La liturgia de este domingo nos hace escuchar el discurso de Jesús como el Buen Pastor que pronunció en el Templo de Jerusalén. De esta manera se revela a sí mismo como el Mesías esperado, e igualmente indica en qué modo va a llevar adelante su misión. Para ello, como en tantas ocasiones, lo hará con imágenes tomadas de la vida cotidiana, yo soy la luz, yo soy el pan, yo soy el agua viva…. Hoy se presenta como puerta que da acceso a la salvación y como verdadero pastor del pueblo.

Para comprender mejor esta figura conviene recordar que en el AT el título de Pastor estaba reservado solo a Dios (Sal 23). Con él se subrayaba el cuidado y solicitud de Dios, que guía y acompaña a su pueblo rodeándolo de cuidados, pero especialmente en los momentos en los que más ha necesitado de su protección (éxodo, exilio,…). También son llamados con este nombre los dirigentes del pueblo elegido, pero estos pastores no siempre supieron estar a la altura de la misión que se les encomendaba. Ante esta situación de abandono va surgiendo, poco a poco, una esperanza en el pueblo: Dios mismo en persona vendrá, buscará y reunirá a su pueblo disperso. Ahora se entiende mejor que quiere decir cuando se presenta a sí mismo: “yo soy el Buen Pastor”.

Y ante Jesús Pastor el evangelio anticipa, brevemente, como debe ser la actitud del “rebaño”: «escuchan su voz y le siguen». Escuchar y seguir son las actitudes básicas que cimientan la vida del discípulo. Benedicto XVI decía que ser cristiano no consiste en seguir una doctrina sino a una persona, Jesucristo: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (Deus Caritas est, 1).  Para ello es necesario escuchar su voz, entre tantas voces como reclaman nuestra atención, y seguirle. Ser cristianos no es solo imitar, pero tampoco se está en el buen camino si nuestra fe no actúa en la caridad, si lo que creemos no lo vivimos.  Hoy son necesarios pastores que reproduzcan en su vida al Buen Pastor, porque primero se han sentido ovejas y han oído su voz. La misericordia comienza en la intimidad con el Señor.

Nos recuerda hoy la segunda lectura de la carta de Pedro que «sus heridas nos han curado». La revelación suprema como Buen Pastor es la cruz, allí, el pastor da la vida por sus ovejas. Pero Jesús, además de definirse como buen pastor, se presenta también como la puerta que da entrada en el redil. Quien se ocupe de las ovejas, quien quiera hoy ser discípulo suyo, debe pasar obligatoriamente por él. Debe dejarse transformar y, a su vez, debe comprometerse en trasformar. Todos conocemos a personas que sanan, porque se entregan en sus vidas. Es cierto, hay heridas que sanan, porque hay personas que, aún a pesar de su dolor y cansancio, se comprometen e implican en el dolor de los demás queriendo poner algo de la misericordia que el buen Pastor nos ha regalado en la cruz. Oler a oveja, lo llama el Papa Francisco.

 

Francisco Sáez Rozas

Párroco de Santa María de los Ángeles

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