El evangelio de este domingo nos sitúa en el llamado discurso de despedida de San Juan. Jesús está despidiéndose de los suyos, y su anuncio hace que sus discípulos queden sobrecogidos y conmocionados. Sus palabras, no obstante, quieren ser de esperanza; él invita a no dejarse apoderar por el temor; y la razón es confiar, apoyarse en Dios y en él. Su partida de entre nosotros tiene un sentido; no es una marcha definitiva, solo se adelanta para hacer realidad la posibilidad de una comunión total con el Padre como la suya.

Es la primera invitación de este domingo «creed en Dios y creed también en mí». No son dos cosas distintas, sino una misma. Acoger a Dios en Cristo, ser cristiano es, antes que nada, creer en Jesús. Tener la suerte de habernos encontrado con él; porque lo verdaderamente decisivo en la vida cristiana es el encuentro con Cristo. Ir descubriendo, por la propia experiencia, toda la fuerza, la luz, la paz y vida que podemos recibir de él.

«Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre». Jesús no solo se adelanta, sino que también nos dice cuál es la meta hacia la que caminamos: El Padre. Nos lo revela, no exclusivamente con sus palabras, sino también con sus gestos, sus opciones y sus acciones. Por eso, cuando vemos que Cristo actúa concediendo su preferencia a los pequeños, que muestra compasión por los que sufren, que concede el perdón a los pecadores, que devuelve la confianza a los excluidos, en definitiva, que ejerce la misericordia con todo tipo de pobreza humana, aprendemos quien es Dios, y estamos en condiciones de esbozar los rasgos de su rostro.

No solo se adelanta, no solo nos dice dónde va, sino que además nos dice cómo llegar: Él es el camino. Felipe, no termina de comprender ¿si no sabemos a dónde vas, como podemos saber el camino? No anda muy desencaminado en su pregunta. Si no tenemos clara la meta, ¿cómo podemos saber el camino que nos conduce a ella? Recorrer el camino de la vida implica un proceso, pero para que este proceso tenga sentido, nuestra vida tiene que tener un horizonte. Ya sabemos que es el Padre. Jesús no dice que nos enseña el camino, sino que él mismo es el camino. Según el AT la ley de Moisés era el camino que el pueblo tenía para acceder a Dios (Sal 119). Ahora ese camino es creer, apoyar nuestra vida en Cristo Jesús y hacer sus obras.

Efectivamente, la fe no queda encerrada solo en algo interior: «Quien cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores». Estas obras serán siempre acciones concretas que irán encaminadas a que los otros tengan vida.  La fe en Jesús conlleva seguirlo cada día en las sencillas acciones que componen nuestra jornada. Por eso San Pedro, en la segunda lectura, nos llamará a todos los discípulos “sacerdocio real”, porque Cristo nos ha capacitado para presentarle como ofrenda nuestra vida, que intenta gastarse cada día, no solo en momentos selectos, en el servicio y el amor.

                                                                      Francisco Sáez Rozas

     Párroco de Santa María de los Ángeles

Pin It

BANNER02

728x90