La liturgia de hoy nos hace contemplar dos dimensiones importantes en la vida de todo cristiano. Por una parte, nos habla de intimidad, de interioridad, y a la vez de testimonio y de compromiso. No se propone escoger entre ambas dimensiones, sino saber compaginarlas. Se trata de entrar en lo profundo de nosotros mismos, pues ahí habita Dios, y a la vez de no desertar de nuestro compromiso de testigos. En definitiva, se nos pide saber conjugar el silencio y la palabra.

El domingo pasado habíamos comenzado a escuchar el discurso de Jesús en el cenáculo que seguimos leyendo. Todo está envuelto en una atmosfera de despedida; y, sin embargo, Jesús no nos deja huérfanos, promete un nuevo modo de presencia. En la época de Jesús, para encontrarse con Dios, era necesario entrar en el ámbito de lo sagrado. Ahora, con la promesa del Espíritu Paráclito, va a ser la misma persona la que se convierta en morada, en santuario de Dios. De esta manera Dios se hace presente en el interior mismo del hombre; el Padre ya no es un Dios lejano y distante.

Y, ¿qué es necesario para recibir este Espíritu? La condición que Jesús pone al principio es clara, “si me amas” (Jn 14,21). Es un amor que se manifiesta en la adhesión a su persona y la observancia de sus mandamientos; es decir, no es puro sentimiento, sino que, frente al riesgo de diluirlo en buenas intenciones y propósitos, exige obras concretas. Es un amor que no nos aleja del mundo, sino que nos sumerge más plenamente en él.

Es de este testimonio que se funda en el amor del que nos habla la segunda lectura. Dice el apóstol «estad siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza». Los cristianos a los que escribe viven en un clima de hostilidad y Pedro les exhorta a no dejarse paralizar por este temor; a no recluirse y retirarse del mundo, sino a "exponer de palabra y obra el fundamento de su esperanza", quién es el que anima de esa forma sus vidas. Se trata de una manera de vivir distinta, que hace surgir la pregunta acerca del motivo por el que, aun en su dificultad, viven una existencia esperanzada y alegre.

Es un testimonio que se debe hacer «con dulzura, respeto y recta conciencia» (1Pe 3, 16). Se habla de dulzura, de mansedumbre. El evangelio no convence si se impone, y no se propone; si se anuncia desde el poder, y no desde el amor. Se habla de “respeto” que implica la capacidad de saber escuchar y comprender a nuestro interlocutor. Pero este respeto es también ante Dios, ya que indica la responsabilidad de sabernos anunciadores de su Palabra, que no podemos rebajar ni manipular.

Cuando este tiempo de pascua va llegando a su fin, la palabra de Dios nos insiste en la necesidad de aunar la experiencia mística de sabernos templos del Espíritu, con los pies cansados de aquellos que, bajo la acción de este mismo Espíritu, buscan nuevos caminos para anunciar, celebrar y vivir su fe.

 

Francisco Sáez Rozas

Párroco de Santa María de los Ángeles

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