Una vez terminado el tiempo Pascual, este domingo y el próximo nos ponen frente al misterio central de nuestra fe, al celebrar las solemnidades de la Santísima Trinidad y del Cuerpo y al Sangre de Cristo. No es fácil hablar de la Trinidad. Ciertamente, tratar de acercarse a este misterio solo puede provocar vértigo en el que lo pretende delimitar. Recuerdo un libro llamado La Trinidad como historia (B Forte) en el que hay un capítulo entero titulado el "destierro de la Trinidad". En efecto, en él se nos cuenta como la fe en la Trinidad, que era confesada por todos los creyentes, apenas si ejercía una influencia en la manera en la que los cristianos vivían su fe. Habían subido a Dios a una cima teológica tan inaccesible, que se había reducido el misterio de la Trinidad a una especia de teorema teológico casi incomprensible, que se aprendía de memoria en la catequesis, pero sin incidencia en la vida concreta de fe.

Ante todo, la Trinidad es misterio, y ante el misterio sólo cabe la contemplación y la aceptación desde el amor. Tenemos que abandonar muchos criterios basados en el aspecto intelectual si queremos profundizar en la vivencia del Misterio. Mejor que entenderlo es amarlo y mejor que analizarlo es vivirlo. Lo importante no es discurrir o reflexionar, sino saborear. Es un Misterio que nos proporciona en ultima instancia la mejor definición de Dios como nos recuerda el evangelio de San Juan: Es amor.  Dios no es un ser solitario ni inaccesible, al que solo podemos adorar desde la lejanía, sino que es comunión. Dios es un amor que se vuelca hacia el hombre, que se hace entrega y donación: “Tanto amo Dios al mundo, que entrego a su Hijo único”. Y, a la vez, es un amor no excluyente, que acoge dejándonos participar en su misma comunión.

Que Dios sea comunión de personas nos ilumina la vocación de la iglesia: está llamada a ser "icono de la Trinidad", reflejo en su vida de lo que este misterio implica. Hay que beber en las fuentes de la Trinidad desde la oración, contemplar este misterio. Comunidad de amor que se lanza en busca del hermano para hacerle partícipe de esta misma comunión. Si Dios es amor que se comunica y que acoge, ésta tendrá que ser la esencia propia de la Iglesia.

Que Dios sea Trinidad no representa añadir oscuros dogmas a la ya difícil tarea de vivir la fe cada día. Lejos de ser una idea abstracta y lejana, nos aporta a los cristianos la forma en la que Dios se comunica. No es Alguien impersonal, frío e indiferente sino la Vida en amor compartido, de forma comunitaria. Gracias a Dios, estamos hechos a esta imagen y semejanza y esperamos ansiosos el día en que nuestra naturaleza se una definitivamente a la Trinidad, una unión que ya ha comenzado en Cristo. A veces nos encontramos en nuestra vida, cara a cara, con el misterio, y ante Dios solo cabe la adoración.

                                                                Francisco Sáez Rozas

Párroco de Santa maría de los Ángeles

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