vida». Las Palabras de Jesús nos hablan de vida eterna, en su persona el poder de la muerte ya ha sido vencido.

En definitiva, esta es la voluntad del Padre a la que Jesús se mantiene fiel, y esta vida es también el objeto de su misión: «He venido para que mis ovejas tengan vida, y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). Para Marta, y en ella, para todos los creyentes, ya no se trata de esperar hasta el final para contemplar la meta hacia la que caminamos. La vida eterna no es solo una esperanza que se dará en un futuro lejano, sino también una realidad que se inicia aquí para el que cree en Jesús, por eso el Señor le preguntará a Marta: “¿Crees esto? Y ella, con lágrimas, dirá: “sí señor”. Y es que una fe sin lágrimas ante el dolor, puede parecer inhumana.

Nos preparamos para celebrar la victoria de Jesús sobre la muerte en estos días. La fe en la vida eterna es también fe en esta vida. No tiene nada de alienante. Conlleva también trabajar en favorecer condiciones más humanas. Avanzar en ser más personas, más unidos, en un caminar hacia la resurrección, pero junto con Cristo resucitado. Todo servicio bien realizado, todo nuevo paso en la construcción de la verdad, todo amor auténtico desde el Señor Jesús, nos pone en camino hacia la Vida.

Francisco Sáez Rozas

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