Poco a poco la cuaresma nos ha acercado al Domingo de Ramos que es el pórtico que nos introduce en la celebración de la Semana Santa. De acuerdo con la rúbrica, "en este día la Iglesia celebra la entrada de Cristo en Jerusalén para realizar su misterio pascual". Los cuatro evangelistas relatan este acontecimiento y subrayan su importancia. Jesús es presentado como el Rey-Mesías, que entra y toma posesión de su ciudad. Pero no entra como un rey guerrero que avanza con su gran ejército, sino como un Mesías humilde y manso, cumpliendo así la profecía de Zacarías (9,9): "He aquí que tu rey viene a ti; él es justo y victorioso, humilde y montado en un asno". Si, Jesús es rey, y su trono es la cruz.

«Me refiero a Jesús de Nazaret, a quien Dios ungió con Espíritu Santo y poder. Él pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él. Nosotros somos testigos (...). A Él, a quien mataron colgándolo de un madero, Dios lo resucito al tercer día...» (Hch 10, 38). Son las Palabras del apóstol Pedro en casa de Cornelio. Toda predicación cristiana comienza por la cruz. Así lo percibió San Pedro, cuando, tras la experiencia de la Resurrección, comprendió quien era Jesús y por quien había muerto. Los apóstoles habían sido constituidos testigos de ese misterio y debían anunciarlo a todos, pero, ¿por dónde empezar? En casa de Cornelio Pedro entendió que debía comenzar por la cruz.

Al fin y al cabo, este texto es una síntesis sencilla de la fe cristiana. En la cruz percibimos la fidelidad y la obediencia de Jesús al designio salvífico del Padre, y el amor de Éste hecho ofrenda. Bien se puede decir que la cruz condensa en un instante todo lo que fue una vida de entrega en el amor por los demás. La vida de Jesús transcurre, efectivamente, bajo el imperativo del "tenía que padecer mucho". A ello le lleva su actitud de servicio y generosidad. Si tuviéramos que elegir algún texto del evangelio en el cual el mismo Jesús interpretara su cruz, tendríamos que decir que «Jesús no ha venido a servir, sino a dar su vida en recate por muchos» (Mc 10,45). La cruz no es un fracaso, ni un sin sentido, es una vida que se da en ofrenda de salvación por todos (Mc 10,45).

Pero ¿cómo anunciar la cruz a un mundo que posterga la capacidad de entrega y sacrificio a un segundo plano? ¿Como explicar la cruz a una cultura que identifica la felicidad con el éxito y la grandeza con el poder y no con la humildad y el servicio? La gran tentación es que como el mundo moderno no digiere la cruz, hagamos un Cristo a su medida, un Cristo más suave, que todos puedan entender sin necesidad de grandes alteraciones. Quizás, los cristianos nos hayamos acostumbrando demasiado a la cruz, y que ella ya no sea, como decía Pablo, motivo de escándalo. Cuando Jesús la anunció Pedro la rechazó, y por eso lo tomó aparte y lo reprendió (Mc 8, 31ss). La cruz, nos habla de un Dios Padre abrazado a nuestra debilidad en el amor; un amor que se ha hecho entrega y salvación, y que nos dice que nuestra vida también tiene que ser donación.

En nuestro mundo no podemos hablar de la cruz sino temblando. No podemos acercarnos a ella sin descalzarnos por todo lo que de amor y servicio conlleva. Nos enseña que no hay verdadera liberación si no aceptamos a Dios y no nos despojamos de nuestras falsas seguridades. No nos invita solo a sentir, sino a cambiar. Aceptarla supone oponerse a todos lo ídolos que nos ofrece nuestro mundo, solidarizarse con todas las victimas de nuestro tiempo como aquél Crucificado que se hizo su hermano y salvador.

Francisco Sáez Rozas

Párroco de la Parroquia de los Ángeles, Almería

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