FAMILIA SAGRADA, FAMILIA DE DIOS

Manuel Antonio Menchón, Vicario episcopal“Dios-con-nosotros”,  quiso, no sólo nacer, sino también vivir la experiencia de la vida familiar, que vivimos todos – o casi todos-  los nacidos a esta vida. Eso es lo que nos recuerda esta fiesta de la Sagrada Familia,: que el Dios hecho hombre quiso nacer, vivir y ser educado en una familia.

La Iglesia, en esta fiesta celebra cada año la Jornada de Familia y Vida y este año, con el enunciado: “La familia, esperanza de la humanidad”, nos invita a considerar una verdad profunda de nuestra vida cristiana y familiar.

Muy poco o casi nada conocemos de la vida de esta humilde pero bendita familia de Nazaret. Pero si Jesús llegó a ser el que fue y sigue siendo: esperanza de la humanidad, fue gracias al aprendizaje, conducta y amor que bebió de su Padre Dios y de María y de José.

Esta fiesta de la Sagrada Familia nos recuerda a todos que la familia cristiana es también un lugar donde Dios se hace presente y real. Y ahí, en familia, tenemos que encontrar, servir y vivir la presencia de Dios.

Normalmente cuando nace un niño, casi todos los familiares ya amigos y vecinos intentan buscar parecidos. Que si los ojos son como los del padre, que si la sonrisa se parece a la de la madre, que si en la boca se parece a la abuela, que si las manos son como la del abuelo…  Es verdad que genéticamente se trasmiten los parecidos de generación en generación.

Pues bien, hoy el apóstol san Pablo nos invita a propagar nuestro parecido con  Jesús, que no nos viene genéticamente por herencia, sino por nuestra unión y adhesión personal a él desde nuestra fe, que nos hace ser miembros parecidos en la gran familia de los hijos de Dios.   Nuestro parecido con Jesús deberá ser irradiar la bondad y la  misericordia que él derramó sobre los hombres en nombre de su Padre y nuestro Padre, Dios.

La gente que contempla y se fija en los cristianos debería poder reconocer nuestro parecido con Jesús, no en nuestro aspecto físico sino en  nuestra manera de vivir y de amar.

Así como Jesús aprendió en el marco hogareño un estilo de vida y una forma de amar, nosotros debemos hacer de nuestras familias la escuela donde se forman  no sólo buenos ciudadanos, sino también  buenos cristianos, a imagen y semejanza de Jesús., que en realidad es la imagen y semejanza de Dios, para lo que fuimos creados.

La calidad de la vida cristiana que hayamos aprendido en la casa, se manifestará también en la adhesión afectiva y efectiva con toda la familia cristiana, que se precisa en la comunidad parroquial. En ella somos una familia de familias.

Hoy, en torno a la Familia Sagrada, recordemos  que la Iglesia, familia cristiana, es también un lugar donde Dios se hace presente y real. Y ahí, en esa familia, tenemos que encontrar, servir y vivir la presencia de Dios.

Manuel Antonio Menchón

Vicario Episcopal

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