La Biblia utiliza de forma recurrente la imagen del camino para indicar la vida de fe. En el pueblo de Israel ser fieles al Señor se expresa con frecuencia como “caminar por sus caminos” (Dt 30,15-16) y “caminar en su presencia” (1 Re 2,4). El evangelio hoy, una vez más, habla de un camino, que va de Jerusalén a Emaús, y que nos quiere hacer reflexionar sobre la forma concreta en la que recorremos la vida.

Este pasaje de Lucas relata la aparición del Resucitado a dos de sus discípulos mientras van de camino. Para ellos volver a Emaús es volver al pasado. Vuelven desesperanzados. Manifiestan ese cansancio que se instala en la vida cuando se pierden los ideales y las ilusiones. Hablan de su maestro en pasado. Se esperaba mucho de Él, pero todo había terminado con su muerte. Se percibe en sus palabras un tono de derrota, de perdida de fe; es mejor volver a casa, dejar de soñar, llevar una vida sin compromisos ni complicaciones.

Seguramente, con cierta frecuencia, nos tenemos que reconocer en esta etapa de la vida.  Y es en este camino concreto de su existencia, no en uno perfecto o ideal, donde Jesús se hace presente: «Les explicó lo que se refería a Él en toda la Escritura…». La palabra del Señor ilumina sus vidas, todo lo que les ha sucedido. Les hace ver que toda su historia es historia de Dios. La dureza del camino sigue estando ahí; no hay recetas milagrosas para eliminar el dolor y la cruz en la vida; pero él nos enseña a verlas e interpretarlas desde otra mirada distinta.

«Ellos contaron lo que les había pasado por el camino y como lo habían reconocido al partir el pan…». Necesitamos ver con los ojos de la fe. Ya en su casa, Jesús realiza aquellos gestos que para ellos eran tan conocidos, “tomar el pan, pronunciar la bendición, partirlo, darlo”. Son los gestos que realizó en la última cena. Es la Eucaristía el lugar donde realmente sus ojos se abren y descubren al Resucitado. Precisamente en este momento comienza el otro camino, la vuelta a Jerusalén; el camino del gozo, de la paz y la misión.  Ahora podemos ser testigos de que el Señor verdaderamente vive y camina con nosotros.

Este domingo de Pascua nos dice que el Pan (eucaristía) y la Palabra son las realidades que alimentan nuestra vida cristiana, que hacen que nuestra fe se robustezca y pueda iluminar las experiencias diarias. Si de veras se han abierto nuestros ojos y lo hemos reconocido en torno al altar, deberemos comprender que no se puede creer en el resucitado y seguir lamentándonos.

«A ese Jesús, Dios lo ha resucitado y nosotros somos testigos de ello», dice Pedro en la primera lectura. No es posible ser testigo y abandonarse en quejas y comodidades; sino ponerse en camino y anunciar una vida operante, a pesar de los obstáculos. Después de partir el pan, aquellos dos discípulos se dirigen al cenáculo, y cuando llegan dicen a los otros: «hemos visto al Señor». Es la tarea del testigo, vivir y anunciar lo que ha visto y celebrado.

 

Francisco Sáez Rozas

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