A lo largo de todo el año venimos reflexionado sobre la Palabra de Dios. Aquella primera Palabra que Dios pronunció y que el hombre desoiría tantas veces, ha puesto su tienda en nuestras vidas. De esta manera, Jesús es la palabra y la presencia definitiva de Dios con nosotros. Y Pentecostés es el regalo y la gracia de poder perpetuar día tras días, lugar tras lugar, esta Palabra y presencia del Señor. Si el domingo pasado nos recordaba que la misión no se interrumpe, Pentecostés nos dice quién es el verdadero protagonista y artífice de esta tarea: el Espíritu Santo. Si la misión de Jesús comenzó recibiendo el Espíritu en el Jordán, la misión de la Iglesia también comienza recibiendo el mismo Espíritu, que la hace capaz de ser instrumento de la salvación de Dios para todos.

El evangelio de hoy nos sitúa, una vez más, en el cenáculo tras la muerte del Maestro. Ésta había sido un duro golpe para los discípulos. Se encontraban con las puertas cerradas por miedo, es decir, humanamente no estaban preparados; y, aun así, han sido elegidos. A Dios le sirve nuestra fragilidad y su fuerza; nuestra disponibilidad y su Espíritu. Por eso, no es la debilidad o nuestra falta de experiencia la que muchas veces nos impide asumir el reto de Jesús. Es más bien nuestra comodidad, tibieza o temor la que nos paraliza y nos hace vivir con las puertas atrancadas.

Jesús se hace presente en medio de ellos, mostrándonos que la comunidad cristiana se construye alrededor suyo. Él es la roca, la piedra angular. De él recibe la misión y el Espíritu para llevarla adelante. Y ¿en qué consiste esta misión? «La misión de los discípulos es la misma de Jesús: el perdón de parte de Dios. El perdón, -dice el papa Francisco- es el signo visible del amor de Dios que Jesús ha querido revelar en su vida. Y este perdón, que Dios nos ha regalado en Cristo, es el centro de nuestro anuncio» (Misericordia et misera n. 2). Con todo, no es suficiente solo con saber qué es lo que tenemos que decir, es necesario igualmente decirlo de una manera clara y comprensible para el hombre de hoy. Así, la misericordia de Dios (Cristo) no es solo lo que anunciamos, sino que es además el modo de anunciarlo. Dicho de otra manera, no se puede anunciar el amor más que amando.

La Iglesia está llamada a encarnar en su vida la misericordia, a practicarla. Jesucristo enseñó que el hombre no solo la recibe y experimenta, sino que está invitado a usar de esa misericordia. Y para ello, nos da el Espíritu: «Recibid el Espíritu Santo». La misión cristiana no es una orden, sino el fuego interior del Espíritu. De esta manera, aquellos primeros discípulos se fueron por el mundo. Y supieron perdonar, y rompieron las barreras del miedo y las puertas de su pequeña comunidad.

                                                              Francisco Sáez Rozas

         Párroco de Santa María de los Ángeles 

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