No es difícil ponerse en la situación que los discípulos habían vivido tras los acontecimientos de la pasión y la cruz; podemos imaginar en ellos sentimientos encontrados. Es así como nos los presenta el evangelio de hoy: una comunidad replegada, sin horizontes. En medio de su situación se hace presente Jesús resucitado. De esta forma este domingo nos muestra que la comunidad cristiana se construye desde la propia vida, con sus limitaciones y pobrezas, pero alrededor de Jesús resucitado.

Estamos invitados a reconocernos en la trayectoria de aquellos discípulos. También nosotros a veces huimos de la cruz, hemos cerrado las puertas frente a cualquier riesgo, permanecemos acomodados, anestesiados por rutinas y miedos. Cuando no dejamos que el Señor sea el centro, la consecuencia es clara. Es pues necesaria esta experiencia de encontrarnos con el Señor. Encuentro que no es solo un detalle del Resucitado para alejar los miedos de aquellos frágiles discípulos, sino toda una invitación a que se hagan sus testigos: «cómo el Padre me ha enviado, así también os envío yo» (Jn 20,12).  No somos pregoneros teóricos de un mensaje que nos hemos aprendido, sino testigos de lo que oramos, celebramos y vivimos.

Jesús nos envía de la misma manera que envío a sus discípulos; y como el testimonio no depende de sus solas fuerzas, les da su Espíritu. Insufla sobre ellos el Espíritu de la misma manera que Dios lo hizo sobre Adán (Gn 2,7); de esta forma tan bella el evangelista nos enseña que con la resurrección somos hechos hombres nuevos, fortalecidos para este testimonio.

Ahora emerge la figura de Tomas. En ella también debemos vernos, con nuestras dudas, y con nuestras ganas de creer al mismo tiempo. Tomás fue el último en llegar, pero llegó. Y Cristo lo esperaba pacientemente. Y él experimentó que Cristo también acoge a los que vacilan, a los que avanzan cansados en medio de la tiniebla. A pesar de su debilidad, se sintió amado, comprendido e incorporado de nuevo. Como a Tomás, el Señor nos pide que toquemos las heridas del Resucitado, es decir, que sigamos haciendo presente su misericordia en todos los hombres necesitados de su consuelo y salvación.

Tocar las heridas del resucitado quiere decirnos hoy que, para ser testigos del Señor, no basta con creer sin ver, también es necesario amar sin ver: «…significa tocar y acariciar sus llagas, presentes también hoy en el cuerpo y en el alma de muchos hermanos y hermanas suyos. Al curar estas heridas, confesamos a Jesús, lo hacemos presente y vivo; permitimos a otros que toquen su misericordia y que lo reconozcan como “Señor y Dios” como hizo el apóstol Tomás. Esta es la misión que se nos confía». (Papa Francisco, Homilía de la misa por el Jubileo de la divina misericordia, 3-4-2016). Es este un buen programa para esta Pascua.

                                                                       Francisco Sáez Rozas

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